Demonio de Terciopelo - Un Romance de la Mafia

Download <Demonio de Terciopelo - Un Rom...> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 2 2

—Estoy cansada —explico con una paciencia que se me está agotando rápido—. Y estoy tan llena que no me cabe el postre.

Él mira su reloj.

—Apenas son las once —dice—. Bien, olvídate entonces de los menús de postres. Tráiganos otra ronda de bebidas.

La mesera asiente y se escapa de la temida Zona Reggie antes de que yo pueda protestar. Me estremezco ante la idea de pasar otra media hora en compañía de este hombre.

—Oye, voy a ir al baño, ¿va? —vuelve a eructar—. Creo que ese bistec no me cayó bien.

Asiento con rigidez. En cuanto se aleja de la mesa, suspiro aliviada y saco el teléfono para marcarle a Brianna.

Contesta de inmediato.

—Hola, hermana, ¿cómo va la cita?

—¡Te voy a matar!

—Ey, tranquila. ¿Qué pasó?

—Es soso, aburrido y grosero, y voy a terminar con todo usando el cuchillo para mantequilla si tengo que pasar otro minuto aquí atrapada con él.

Brianna suelta una risita.

—No le estarás diciendo cosas como “grosero”, ¿verdad?

—No tenemos nada en común, Bree.

—Los opuestos se atraen.

—Dejando a un lado la física del magnetismo, te juro que no estoy de acuerdo.

Brianna gime, exasperada.

—Ni siquiera le estás dando una oportunidad. ¿Cuándo fue la última vez que te sentiste atraída por algún hombre?

La pregunta me parece injusta, sobre todo después de la reacción tan real y tan visceral que acababa de tener con el hombre del booth. No pienso admitirle a Brianna que hace un minuto me estaba comiendo con los ojos a un engreído idiota de Wall Street con un traje carísimo. No me dejaría olvidarlo jamás.

—¿Y eso qué se supone que significa?

—Significa que tratas a los hombres como si fueran una especie invasora.

—¡Con buena razón! Tener un hombre en tu vida no lo es todo, ¿sabes?

—La vida no es Mujercitas, Cami —dice Brianna con un suspiro resignado—. No tienes que ponerte idealista estilo Jo March conmigo. No digo que Reggie sea tu príncipe de cuento, pero al menos es… no sé, digamos que “práctica”.

—No quiero práctica. Ahora mismo, lo único que quiero es un taxi para salir de aquí.

—¿A su casa? —bromea.

Me estremezco.

—Ni en sueños. Ah, rayos, ya viene. Tengo que colgar. ¡Te quiero, bye!

La oigo decir algo como:

—Solo bésalo y a ver si te gu—…

antes de que aplaste el botón de “Finalizar llamada” y esconda el teléfono bajo la mesa.

—¿Hablando de mí? —pregunta Reggie, arqueando las cejas de una forma que estoy bastante segura de que pretende ser seductora.

Cuando vuelve a sentarse, intento mirarlo con objetividad, sin el prisma del desinterés contaminando mi percepción.

Tal vez Bree tenga razón y yo esté siendo demasiado dura. No es un tipo feo. Claro, su barba de tres días se acerca más a “gamer que se olvidó de bañarse” que a “modelo de portada de GQ”.

Y sí, habla mucho de sí mismo y empieza demasiadas frases con “En mi industria…”.

Pero es lo bastante amable, supongo.

Entonces, ¿por qué una noche con Reggie palidece en comparación con una sola mirada del hombre del traje caro?

Uno de ellos me da repelús.

El otro me enciende la piel.

—En parte —respondo por fin—. Solo quería avisarle a Brianna que llegaría a casa pronto.

Sus cejas se levantan.

—No tan pronto.

—¿Cómo dice?

—La noche no ha terminado. Tengo algo más planeado para nosotros. Un amigo mío toca en un bar aquí a la vuelta, así que le dije que pasaríamos.

Me trago la molestia.

—Pero no me lo dijiste a mí.

—Te lo estoy diciendo ahora. Va a ser divertido.

Odio que me acorralen para hacer cosas.

—Reggie, hoy no es buen día.

—¿Tienes otros planes? —pregunta sin rodeos.

—Bueno… no.

—Entonces no veo cuál es el problema.

—Mira, Reggie —digo, empezando a entrar un poco en pánico—, eres un buen tipo y de verdad aprecio la invitación para pasar el rato. Pero, como dije, tengo que irme a casa, así que creo que mejor ya me voy—.

Estoy de pie mientras digo esto, pero antes de que siquiera logre incorporarme del todo, la mano de Reggie se dispara y me atrapa la muñeca con fuerza.

—Reggie, me estás lastimando.

Su cara se le está poniendo morada de rabia.

—No seas una perra. Te invité a salir, y soy un buen tipo, así que de verdad necesitas dejar de ponerte tan difícil y venir adonde te diga que vayas—

Esta vez, es la voz de Reggie la que se apaga de golpe.

Porque otra mano se ha sumado al asunto.

Una mano muy grande, muy fuerte, muy desconocida.

Se aferra a la muñeca de Reggie y le va despegando los dedos de mí, uno por uno, con una fuerza aterradora.

Y la acompaña una voz, grave y helada.

—Ella te dijo que no.

Me giro para ver quién habló y me quedo congelada al instante. El hombre guapo de la mesa de enfrente ya no está en su reservado.

No; está de pie justo frente a mi mesa, mirándome como si me conociera.

—Eh… —me hundo en mi asiento.

Su rostro es una máscara oscura e impasible. Pero esos ojos están llenos de… bueno, de algo. ¿Hielo negro? ¿Fuego furioso? ¿Sombra de medianoche? Me estoy poniendo dramática, pero tiene una mirada que me hace sentir un poco desanclada de la realidad.

Mi boca tropieza al intentar formar palabras, como si el español fuera algo completamente nuevo para mí. Además, tengo un zumbido raro en los oídos. Como si el sistema de alarma de mi cuerpo estuviera sonando al máximo.

En algo sí tenía razón: el hombre es alto. Y de cerca está todavía más bueno. Sus intensos ojos azules contrastan con su cabello oscuro, despeinado con naturalidad. Esa mandíbula podría cortar vidrio.

—Perdón, ¿tú quién eres? —interrumpe Reggie.

El desconocido guapo no aparta los ojos de los míos ni un solo segundo.

—Cami y yo somos amigos desde la infancia —explica—. Nos conocemos desde hace muchísimo.

Reggie frunce el ceño, desconfiado.

—¿En serio? No pareces de por aquí.

Él se gira para encarar a Reggie.

—¿Me estás llamando mentiroso?

Ni siquiera me está hablando a mí y, aun así, me echo hacia atrás del miedo. Reggie, en cambio, parece que se acaba de cagar encima. Se le salen los ojos de las órbitas y se inclina hacia atrás todo lo que puede, considerando que su mano sigue atrapada en el agarre del hombre. Lo que sea con tal de alejarse del titán que escupe fuego que ha caído de golpe en nuestra cita.

—N-no —balbucea Reggie—, solo digo que, o sea, eh…

—Bien —lo corta el hombre, seco—. No me gusta que me llamen mentiroso.

—Claro. Eh, sí. Por supuesto que no. No, no es lo que estaba diciendo. Solo le estaba preguntando a Camila si—

—Oí lo que le preguntaste. Y oí lo que ella te dijo. ¿Qué parte de «no» fue difícil de entender?

Esta vez, Reggie ni siquiera consigue tartamudear.

El hombre se aparta un poco y señala hacia la salida.

—Lárgate a la mierda de aquí.

Su voz es un latigazo. Cada vez que habla, ese calor vuelve a atravesarme, estallando como cohetes en mis muslos.

Reggie se ve tembloroso.

—Yo, eh… supongo que mejor me voy entonces… —murmura, sin atreverse siquiera a mirarme.

Asiento.

—Muchas gracias por esta noche. Estuvo bien salir de la casa.

Él se da la vuelta para irse y luego gira de nuevo, como si quisiera decir algo. Después vuelve a girar para irse. Parece que estuviera caminando por la tabla de un barco pirata mientras se arrastra hacia la salida.

La campanilla sobre la puerta tintinea. Como si un capítulo se cerrara y otro estuviera empezando.

Soy consciente de que el desconocido sigue de pie a mi lado. De pronto, se inclina hacia mí.

Por un segundo de locura, juro que va a besarme. Su colonia me envuelve. Fresca y especiada. Tengo que apretar los muslos de inmediato. Si Brianna supiera lo que estoy sintiendo ahora mismo, estaría encantada de que su hermanita no sea un robot incapaz de sentir.

Pero, en cambio, sigue inclinándose y estira el brazo más allá de mí para recoger mi servilleta caída del suelo.

—Se te cayó esto —murmura en mi oído.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk