Corona Devastada - Un Romance de la Mafia

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Capítulo 2 2

—Está dirigiendo el departamento en Chicago. Solo va a estar aquí unas semanas más.

Me fijo en lo hábilmente que evita responder la pregunta. Lo cual, por supuesto, es toda la respuesta que necesito.

—¿Desde cuándo está pasando esto?

—Nena —dice, y un filo de acero se cuela en su tono.

Normalmente, eso haría sonar una alarma: alerta roja, no sigas, ¡explosión de Casey inminente!

Pero no me importa. Me estoy hartando de esa maldita palabra.

—Me voy.

Arquea una ceja.

—¿Y adónde piensas ir? —se burla—. No tienes a nadie más, Willow. Solo me tienes a mí.

—Encontraré un motel o algo.

—¿Y cómo vas a pagarlo? —pregunta con diversión sádica—. No tienes trabajo. No has trabajado ni un solo día en tu vida.

Todo lo que dice es cierto, pero le falta matiz. Le falta contexto. Como el hecho de que la única razón por la que no tengo trabajo es porque él insistió en que no quería que trabajara. En realidad, lo exigió.

—Eres mi reina —siempre me decía—. Y yo voy a cuidar de ti.

Ahora entiendo lo que en verdad quería decir: eres mi propiedad y quiero controlarte.

—Yo… yo conseguiré trabajo —balbuceo, conteniendo lágrimas de rabia—. No te necesito.

Se ríe, y me dan ganas de vomitar sobre la alfombra blanca y esponjosa que me compró en nuestro primer aniversario de boda, hace seis años.

—Adelante, nena —me dice—. Va a ser divertido verte intentarlo.

Todavía riéndose, sale de la habitación.

Y yo me quedo para hacer la cama en la que acaba de cogerse a otra mujer.

Un mes después

—¿Tú eres la temporal?

El maître es un hombre de nariz ganchuda, con una expresión de fastidio permanente. Pasé junto a él antes, al entrar al restaurante, y lo vi gritándole a otra mesera como si fuera un perro callejero.

—Sí, señor —asiento, intentando acomodarme el pequeño delantal blanco sobre el uniforme negro ceñido—. El señor Connelly me registró la entrada.

Me recorre con una mirada crítica.

—No traes los zapatos adecuados —dice, bajando la vista a mis flats negros.

—Lo sé; lo siento. Pero me llamaron a última hora y la agencia me avisó de este turno literalmente media hora antes de que llegara. Tenía que…

Levanta la mano para hacerme callar.

—No me interesa tu historia. Hay un grupo de VIP en uno de nuestros salones privados. ¿Puedes encargarte de servir bebidas?

Trago, apartando el nudo que tengo en la garganta.

—Ah… sí. Claro. Por supuesto.

Asiente, tieso.

—Suéltate el pelo y desabrocha un botón de tu blusa —me indica, con la cara seria y sombría—. Esos hombres esperan cierto estándar.

No tengo idea de qué significa eso, pero hago lo que dice.

Cada vez que me asaltan dudas sobre mi cruzada por encontrar un trabajo de verdad, escucho la risa de Casey al fondo de mi cabeza, y eso me hace todavía más decidida a seguir.

Hablando del diablo en persona, el teléfono empieza a vibrarme en el bolsillo.

Sé que es él. Nadie más me llama.

—Ah, ¿y niña?

Miro al maître.

—¿Sí, señor?

—Esta noche vas a atender a unos putos hombres importantes. Solo estás aquí porque una de mis meseras decidió romper unos platos y se cortó la mano en el proceso. No la cagues.

El nudo en mi garganta se duplica. Hago lo posible por mantener la voz firme cuando digo:

—No lo haré.

Asiente una vez más, engreído como siempre, y se va.

Entonces, a lo que venimos. Me doy la vuelta y entro al salón privado con el corazón golpeándome con fuerza el pecho.

Noto tres cosas de inmediato, dos de las cuales son completamente intrascendentes.

Uno: la estatua desnuda de una mujer, con unos pechos absurdamente enormes, erguida con aire majestuoso en una esquina.

Dos: la alfombra a cuadros blancos y negros bajo mis pies, que cubre todo el espacio.

Y tres —lo único que importa, lo único que importará de ahora en adelante—: el hombre sentado en medio del sofá blanco y mullido, con las manos extendidas sobre el respaldo del mueble, como si fuera suyo.

No, como si fuera dueño de todo el salón.

No, como si fuera dueño de todo el restaurante. De toda la ciudad. Del mundo entero.

Sus ojos se posan en mí. Una sensación extraña, ajena, me recorre la columna hasta el pecho.

En la superficie, la razón de mi reacción es obvia: es el hombre más guapo que he visto en toda mi vida, y no es una exageración.

Pero hay algo más. Algo más profundo. Más extraño.

Porque nunca he visto a este hombre.

Y, sin embargo, me está mirando como si supiera exactamente quién soy.

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