Cuando Arde lo Prohibido

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Capítulo 5 Capítulo 5.- Secretos de un pasado roto (POV: Marilyn)

El ambiente en la casa era insoportable. Evitaba a Camilo a toda costa, pero su presencia parecía impregnar cada rincón.

Para desconectar, decidí salir a comer con Beatriz, mi mejor amiga, a una cafetería céntrica. Necesitaba desahogarme antes de volverme loca.

—Te lo juro, Bea, ese hombre es indigerible —dije, removiendo mi café con furia—. Me mira como si fuera una criminal por el simple hecho de existir.

—Bueno, pero está bueno, ¿no? —preguntó Bea con una sonrisa maliciosa—. Me dijiste que es alto, de ojos oscuros y con esa vibra de "mírame y muérete". Esos son los más peligrosos, amiga.

—No estás ayudando —suspiré, apoyando la barbilla en mi mano—. Además, es el hijo del esposo de mi madre. Es una situación ridícula. Solo quiero encontrar un maldito trabajo, juntar dinero y largarme de esa mansión. No quiero depender de nadie. Bastante tuve con Julián.

El rostro de Bea se volvió serio al escuchar ese nombre.

—¿Has sabido algo de él? —preguntó en voz baja.

—No, gracias a Dios —respondí, sintiendo un escalofrío—. El divorcio quedó firmado, pero conocerlo como lo conozco... me da pánico que descubra dónde estoy. Julián no acepta perder.

—Tranquila. Estás en otra ciudad, viviendo con una de las familias más poderosas del lugar. Ahí estás a salvo —me consoló Bea, apretando mi mano—. Concéntrate en ti. ¿Cómo va la búsqueda de empleo?

—Mañana tengo una entrevista para un puesto de asistente administrativa en una importadora. Deséame suerte.

Al regresar a la mansión esa tarde, me encontré con Elena en el jardín. Mi madre parecía feliz, podando unas rosas, un lujo que nunca nos habíamos podido permitir.

—Marilyn, mi amor, qué bueno que llegas —dijo, acercándose—. Federico me dijo que Camilo te ofreció un puesto en su constructora. ¿Por qué lo rechazaste? No dejes que tu orgullo nos deje mal con ellos.

—¿Camilo ofreció qué? —me quedé helada—. Madre, Camilo no me ofreció nada. Y si lo hiciera, no lo aceptaría.

—Federico me dijo que Camilo tiene la orden de colocarte en la empresa —insistió ella, frunciendo el ceño—. No busques problemas, hija. Necesitamos encajar aquí.

Entré a la casa hecha una fiera. Camilo me estaba usando para quedar bien con su padre, o peor, para controlarme. Fui directa hacia su despacho sin llamar a la puerta. Al abrirla, lo encontré revisando unos planos.

—¿Se puede saber de qué estás haciendo? —le grité, cerrando la puerta de un portazo.

Entré como una bala y lo encontré inclinado sobre los planos, con la luz de la lámpara recortando su perfil.

No se inmutó cuando cerré la puerta; seguía escribiendo con la calma de quien no teme nada. Eso fue la gota que colmó mi paciencia.

—¿Qué te crees, que puedes decidir sobre mi vida así como así? —vociferé, acercándome hasta su mesa.

Él no levantó la vista al principio. Luego, con una voz fría, dijo:

—¿De qué hablas?

—Mi madre —escupí—. Federico te dijo que me ibas a «colocar» en la empresa. ¿Desde cuándo te crees dueño de mi destino?

Por fin alzó los ojos. Vi en ellos ese brillo que me irritaba y atraía a la vez.

—No te voy a «colocar» por lástima, Marilyn. Si te ofrecí el puesto fue porque puede serte útil, nada más.

—¿Útil? —Me interrumpí, acercándome hasta estar a centímetros—. ¿Y qué ganas tú con eso, Lombardi? ¿Me controlas? ¿Quieres verme humillada cada mañana debajo de tu sarcasmo?

Me miró como quien estudia una pieza rara.

—Ganas estabilidad en el proyecto. Necesito alguien que no haga ruido y que cumpla. Tu nombre apareció y mi padre lo propuso. No me interesa jugar a ser tu salvador.

—Entonces ¿por qué lo dijiste? —le pregunté, la voz quebrada porque no quería mostrarme débil—. ¿Para qué mi madre se sienta en deuda con ustedes y nos domestiquen?

—No mezcles a mi familia con tu drama —dijo con dureza—. No tengo tiempo para tus batallas personales.

—¡Pues hazte tiempo! —grité—. ¿Y Julián? ¿Qué pasa si él te encuentra? ¿Te parece correcto que yo me quede aquí y finja que todo está bien mientras mi ex puede aparecer?

Se quedó en silencio. Noté cómo luchaba por no desmoronarse aunque su rostro no lo mostrara.

—Si Julián aparece, lo solucionamos a mi manera —aseguró, como si hablara de un asunto administrativo—. No puedes vivir con miedo, Marilyn.

—Fácil decirlo cuando no es tu nombre el que puede terminar en noticia —repliqué, y la rabia me obligó a hablar más bajo—. No sabes lo que hizo. No tienes idea de los días que me pasé escondiéndome.

Se levantó de golpe y el ruido del asiento al retroceder resonó como un golpe.

—Dímelo, entonces —me desafió—. Dime lo que hizo.

Las palabras se amontonaron en mi garganta. Me miró con una intensidad que me obligó a bajar la guardia.

—Me golpeó —dije en un hilo—. Una vez, dos veces. Me pegó cuando se frustraba, cuando bebía. Me arruinó la confianza. Me dejó sin ganas de luchar.

Su respiración se volvió más sonora. Hubo un latido de silencio, pesado como un muro.

—Lo siento —susurró—. No lo sabía.

—¿Y cómo no lo ibas a saber? —le lancé—. Vives en tu burbuja de trajes caros y contratos. Crees que todo se arregla con dinero.

—Escucha —respondió, acercándose—. No seré tu salvador, pero tampoco permitiré que nadie te haga daño estando bajo mi techo. Si Julián aparece, yo me encargaré. ¿Me quedó claro?

Me quedé paralizada porque no supe si creerle. ¿Qué quería de mí a cambio? ¿Qué tipo de trato me ofrecía el hombre que tanto despreciaba?

—¿Y qué pides tú? —pregunté al fin, con voz temblorosa.

—Que hagas bien tu trabajo —contestó, sin rodeos—. Y que no me provoques más de lo necesario.

Reí, amarga.

—¿Eso es todo? ¿Tu límite es mi dignidad y un horario de oficina?

—No es mi límite —corrigió—. Es mi paciencia. Y créeme, Marilyn, esa no es infinita.

Me volví para salir, el pecho ardiendo, pero antes de alcanzar la manija, me detuve y miré atrás.

—No me protejas por lástima —le dije—. Si vas a meterte en mi vida, que sea porque quieres, no porque te lo ordenó tu padre.

Su mandíbula se tensó. Por un instante, juraría que vi algo parecido a ternura y algo más duro aún: determinación.

—No lo haré por lástima —murmuró—. Lo haré por conveniencia. Y por... otra cosa que no voy a nombrar hoy.

Salí de la oficina sin darle tiempo a que lo hiciera. Afuera, el jardín olía a rosas podadas y a secretos a punto de romperse. Tenía miedo, sí, pero también esa extraña sensación de que, a su manera retorcida, Camilo acababa de ofrecerme algo que no sabía si quería aceptar.

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