Capítulo 3 Capítulo 3: El aviso de la tormenta
POV: Camilo
Sostener la mano de Marilyn fue un error. Su piel estaba suave, pero la fuerza con la que me sostenía la mirada me demostró que no se iba a achantar fácilmente. Supe que debía soltarla, que cruzar esa línea con la hija de la mujer de mi padre era buscar problemas, pero mi cuerpo no respondía a las órdenes de mi cerebro.
—Suéltame, Camilo —susurró ella, aunque no hizo el menor ademán de zafarse. Su respiración se había vuelto errática.
—No vuelvas a tocarme, Marilyn —le advertí con voz ronca, soltándola de golpe como si me quemara—. No juegues conmigo. No tienes idea de con quién te estás metiendo.
—¿Ah, sí? ¿Y quién eres? ¿El ogro de la casa? —se burló, dando un paso atrás, cruzándose de brazos—. Solo veo a un hombre que se esconde detrás de un traje caro porque le aterra que alguien descubra lo vacío que está.
Esas palabras calaron hondo. Dolió porque era verdad. Mi exesposa me había repetido lo mismo antes de marcharse con la mitad de mis bienes y dejarme con la desconfianza clavada en los huesos.
—Fuera de mi vista —le ordené, señalando la salida de la cocina.
Marilyn me miró con una mezcla de rabia y algo parecido a la lástima, lo que me enfureció aún más. Tomó su vaso de agua y salió sin decir una palabra más, dejando que el eco de sus pasos se perdiera en el pasillo.
Al día siguiente, busqué refugio en el trabajo. Mateo, mi socio y abogado, entró a mi oficina con un fajo de contratos, pero se detuvo al ver mi expresión.
—Tienes cara de querer matar a alguien, Camilo. ¿Otra vez problemas con tu viejo?
—No. Es la... la invitada que trajo a casa —dije, frotándome las sienes—. Su hermanastra. Marilyn.
Mateo sonrió con picardía, apoyándose en el borde de mi escritorio.
—Vaya, vaya. ¿La chica hermosa que tu padre mencionó? No me digas que el gran Camilo Lombardi está perdiendo la compostura por una mujer.
—No digas idioteces, Mateo —le corté de inmediato—. Es insolente, metiche y rompe las pelotas. Solo quiero que se vaya.
—O tal vez te asusta que te mueva el suelo, amigo —comentó Mateo en tono serio—. Llevas dos años muerto en vida. Quizá un poco de caos es lo que necesitas.
—El caos destruye las cosas, Mateo. Y yo ya reconstruí mi vida una vez. No pienso volver a quebrarme por nadie.
Antes de que Mateo pudiera replicar, el teléfono de mi escritorio comenzó a sonar, interrumpiendo la tensión en la oficina. Era mi secretaria.
—Señor Lombardi, disculpe la interrupción. Hay una joven en recepción que insiste en postularse para la vacante del área de proyectos. Sé que el proceso cerró hace una hora, pero es... persistente. Dice que se llama Marilyn Alarcón.
El nombre me golpeó como un puñetazo en el estómago. Miré el auricular como si hubiera oído mal.
—¿Marilyn? —repetí en voz alta, sin poder evitarlo.
Mateo alzó las cejas, con una sonrisa ladeada expandiéndose por su rostro.
—¿Hablando del rey de Roma? —susurró, cruzándose de brazos—. Esto se pone interesante.
—Dile que espere —le ordené a la secretaria y colgué de golpe. Me puse de pie, abotonándome la chaqueta del traje con movimientos rápidos y precisos.
—¿A dónde vas con tanta prisa? —se burló Mateo, siguiéndome hacia la puerta—. Pensé que solo querías que se fuera de tu vida.
—Voy a sacarla de mi edificio —respondí con voz cortante—. Esto es una provocación. No voy a permitir que traiga sus jueguitos psicológicos a mi empresa.
—O tal vez viene a buscar esa independencia de la que tanto te quejabas anoche —apuntó él, divertido—. Déjame ir contigo. Quiero ver a la mujer que te hace perder los papeles con solo pronunciar su nombre.
—Quédate aquí, Mateo. Esto es un asunto familiar.
Salí de la oficina a grandes zancadas, ignorando las miradas de mis empleados. El ascensor privado bajó al vestíbulo en un silencio sepulcral que solo alimentaba mi irritación. Cuando las puertas se abrieron, la vi.
Llevaba un traje de chaqueta azul marino que, a pesar de ser sencillo, se ceñía a su cuerpo de una forma que capturaba la atención de cualquiera en la sala.
Tenía la espalda recta, la barbilla en alto y sostenía una carpeta contra su pecho como si fuera un escudo. Estaba discutiendo con la recepcionista con una seguridad que rayaba en la insolencia.
—¿Qué estás haciendo aquí, Marilyn? —pregunté, mi voz resonando con fuerza en el vestíbulo de mármol.
La recepcionista suspiró aliviada al verme. Marilyn se giró con lentitud, mirándome de arriba abajo antes de clavar sus ojos claros en los míos. No había ni un rastro de miedo en ella. Al contrario, sus ojos brillaban con el mismo fuego desafiante de la noche anterior.
—Vengo por el puesto de asistente de gestión —respondió, dando un paso hacia mí—. Vi el cartel en la entrada. No sabía que esta era tu oficina principal, pero ya que estoy aquí, exijo que me evalúen como a cualquier otro candidato.
Sostuve su mirada, consciente de que varios empleados fingían revisar papeles para enterarse del cotilleo. Me acerqué a ella lo suficiente para que mi voz solo llegara a sus oídos.
—Esta empresa la dirijo yo, Marilyn. Aquí no contratamos a la gente por caridad, ni por hacerle un favor a mi padre. Vuelve a casa.
—No te estoy pidiendo caridad, Lombardi —me espetó, acortando la distancia entre los dos. Podía oler su perfume, algo dulce y fresco que contrastaba con la tormenta que provocaba a su paso—. Evalúa mi currículum. Si no doy la talla, me iré. Pero no me vas a echar solo porque te da pánico tener que mirarme a la cara todos los días.
Una punzada de orgullo herido me recorrió la espina dorsal. ¿Pánico yo? ¿De ella?
—Bien —dije, dándome la vuelta hacia el ascensor—. Sube. Tienes exactamente diez minutos para demostrarme que eres algo más que una boca grande. Si me haces perder el tiempo, yo mismo te sacaré a la calle.
—Me bastan cinco —replicó, siguiéndome con el paso firme de sus tacones.
El viaje de subida en el ascensor fue una tortura. Ninguno de los dos habló, pero el espacio cerrado parecía cargado de electricidad estátic. Podía escuchar su respiración, ligeramente acelerada, y el roce de su ropa.
Cuando entramos en mi despacho, caminé directo hacia mi escritorio de caoba y me senté, adoptando mi postura más fría y profesional. Ella se sentó enfrente, cruzando las piernas con una elegancia innata, y deslizó su carpeta sobre la mesa.
Tomé el currículum y lo revisé con calma, buscando cualquier excusa para rechazarla en el acto.
Pero, para mi desgracia, sus calificaciones eran impecables. Graduada con honores, manejo de tres idiomas, cartas de recomendación excelentes de sus profesores de la universidad.
No tenía experiencia en el sector inmobiliario de gran escala, pero el potencial estaba ahí, escrito en letras de molde.
