DEL ODIO AL AMOR, HAY UN SOLO PASO

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Capítulo 2 Capítulo 2

CAPÍTULO 2

La fiesta de mi vecino

CARLA

—¡Vamos, Alice! Solo es una fiesta.

—No.

—Ni siquiera lo pensaste.

—Sí lo pensé. Mi respuesta sigue siendo no.

Solté un suspiro y me dejé caer de espaldas sobre la cama con el teléfono pegado a la oreja.

Llevábamos casi diez minutos discutiendo exactamente lo mismo.

—Alice, todo el mundo va a ir.

—Precisamente por eso no quiero ir.

—Será la mejor fiesta del año.

—Eso dicen de todas las fiestas.

Rodé los ojos.

—Esta es diferente. Allan siempre hace fiestas increíbles.

Hubo un pequeño silencio al otro lado.

—¿Desde cuándo hablas bien de Allan Arriagada?

Me incorporé inmediatamente.

—No estoy hablando bien de él.

—Acabas de decir que sus fiestas son increíbles.

—Sus fiestas. No él. Existe una diferencia enorme.

Alice soltó una pequeña risa.

—Carla, ese chico te cae horrible.

—Y me seguirá cayendo horrible mañana.

—Entonces ¿por qué vas?

Miré hacia mi ventana.

Desde mi habitación podía ver parte de la casa de al lado.

La casa de Allan.

—Porque literalmente vive al lado. ¿Qué quieres que haga? ¿Quedarme encerrada escuchando la música mientras todos los demás se divierten?

—Podrías venir a mi casa.

—Alice…

—Podemos ver películas.

—Es viernes.

—Precisamente.

Me reí.

Alice era completamente diferente a mí.

Y quizás por eso me agradaba.

No necesitaba ser popular ni estar rodeada de gente para sentirse bien. No le interesaban las fiestas, tampoco llamar la atención de los chicos.

Simplemente era Alice.

—Además —continuó—, la última vez que fui a una fiesta contigo me dejaste sola.

—¡Eso no es verdad!

—Desapareciste.

—Unos chicos me invitaron a bailar y te dije que vinieras conmigo. Tú no quisiste.

—Porque no sabía qué hacer.

—Bailar.

—Gracias por la explicación.

Sonreí.

—Podrías intentarlo esta vez.

—No.

—Conocer gente.

—No.

—Bailar.

—No.

—¿Hablar con algún chico?

—Definitivamente no.

—Eres imposible.

—Y tú demasiado insistente.

Solté una carcajada.

—Está bien. Me rindo.

—Gracias.

—Pero si cambias de opinión…

—No voy a cambiarla.

—Te odio.

—También te quiero.

Sonreí.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Carla. Y no hagas ninguna estupidez mañana.

—¿Cuándo hago estupideces?

Alice permaneció en silencio.

—No respondas.

Su risa fue lo último que escuché antes de que colgara.

Dejé el teléfono sobre la cama.

Mañana sería un día largo.

Primero iría con Ryan al centro comercial para ayudarlo a escoger el regalo de Jennifer. Después Madison y Mercedes vendrían a casa para arreglarnos juntas.

Y por la noche…

La fiesta.

Miré nuevamente hacia la ventana.

Justo entonces se encendió una luz en la casa de Allan.

Fruncí el ceño.

Todavía no entendía cómo alguien podía caerme tan mal sin siquiera esforzarse.

Aunque había algo que me tenía más preocupada.

Jennifer.

No había ido a clases durante toda la semana.

Apenas contestaba mis mensajes y todavía no me explicaba por qué llevaba casi un mes saliendo con Ryan sin contarme absolutamente nada.

Según Ryan, aparecería el lunes y me explicaría todo.

Más le valía.

Porque pensaba interrogarla hasta conseguir respuestas.

Apagué la lámpara.

Mañana sería solamente una fiesta.

Nada más.

Al menos eso pensaba.

ALLAN

—¡Eso fue falta!

—¡Aprende a perder, Arriagada!

—Aprende a jugar, imbécil.

Ryan soltó una carcajada y me lanzó la pelota.

Llevábamos aproximadamente una hora jugando en el patio de su casa.

Finalmente el calor consiguió vencernos y terminamos lanzándonos directamente a la piscina.

—Te voy a ganar esta noche —dijo Ryan.

—¿En mi propia fiesta?

—Exactamente.

—¿En qué?

Se quedó pensando.

—En todo.

—Gran respuesta.

Le lancé agua.

Ryan respondió haciendo exactamente lo mismo.

Cinco minutos después aquello había dejado de parecer una piscina y parecía una guerra.

—Señor Ryan.

Ambos nos detuvimos.

Una trabajadora de la casa estaba junto a la puerta.

—Su madre está al teléfono y quiere hablar con usted.

—Gracias. Ya voy.

Ryan salió de la piscina.

—No te robes nada mientras no estoy.

—Claro, señor Ryan.

—No es gracioso.

—Para mí sí.

Entró a la casa.

Me quedé flotando tranquilamente.

Mi teléfono estaba sobre una mesa junto a las toallas y no dejaba de vibrar.

Mensajes sobre la fiesta.

Preguntas sobre quién iría.

A qué hora comenzaba.

Si podían llevar gente.

Había invitado prácticamente a toda la escuela.

Después de terminar con Caitlin, necesitaba distraerme.

Y una fiesta parecía la mejor forma.

Escuché abrirse la puerta de la casa.

—Te demoraste bastante…

Me callé.

No era Ryan.

Era Carla.

Llevaba lentes de sol y claramente no había notado que yo estaba allí.

Sonreí.

Aquello podía ser divertido.

Carla extendió una toalla sobre una reposera y se acomodó tranquilamente.

Esperé.

Cinco segundos.

Diez.

Seguía sin verme.

Perfecto.

—Buenos días, vecina.

Carla prácticamente saltó.

Se quitó los lentes.

—¡¿Qué haces aquí?!

No pude evitar reír.

—Buenos días para ti también.

—Allan.

—Carla.

—¿Qué haces en mi piscina?

—Técnicamente es la piscina de tu papá.

—Sal.

—Ryan me invitó.

—Entonces dile a Ryan que se consiga su propia piscina.

—Vive aquí.

Me fulminó con la mirada.

Definitivamente molestarla era demasiado fácil.

—Estábamos jugando fútbol —expliqué—. Después vinimos a nadar. Ryan está hablando con su mamá.

Carla cruzó los brazos.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí.

—Qué conversación tan interesante.

—No estoy conversando contigo.

—Lo estás haciendo ahora.

Abrió la boca.

La cerró.

Sonreí.

—Te odio.

—Eso dices desde que teníamos diez años.

—Porque desde los diez años eres insoportable.

—Y aun así recuerdas perfectamente desde cuándo.

—Créeme, los traumas se recuerdan.

Solté una carcajada.

Carla tomó su toalla.

—Me voy.

—Espera.

Se giró.

—¿Qué?

—¿Vas a venir esta noche?

—¿A tu fiesta?

—No. A jugar ajedrez. Obviamente a mi fiesta.

—Todo el mundo va.

—No pregunté por todo el mundo.

Carla frunció ligeramente el ceño.

—¿Entonces?

—Pregunté si tú vas.

Durante unos segundos simplemente me observó.

—Sí.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—Eres raro.

—Y tú haces demasiadas preguntas.

Rodó los ojos.

—Nos vemos esta noche, Arriagada.

—Nos vemos, Díaz.

Entró a la casa.

Me quedé observando la puerta unos segundos.

Extraño.

Había conocido a Carla prácticamente toda mi vida.

Habíamos discutido cientos de veces.

Pero aquella mañana algo había cambiado.

No sabía exactamente qué.

Y tampoco tenía intención de averiguarlo.

—¿Por qué tienes esa cara?

Giré.

Ryan regresaba.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No tengo ninguna cara.

Miró hacia la puerta por donde Carla acababa de desaparecer.

Después volvió a mirarme.

—¿Estaba Carla aquí?

—Sí.

—¿Discutieron?

—Un poco.

—Entonces todo está normal.

—Exactamente.

Ryan saltó nuevamente al agua.

—Por cierto, esta noche ni se te ocurra molestarla.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque es mi hermana.

—Hermanastra.

—Para mí es mi hermana.

Levanté las manos.

—Tranquilo.

—Te conozco.

—Y yo a ti.

—Allan.

—No voy a hacerle nada.

Ryan me observó durante unos segundos.

—Más te vale.

Sonreí.

No entendía por qué estaba tan preocupado.

Carla y yo apenas podíamos mantener una conversación sin discutir.

Nada podía pasar entre nosotros.

Absolutamente nada.

CARLA

—¿Qué piensas regalarle?

—Ese es exactamente el problema.

Miré a Ryan desde el asiento del copiloto.

—¿No tienes ninguna idea?

—Por eso te traje.

—Qué romántico.

—Carla.

Me reí.

Íbamos camino al centro comercial y Ryan llevaba varios minutos intentando sacarme información sobre los gustos de Jennifer.

—Le gustan las cosas sencillas —expliqué—. No necesitas comprarle algo gigantesco.

—¿Un collar?

—Puede ser.

—¿Flores?

—También.

—¿Chocolate?

—Eso siempre funciona.

—¿Las tres cosas?

Lo miré.

—Un mes, Ryan. No se van a casar.

—Quiero hacer algo bonito.

Eso me hizo sonreír.

Quizás Jennifer había escogido bastante bien.

—Entonces te ayudaré.

—Gracias.

Permanecimos unos segundos en silencio.

—¿Vas a ir esta noche? —preguntó.

—Sí.

—Jennifer dijo que intentaría ir.

Lo miré inmediatamente.

—¿Hablaste con ella?

—Ayer.

—¡Yo llevo toda la semana intentando comunicarme con ella!

—Carla…

—¿Por qué me está evitando?

—No te está evitando.

—Entonces explícame qué sucede.

Ryan apretó las manos alrededor del volante.

—Ella quiere contártelo personalmente.

—¿Contarme qué?

—No puedo decirte.

—Ryan.

—Prometí que no lo haría.

—Soy prácticamente tu hermana.

—Precisamente por eso sé que no vas a dejar de insistir.

Hice mi mejor expresión triste.

—Por favor.

—No funciona.

—¿Qué cosa?

—Esa cara.

—No estoy haciendo ninguna cara.

—Carla.

Suspiré.

—Está bien. Pero si el lunes no me cuenta, tú lo haces.

—No.

—Ryan.

—Está bien.

Sonreí victoriosa.

—Pero solamente si ella no te cuenta primero.

—Trato hecho.

Apoyé la cabeza contra el asiento.

Por alguna razón tenía la sensación de que demasiadas cosas estaban a punto de cambiar.

Jennifer escondiéndome algo.

Britney enamorada del novio —ahora exnovio— de Caitlin.

Allan recién soltero.

Y una fiesta esa misma noche.

¿Qué podía salir mal?

ESA NOCHE

La respuesta era sencilla.

Todo.

Absolutamente todo podía salir mal.

La música podía escucharse desde mi habitación incluso antes de salir de casa.

—¡Carla, apúrate! —gritó Madison desde abajo.

—¡Ya voy!

Me miré una última vez al espejo.

Mercedes apareció detrás de mí.

—Llevas diciendo “ya voy” quince minutos.

—Quiero verme bien.

—Te ves bien.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Muy segura?

Mercedes me tomó del brazo.

—Nos vamos.

—¡Mi bolso!

—Yo lo tengo.

—¿Mi teléfono?

—También.

—Te amo.

—Lo sé.

Bajamos riéndonos.

Cuando cruzamos hacia la casa de Allan, entendí inmediatamente por qué todos hablaban de sus fiestas.

Había gente por todas partes.

Música.

Luces.

Compañeros que ni siquiera sabía que conocían a Allan.

—Esto está increíble —dijo Madison.

—Se los dije.

Entramos.

Ryan estaba hablando con algunos chicos cerca de la sala.

Britney estaba con Caitlin y Danna.

Eso llamó mi atención.

Caitlin parecía demasiado tranquila para alguien que acababa de terminar con su novio.

—¿Ella sabe? —preguntó Mercedes.

—¿Qué cosa?

—Lo de Allan.

—Supongo.

Antes de poder continuar, alguien pasó junto a nosotras.

Allan.

Nuestras miradas se encontraron.

Él se detuvo.

—Viniste.

—Te dije que vendría.

—Pensé que cambiarías de opinión.

—No te emociones. Vine por la fiesta, no por ti.

Sonrió.

—Claro.

—¿Qué significa ese “claro”?

—Nada, vecina.

—Arriagada…

Pero ya se estaba alejando.

Idiota.

Dos horas después estaba bailando con Madison y Mercedes.

Había perdido de vista a Ryan.

Jennifer finalmente no había aparecido.

Y Alice probablemente estaba en su casa viendo alguna película mientras yo intentaba convencerme de que no tenía razón cuando me dijo que tuviera cuidado.

Porque había cometido un error.

Había aceptado bebidas sin pensar demasiado.

Y yo no estaba acostumbrada.

Al principio solamente me sentí más relajada.

Después todo comenzó a parecer muchísimo más divertido de lo normal.

—¡Carla! —gritó Mercedes sobre la música—. Creo que deberías parar.

—¡Estoy perfectamente!

—Eso dicen todos cuando no están perfectamente.

Me reí.

—Quiero agua.

—Te traigo.

Mercedes desapareció entre la gente.

Me apoyé contra una pared.

La casa comenzaba a vaciarse poco a poco.

No sabía qué hora era.

Busqué mi teléfono.

No estaba.

Genial.

—¿Perdiste algo?

Levanté la mirada.

Allan.

—Mi teléfono.

—Otra vez.

—¿Qué significa otra vez?

—Siempre pierdes cosas.

—Eso no es verdad.

—Cuando tenías doce años perdiste las llaves de tu casa tres veces en una semana.

Entrecerré los ojos.

—¿Cómo recuerdas eso?

—Porque terminaste entrando por mi casa.

—Cierto.

Comencé a reír.

Allan también parecía haber bebido, aunque se veía bastante más consciente que yo.

—Estás fatal —dijo.

—Estoy perfectamente.

—No puedes ni caminar derecho.

—Claro que puedo.

Intenté demostrarlo.

Mala idea.

Tropecé.

Allan alcanzó a sujetarme del brazo.

—Perfectamente —repitió.

—Cállate.

—Ven.

—¿Dónde?

—A sentarte antes de que termines cayéndote.

—No necesito ayuda.

—Sí necesitas.

—Eres muy mandón.

—Y tú muy terca.

—Te odio.

—Eso ya me lo dijiste esta mañana.

—Puedo repetírtelo.

—Lo sé.

La música sonaba cada vez más distante.

Recuerdo haber discutido con él.

Recuerdo haberme reído.

Recuerdo preguntarle dónde estaba Ryan.

Y después…

Nada.

Absolutamente nada.

A LA MAÑANA SIGUIENTE

Abrí los ojos.

Mi cabeza parecía pesar una tonelada.

Gemí y volví a cerrarlos.

Nunca más.

Nunca más iba a beber.

Intenté recordar cómo había llegado a mi habitación.

Espera.

Abrí nuevamente los ojos.

Aquello no era mi habitación.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Me incorporé lentamente.

Reconocía esas paredes.

Había estado allí antes.

Pero hacía años.

—No…

Miré alrededor intentando reconstruir la noche anterior.

La fiesta.

Madison.

Mercedes.

Las bebidas.

Allan.

Después…

Vacío.

Escuché movimiento al otro lado de la habitación.

Me quedé completamente inmóvil.

No.

No podía ser.

Giré lentamente la cabeza.

Y allí estaba él.

Allan Arriagada.

Mi vecino.

Mi enemigo desde la infancia.

El chico que juraba que jamás podría soportar.

Dormido a pocos metros de mí.

Sentí que el estómago se me hundía.

—Allan…

Él abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos ninguno dijo absolutamente nada.

Hasta que observó la habitación.

Después me miró.

Y su expresión cambió por completo.

—Carla…

Tragué saliva.

—¿Qué pasó anoche?

Allan permaneció en silencio.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Y entonces comprendí algo todavía peor.

Él tampoco parecía tener la respuesta.

Continuará…

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