Demonio de Terciopelo - Un Romance de la Mafia

Download <Demonio de Terciopelo - Un Rom...> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 4 4

—Te equivocas en eso, kiska —me río—. Me atrevería a hacer cosas que ni siquiera has soñado.

—Tampoco estás bromeando con eso, ¿verdad?

—No. Ni un poquito. —Me inclino hacia adelante por instinto. Sus labios están fruncidos y carnosos. Los quiero alrededor de mi polla.— ¿Eso te da miedo, Cami?

—Ah, claro, ¿soy así de fácil de leer? —replica con sarcasmo.

—Te lo diré al final de la noche.

—¿Siempre hablas en acertijos? —espeta Cami—. ¿O de verdad te estás entregando a todo ese rollo de “guapo, misterioso desconocido”?

Suelto una risita y hago girar el vino en la copa.

—¿Acabas de decir que soy guapo?

Ella pone los ojos en blanco.

—No hagas eso. No finjas que no sabes que eres guapo.

—Está bien. Ninguna mujer se ha quejado jamás.

—Tendría que ser ciega.

La energía entre nosotros se ha vuelto áspera y peligrosa. Me pregunto si ella puede sentirla como yo. Por cómo se aclara la garganta y se le pone rígida la postura, diría que sí.

Me recuesto en el asiento y la observo.

—¿Qué te gusta hacer, Cami?

—¿Te refieres además de ir de tú a tú con hombres arrogantes en trajes caros?

Me encojo de hombros.

—Todo el mundo tiene un pasatiempo.

—Te aseguro que este no es el mío —dice con solemnidad—. Esto es, de verdad, la primera vez que me pasa, ¿sabes?

—¿Nunca has tenido una cita?

—Nunca he abandonado una cita mala por otra, listillo —dice, aunque no puede evitar soltar una risita. Ese sonido basta para volver loco a un hombre de deseo. Tengo que acomodarme la polla otra vez, tirante contra la cremallera del pantalón.

—Y yo que pensaba que nos estábamos llevando bien —digo con tono perezoso.

—Perdón por pincharte el globo.

—Puedes compensármelo —digo con frialdad.

Vuelve a arrugar la nariz. Es extraño cuánto me afecta ese movimiento tan pequeño. Como si conectaran cables de arranque a mis huevos. Me dan ganas de ver qué otras caras pone.

—¿Y cómo se supone que haga eso? No, mejor pregunta: ¿por qué iba a hacerlo?

—Puedes hacerlo así— —hago un gesto con la mano por encima del hombro, y el barman, cuyos ojos me han seguido toda la noche, se apresura de inmediato con otro par de tragos—. Y deberías hacerlo porque no soy el tipo de hombre al que le gusta que le digan que no.

Los ojos de Cami se agrandan cuando ve al barman dejar las bebidas en nuestra mesa.

—Oh, no, no, no —balbucea—. Dije una copa. Ahora vas a empezar a hacerte ideas.

—Me estabas contando sobre tus pasatiempos —digo—. Continúa.

Mira la bebida y luego a mí, de un lado a otro, una y otra vez. Al final, suspira y se le hunden los hombros hacia adelante.

—Una más —dice—. Pero de verdad que eso es todo. Lo digo muy en serio.

Choco mi vaso con el borde del suyo.

—Por la última copa que tomaremos en la vida, entonces.

Esta vez el barman me ha traído whisky solo. Glenlivet de doce años, una de las mejores botellas que tienen en existencias. Doy un sorbo y saboreo su filo nítido y su ardor suave mientras me baja por la garganta.

Cami da un sorbito diminuto a su vino blanco y lo vuelve a dejar sobre la mesa con las yemas de los dedos temblorosas.

—Leí —suelta de pronto.

—¿Libros?

—No, postales —responde cortante—. Sí, claro, libros.

—¿Qué tipo de libros?

—Libros buenos. Clásicos. Austen, Dickens, Du Maurier, Shakespeare. Ese tipo de cosas.

—Shakespeare, ¿eh? —musito. Me acaricio la mandíbula recién afeitada—. Me das vibra de chica de El rey Lear. Yo siempre preferí Hamlet.

Los ojos casi se le salen de las órbitas.

—¿Has leído Hamlet?

—¿Debería ofenderme por tu sorpresa?

Se sonroja, culpable.

—Perdón. Es que yo… No pareces de leer mucho.

—Entonces sí, debería ofenderme.

La risa le burbujea entre los labios. No puedo apartar los ojos de su maldita sonrisa. Tan condenadamente inocente.

La miro sin disculparme. El rubor se le ha extendido más allá de las mejillas, bajándole hasta el pecho. La parte superior de sus pechos está rosada ahora. Pidiendo atención.

Sus ojos verdes están brillantes, centellean de emoción, de la adrenalina de salirse de las líneas prolijas de su vida. Es estudiosa y callada, una chica de las que se quedan en segundo plano, de las que no estorban. Mi maldito polo opuesto.

Y me doy cuenta de que se está inclinando hacia mí. Igual que yo no puedo evitar inclinarme hacia ella.

Nuestros cuerpos buscándose.

El hecho de que todavía no la haya tocado, aparte de aquel beso fugaz en la mejilla, parece ridículo. Casi ofensivo. Me pica la piel por arrancarle ese vestido y lamerla hasta los muslos.

—¿Qué más has leído? —insiste—. ¿O solo sueltas lo de Hamlet para impresionar a las mujeres?

—¿Por qué tengo la sensación de que me están poniendo a prueba?

Ella levanta la copa de vino y se encoge de hombros con un gesto muy de femme fatale. Me gusta su fuego, su carácter.

—¿Te estoy poniendo nervioso? —me provoca.

—Yo nunca me pongo nervioso. Solo intrigado.

—¿Por la pregunta?

—Por ti.

Casi se marchita bajo la intensidad de mi mirada. Tal vez esto sea demasiado para una chica como ella. No está acostumbrada a un hombre como yo. Un hombre que no teme tomar lo que quiere.

Pero entonces, en el último momento, aspira una bocanada de aire y se endereza. Hombros atrás, mirada al frente, la columna erguida, me mira a los ojos y me responde fuego con fuego.

Nunca he estado más duro.

—Para responder a tu pregunta, he leído bastante. Dostoievski. Tolstói. Bulgákov. Pushkin. Gógol. Por mencionar algunos.

—Todos autores rusos —dice—. ¿Estoy en lo cierto al suponer que tú también lo eres?

Asiento.

—Vorobev —murmura, frunciendo las cejas, pensativa—. ¿Por qué siento que ya he oído ese nombre?

No dejo ver nada. La Bratva no es precisamente un tema del que se hable mucho en esta ciudad. Más que nada porque a la policía no le gusta admitir que no tiene control sobre mí ni sobre mis hombres.

Pero tampoco somos un secreto.

—No sabría decirte.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk