Capítulo 4
POV de Diana
—¿Qué pasó?—corrí hacia ella y la abracé.
Celeste explicó, hecha un manojo de nervios: —Solo le rocié un poquito de perfume. Dijo que olía bonito y quiso probarlo… y de repente empezó a toser.
Vi un frasco de perfume sobre la mesa.
Ese frasco rosa con adornos de cristal.
Lo reconocí al instante. Era el «regalo» que Leonard le había dado a Vera.
¡El perfume que Vera no podía tocar bajo ninguna circunstancia!
—Vera, mi amor, mira a mamá.—La apreté contra mí—. Respira despacio.
Pero su estado empeoraba. Los labios empezaron a ponerse azules y los ojos se le llenaron de terror.
De inmediato le grité al mesero: —¡Por favor, llame a una ambulancia! ¡RÁPIDO!
—¿Dónde está su inhalador?—Leonard por fin entendió la gravedad y gritó.
Saqué rápidamente el inhalador de emergencia de mi bolso y ayudé a Vera a usarlo con práctica.
—Respira profundo, mi amor. Sigue a mamá. Uno, dos, tres…
Leonard entró en pánico a un lado. Siendo médico, no sabía qué hacer.
Vera seguía luchando por respirar.
—Tenemos que ir al hospital.—Me puse de pie cargando a Vera.
En ese momento el mesero corrió hacia nosotros. —Señora, la ambulancia está afuera.
—Yo las llevo…—Leonard intentó seguirnos.
—No hace falta.—Cargué a Vera hacia la salida—. De aquí me encargo yo.
Cerré la puerta de la ambulancia y miré por la ventana a Leonard, aturdido, de pie frente al restaurante.
En el hospital, por fin se estabilizó.
Estaba acostada, débil, en la cama; su carita seguía muy pálida.
Cuando Leonard tocó y entró, yo estaba acomodando las cobijas sobre Vera.
—¿Cómo está?
—Estable.—No me di la vuelta.
Leonard se acercó a la cama. —Vera, papá vino a verte.
Vera lo miró un instante y luego se jaló las cobijas sobre la cabeza.
No quería verlo.
Leonard se quedó inmóvil. —¿Vera?
—Vete.—dije con frialdad—. Necesita descansar.
Leonard quiso decir algo, pero lo empujé fuera del cuarto.
En el pasillo, nos quedamos frente a frente.
—Diana, lo de esta noche yo ya sé…
—¿Qué sabes?—lo interrumpí—. ¿Sabes que Vera es alérgica al perfume? ¿Sabes que tiene que traer un inhalador? ¿Sabes que su mayor miedo es no poder respirar?
Leonard abrió la boca, pero no le salió la voz.
—No sabes NADA.—Mi voz se volvió aún más fría—. El regalo que le diste a tu novia casi mata a Vera.
—Celeste no lo hizo a propósito.—Leonard intentó defenderla.
—¡YA SÉ que no fue a propósito!—Por fin se me desbordó la rabia—. ¡Pero el problema no es ella, eres TÚ! ¡Ni siquiera te tomaste la molestia de pensar en un regalo para tu propia hija! ¡Solo agarraste un perfume que combinaba con el de tu novia!
A Leonard se le fue el color de la cara.
—Y lo más irónico—continué—es que cuando la vida de Vera estuvo en peligro, tú, el jefe de cirugía cardiotorácica, entraste en pánico más que yo, que solo soy enfermera.
—Diana…
—No mereces ser su padre.
Dicho eso, me di la vuelta y regresé al cuarto, cerrando la puerta.
Leonard se quedó afuera un buen rato antes de irse por fin.
A la mañana siguiente, empecé a empacar nuestras cosas.
Cuando Vera despertó, me vio organizando el equipaje.
—Mami, ¿a dónde vamos?
—A un lugar nuevo, mi amor.—Le acaricié el cabello con suavidad—. Un lugar con el aire muy limpio.
Vera se quedó quieta, mirándome con los ojos muy abiertos. La esperanza que tenía en la mirada se fue apagando poco a poco.
—¿Y papá… el Dr. Kane? ¿Lo vamos a volver a ver?
Contuve las lágrimas. —Probablemente no.
Vera guardó silencio un momento y luego dijo: —No pasa nada. De todas formas, a él no le importo.
Apoyó su carita contra mi pecho, con una voz diminuta. —Mami, contigo me basta.
Por fin se me salieron las lágrimas.
La abracé con fuerza y le envié un mensaje a mi abogado: El acuerdo ya está firmado, por favor procese el trámite lo antes posible.
Luego borré toda la información de contacto de Leonard.
A la mañana siguiente, Leonard llegó una hora antes de lo habitual.
Lo de ayer no lo había dejado dormir en toda la noche. Tenía que encontrar a Diana y a Vera para disculparse.
Fue directo a la sala de pediatría, apretando un ramo de claveles rosados, los favoritos de Vera.
En cuanto empujó la puerta, la cama vacía del hospital lo dejó paralizado.
—Disculpe, ¿dónde está la niña que estuvo aquí ayer?—Leonard sujetó a una enfermera que pasaba.
—Ah, ¿Vera? Les dieron el alta esta mañana.
—¿A qué hora?—Su voz sonó apremiante.
La enfermera miró su reloj. —Hace como tres horas. La enfermera Torres hizo el papeleo y se fue con la niña.
A Leonard se le aceleró el pulso de golpe. Corrió al mostrador de enfermería.
—¿Diana Torres trabaja hoy?
La enfermera de turno lo miró, confundida. —Dr. Kane, ¿no lo sabía? La enfermera Torres presentó su renuncia hace una semana. Recursos Humanos ya la aprobó.
¿Renuncia?
