DESPERTÉ CASADA CON MI PEOR DECISIÓN

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Capítulo 1 1

ALMA

—Dime que eso que llevas en el dedo no combina con lo que llevo yo.

El hombre medio desnudo que ocupaba mi cama abrió un ojo.

—Buenos días, Alma.

—Nicolás.

—Ese sigue siendo mi nombre.

Levanté la mano izquierda.

Una alianza dorada brilló bajo la luz que atravesaba las cortinas.

Nico miró su propia mano.

Tenía otra.

—Bueno —murmuró—. Esto parece administrativamente preocupante.

Me incorporé demasiado rápido y el mundo comenzó a girar. El dolor detrás de mis ojos parecía tener martillos.

—¿Qué hicimos?

—A juzgar por mi falta de pantalones, tengo una teoría.

Levanté la sábana de golpe.

Llevaba calzoncillos negros.

—No pasó nada.

—Qué decepción.

—¡Estamos casados!

—Eso sí parece haber pasado.

Señaló la mesa de noche.

Había dos copas vacías, un ramo de flores aplastado, mi bolso abierto y un documento doblado bajo una botella de agua.

Me bajé de la cama.

Mala idea.

Mi pie se enredó con algo blanco y terminé sentada en el suelo.

Nico se incorporó.

—¿Estás bien?

—No me mires.

—Te acabas de caer.

—Estoy casada contigo. Caerme es el problema menos grave de esta habitación.

Miré lo que había atrapado mi tobillo.

Un velo.

Cerré los ojos.

—No.

—Alma.

—No digas mi nombre.

—Solo iba a...

—Tampoco termines frases.

Nico recogió el documento.

Su cara cambió.

—Esto tiene sellos.

—Las servilletas también.

—Y nuestras firmas.

Me puse de pie y se lo arranqué.

CERTIFICADO CIVIL DE MATRIMONIO.

ALMA BELTRÁN.

NICOLÁS VALERA.

Hora: 03:17.

Lugar: Oficina Civil Nocturna de San Aurelio.

—Voy a vomitar.

—El baño está a la izquierda.

—Sobre ti.

—Eso requiere acercarte y ahora mismo pareces poco estable.

Le lancé el velo.

Él lo atrapó.

—¿Por qué tienes buen humor?

—Porque si entro en pánico contigo, tendremos dos problemas idénticos.

—¡Somos un problema idéntico!

Nico miró otra vez el certificado.

—¿Recuerdas algo?

Me apreté las sienes.

La boda de Vera.

Gabriel llegando sin avisar.

Doscientas personas.

Él arrodillado frente a mí con un anillo.

Yo mirando aquella piedra y sintiendo que alguien había cerrado una puerta dentro de mi pecho.

—Recuerdo decirle que no a Gabriel.

Nico dejó de bromear.

—Sí.

—¿Estabas allí?

—Todos estaban allí.

La vergüenza me subió por el cuello.

—No. Después.

—Te encontré en la terraza.

Fragmentos regresaron.

Una botella de champaña.

Los zapatos de Nico sobre una mesa.

Yo acusándolo de ser incapaz de comprometerse con algo que no tuviera planos.

Él riéndose.

Luego...

—Había un reto.

—Sí.

—¿Qué reto?

Nico se rascó la nuca.

—Demostrar que podías hacer algo sin planearlo.

Lo miré.

—¿Y tu cerebro decidió que casarnos era razonable?

—Creo que esa parte fue idea tuya.

—Mentiroso.

—Ojalá.

Tomé mi teléfono.

Ciento doce notificaciones.

Vera: “LLÁMAME CUANDO DESPIERTES.”

Julián: “No maten a nadie antes del desayuno.”

Mi madre: cinco llamadas perdidas.

Gabriel: ninguna.

Eso dolió de una manera indecente.

Nico se levantó y buscó sus pantalones.

Yo intenté no mirarlo.

Fallé.

Su espalda estaba cubierta de pequeñas marcas de sol, y una línea de músculos desaparecía bajo la cinturilla de los calzoncillos.

—¿Puedes vestirte?

—Estoy buscando mis pantalones.

—Hazlo con menos cuerpo.

Giró la cabeza.

—No sabía que mi torso dificultaba los trámites.

—Dificulta mi concentración.

Silencio.

Mierda.

Nico sonrió lentamente.

—Qué información tan útil para nuestro matrimonio.

—Retiro la frase.

—Demasiado tarde.

Encontró los pantalones debajo de una silla.

Yo busqué mi vestido.

Estaba colgado de una lámpara.

—¿Por qué?

—No sé.

—¿Quién cuelga un vestido de una lámpara?

—Una novia espontánea.

—Te odio.

—Eso sí lo recuerdo de anoche.

Me puse el vestido arrugado y localicé un zapato.

El otro estaba dentro de una hielera.

—Esto es humillante.

—Podría ser peor.

—No termines esa frase.

—Podríamos haber consumado el matrimonio.

Me giré.

Nico ya tenía los pantalones puestos, pero seguía sin camisa.

—¿No lo hicimos?

Su expresión cambió.

—No.

—¿Seguro?

—Muy seguro.

—¿Cómo?

—Porque tú dijiste que una mala decisión por noche era suficiente.

Una imagen apareció.

Yo empujándolo contra la puerta.

Su boca a centímetros de la mía.

Mi mano dentro de su camisa.

El recuerdo me dio calor en lugares que la resaca no había conseguido matar.

—¿Nos besamos?

Nico guardó silencio.

—Nicolás.

—Sí.

—¿Cuánto?

—¿Quieres unidades de tiempo o nivel de entusiasmo?

—Quiero que desaparezcas.

—Eso no responde.

Tomé una almohada y se la lancé.

Él se rió.

—No fue gracioso.

—No me estoy riendo del beso.

—¿Entonces?

—De que tengas esa cara cuando claramente recuerdas parte.

—Recuerdo haberte dicho que eras insoportable.

—Y después me besaste.

—Quizá intentaba callarte.

—Funcionó unos minutos.

Me acerqué y le quité el certificado.

—Voy a llamar a un abogado.

—Primero deberíamos desayunar.

—No puedo desayunar casada.

—La gente lo hace diariamente.

—La gente no despierta casada con su peor decisión.

Eso borró la sonrisa de Nico.

—¿Tan mal te parece?

La pregunta sonó demasiado seria.

—Nico, anoche terminé una relación de cuatro años.

—Lo sé.

—Y horas después me casé contigo.

—También lo sé.

—No puedo convertir esto en una anécdota divertida.

—No te estoy pidiendo que lo hagas.

Respiré.

—Quiero anularlo hoy.

Nico sostuvo mi mirada unos segundos.

—De acuerdo.

No esperaba que aceptara tan rápido.

—¿Eso es todo?

—¿Querías resistencia?

—No.

—Entonces no la inventes.

Su tono me molestó porque era razonable.

La habitación pareció encogerse. Miré alrededor buscando alguna prueba de que todo fuera una broma: confeti pegado a la alfombra, mi bolso abierto, una copa volcada, dos alianzas auténticas y el hombre con quien llevaba siete años discutiendo como si hacerlo fuera una disciplina olímpica. Nada parecía divertido. Recordé a Gabriel arrodillado, mi negativa, la expresión de mi madre y el silencio posterior. Había pasado años construyendo una vida donde cada paso tenía una casilla. En una noche había roto la relación prevista, bebido demasiado y firmado un matrimonio con el único hombre capaz de convertir cualquier plan mío en una provocación.

El teléfono vibró.

Vera otra vez.

Contesté.

—¿Qué hicimos?

Mi mejor amiga guardó silencio.

—¿Dónde estás?

—Con mi marido.

Nico levantó la mano.

—Presente.

—Cállate.

Vera respiró hondo.

—Alma, necesito que vengas al desayuno.

—Necesito un abogado.

—También.

Me quedé quieta.

—¿También?

—Julián habló con alguien del hotel. Parece que la ceremonia nocturna de San Aurelio es legal.

—Eso ya lo sé.

—Hay otra cosa.

Miré a Nico.

Él dejó de buscar su camisa.

—Habla.

—Las anulaciones aquí solo proceden por causas específicas. Y estar borrachos no sirve si hay prueba de consentimiento.

—¿Qué prueba?

Vera tardó demasiado.

—Un video.

Se me heló la sangre.

—¿Qué video?

—El de la ceremonia completa.

Nico cerró los ojos.

—Joder.

—¿Y qué aparece?

—Ustedes dos diciendo que saben exactamente lo que están haciendo.

Me senté otra vez.

—Eso no puede ser.

—Hay más.

—¿Qué más?

—El funcionario dice que si no hay causa de nulidad tendrán que esperar noventa días para pedir el divorcio ordinario.

Miré mi alianza.

Noventa días.

Nico se sentó frente a mí.

—Alma.

—No.

—Escúchame.

—No pienso pasar tres meses casada contigo.

Él me sostuvo la mirada, serio por primera vez desde que despertamos.

—Entonces tenemos un problema, esposa, porque anoche fuiste tú quien me miró a la cara y dijo que por una vez quería hacer algo que no pudiera deshacer al día siguiente.

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