Capítulo 3 La oferta
—Te daré cien dólares por cada lata que te termines, Amelia.
Millie se quedó mirando la lata de cerveza que tenía en la mano. Aquel tipo repartía cien dólares por lata como si fuera calderilla. Iba por la quinta, y el mareo agradable ya empezaba a pegarle.
—Esto es ridículo —murmuró, medio para sí, y dio otro sorbo.
Aidan, despatarrado en su sofá elegante, alzó su vaso.
—Te lo dije: cien dólares por lata —dijo, con una sonrisita ladeada—. Ya llevas cinco. Eso son quinientos dólares. ¿Y todavía te estresas por tu próxima cita de limpieza?
Ni siquiera estaba presumiendo; solo soltaba cifras como si no significaran nada. Eso la sacaba de quicio, pero estaba demasiado cansada para encararlo. Además, el dinero era la razón por la que estaba allí, ¿no? Sentada en aquel lugar absurdamente bonito, bebiéndose su cerveza carísima, en vez de restregarle los pisos.
Le sostuvo la mirada, con la mandíbula tensa. Él se inclinó hacia adelante, con los ojos afilados.
—Así que… no pareces exactamente la típica chica de la limpieza.
Ahí estaba: ese tono condescendiente, envuelto en un cumplido. Como si fuera demasiado interesante, demasiado… algo, para estar atrapada haciendo lo que hacía. Como si su trabajo fuera un disfraz que se le quedaba mal.
Los dedos de Millie se apretaron alrededor de la lata. Él no la conocía, ni las facturas vencidas amontonándose, ni las peleas nocturnas con su mamá, que se moría por echarla, ni las solicitudes interminables que no llevaban a ninguna parte. No veía el agotamiento ni el filo constante en el que vivía. Y ella no pensaba desmenuzarle nada de eso a un rico que creía que repartir cerveza y propinas enormes lo hacía distinto del resto de su círculo de privilegiados.
Le lanzó una mirada.
—Supongo que las apariencias engañan. Tú no me das la impresión de ser alguien que haya tocado una fregona en su vida.
Aidan sonrió, haciendo girar su licor caro en el vaso.
—Una vez intenté limpiar un fregadero en la universidad. Inundé el lugar. Un desastre total.
Ella soltó una risita por la nariz, poniendo los ojos en blanco.
—Sí, suena a lo esperado. Dejen el trabajo sucio para nosotros, los de abajo.
—¿Y te parece bien? —La sonrisita volvió, toda engreída y provocadora.
Millie se inclinó hacia adelante, igualándole el juego.
—Hace tres horas pensé que solo eras un idiota.
Él alzó una ceja y también se acercó, como si de verdad tuviera curiosidad.
—¿Y ahora?
—¿Ahora? —Millie dio un sorbo lento a su cerveza, dejando que la pausa pesara—. Ahora estoy segura de que eres un idiota arrogante.
Aidan se echó a reír, llevándose una mano al pecho como si lo hubiera herido.
—Duro, pero justo. —Esa sonrisa no se movió ni un milímetro—. Te estoy cayendo bien, ¿verdad?
—Como un sarpullido —replicó ella, aunque la comisura de su boca se le movió, traicionándola.
Aidan alzó su vaso, todavía riéndose.
—Por los sarpullidos, entonces.
Millie negó con la cabeza, viéndolo dar un trago. Era insoportable, pero había algo en él… encantador de una forma que se le metía bajo la piel. Le enfurecía lo fácil que era hablar con él, como si no fuera un rico que jamás se había preocupado por manejar con el tanque vacío en su vida.
—Entonces —dijo ella, dejando la lata sobre la mesa con un tintineo suave—, ¿a qué te dedicas en realidad? Además de sentarte sobre una montaña de dinero que seguramente ganaron por ti tus padres o tus abuelos.
—Esa es una suposición atrevida —dijo él, sonriendo como si no le picara—. Pero eres linda, así que lo voy a dejar pasar. —Se recostó en la silla, el vaso colgándole de los dedos, y ese brillo desesperante en los ojos volvió a aparecer—. Ahora la verdadera pregunta es: ¿quieres la verdad aburrida o la versión que podría ponerte nerviosa?
El estómago de Millie dio un vuelco, pero mantuvo el rostro impasible.
—No importa —dijo.
Aidan se recostó en el sofá, con esa confianza despreocupada, como si no tuviera adónde ir ni nada que demostrar. Sus ojos azules atraparon la luz, afilados y penetrantes, y por un segundo Millie se sintió vista… de verdad vista, no solo como una empleada de limpieza que se confunde con el fondo. Algo se le revolvió en el vientre, un giro cálido que le echó la culpa a la cerveza, aunque no estaba del todo segura.
—Entonces, la parte aburrida —dijo, alargando las palabras como si se aburriera solo de pensarlo.
Dio un sorbo lento a su trago y continuó:
—Papeleo interminable, reuniones inútiles con gente a la que probablemente olvide… o de la que con el tiempo me deshaga… y una montaña de porquería familiar por la que se supone que debo actuar como si me importara.
—¿Y la parte más picante? —siguió, bajando la voz lo justo para hacer que ella se inclinara hacia él—. Digamos que hay nombres que no puedo mencionar, lugares donde no puedo dejarme ver y noches que me conviene olvidar.
Millie puso los ojos en blanco para disimular el escalofrío que le subía por la columna.
—¿Qué, estás en algún club secreto? ¿Organizas peleas clandestinas o algo así?
La risa de Aidan fue baja, casi íntima, como si compartieran un secreto.
—No exactamente. Pero… tampoco estás tan lejos.
Ahí estaba otra vez: ese destello en sus ojos, como si estuviera jugando un juego cuyas reglas ella no conocía. Alzó el vaso, brindando por ella como si fuera un reto que le entusiasmaba aceptar, o tal vez solo algo nuevo con lo que divertirse.
—Pero apuesto a que tú no te asustas con facilidad —dijo, y su nombre le rodó por la lengua como una prueba, suave pero desafiante—. ¿O me equivoco?
Millie sintió esa chispa en el pecho. La mirada de Aidan tenía una forma de atravesarla, de ver demasiado, y lo peor era que parecía gustarle. Aunque la descolocaba, la hacía sentirse inestable de una manera a la que no estaba acostumbrada.
—Te sorprenderías —dijo; la voz le tembló lo justo para delatarla. No estaba segura de si mentía o no.
Aidan se puso de pie.
—¿Otra cerveza? —preguntó, pero en realidad no era una pregunta—. Y luego, quizá más tarde, ¿vemos qué clase de problemas podemos armar?
Ese era el momento de Millie para salir corriendo. Agarrar su bolsa, murmurar alguna excusa y largarse de ahí. Pero no se movió. Solo se quedó sentada. Y la voz de su mamá le taladraba la cabeza: no seas estúpida, no puedes permitirte arruinar esto; y la amenaza de dormir en el auto se sentía demasiado real. Quinientos dólares ya eran suyos. Dos cervezas más la llevarían a setecientos. Eso era gasolina, comida, tal vez una semana sin estresarse por las cuentas.
Sé práctica, Millie. Puedes hacerlo, se dijo.
Pero en el fondo sabía que no era solo eso. ¿Cuándo fue la última vez que alguien le pagó por simplemente estar ahí, por sentarse y hablar como si importara? El mundo de Aidan, con su penthouse elegante y su billetera sin fondo, estaba a años luz de su realidad, y por un segundo quiso quedarse en él.
Asintió, y su buen juicio se le escurrió entre los dedos. Él lo vio, por supuesto: sus ojos lo captaban todo.
—Buena chica —dijo Aidan, con un paso fácil, seguro, como un hombre que nunca tenía que perseguir nada… porque todo iba hacia él.
Tomó una lata, la abrió y luego miró por encima del hombro, con los labios curvándose en una sonrisa lenta y ladeada.
—Ahora —dijo, con voz baja y suave—, ¿por qué no nos conocemos un poco más a fondo esta vez, Amelia?
