Cásate con mi esposo

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Capítulo 4 Quitate el vestido

La suite presidencial es demasiado grande, casi intimidante.

Esto definitivamente no es una simple habitación de hotel; es un mundo de lujo que me hace sentir pequeña y fuera de lugar. Techos altos, muebles elegantes en tonos oscuros y dorados, y una vista que roba el aliento.

Mientras camino directo hacia el gran ventanal, siento la mirada de Sebastián quemándome la espalda. Es pesada, constante, como si pudiera atravesar el encaje del vestido y ver directamente mi alma. El miedo me recorre la columna. En cualquier momento podría darse cuenta. En cualquier momento podría descubrir que no soy Amanda y arruinar el trato que podría salvar a mamá. El simple pensamiento me hace sentir náuseas.

Desde que salimos de la notaría no ha dicho ni una sola palabra. Me ha ignorado con la misma intensidad con la que mi cuerpo no ha dejado de erizarse cada vez que su brazo roza el mío por accidente o cuando su presencia llena el espacio a mi lado.

Afuera, la ciudad comienza a encender sus luces una por una, como pequeñas estrellas artificiales que parpadean contra el cielo que se oscurece.

Después de la ceremonia se celebró una recepción íntima, casi fría. No reconocí a casi ninguno de los invitados, salvo a mi padre. Amanda, mi hermana, ni siquiera se presentó. Es como si todo este teatro no le importara en lo más mínimo, como si ya hubiera cobrado su boleto de salida y me hubiera dejado sola en el escenario.

Durante veinticinco años nunca imaginé que mi hermana pudiera ser tan egoísta. He visto sus decisiones cuestionables, sus pequeñas mentiras, pero nunca algo tan cruel y calculado como esto. El nudo en mi estómago se aprieta con más fuerza con cada minuto que pasa. Tengo miedo. Estoy asustada. Pero Amanda no es de las que demuestran miedo. Amanda nunca tiembla. Así que aprieto los puños intentando ocultar cómo mis manos no dejan de temblar.

El cielo, antes teñido de violeta, rojo intenso y naranja ardiente, ahora se rinde ante un profundo azul oscuro. En el reflejo del ventanal veo a Sebastián Beaumont, el esposo de mi hermana, mi esposo, caminar sin prisa hacia el bar integrado en la suite. Ahora entiendo por qué los Hoteles Beaumont son considerados de los mejores del mundo. Esta habitación no tiene nada que envidiarle a cualquier ático de lujo de la ciudad: mármol, cristal, detalles que gritan poder y dinero. Si no fuese porque estoy aquí con él, estoy segura de que jamás me habría podido costear una estadía en una habitación así.

Los minutos se estiran en un silencio cada vez más tenso, casi insoportable.

Mi corazón late tan fuerte que estoy segura de que él puede oírlo. Cada segundo que pasa es un segundo en el que podría descubrirme. Un segundo en el que todo el dinero del tratamiento de mamá podría evaporarse.

Finalmente, él se inclina sobre la barra, con un vaso de líquido ámbar en la mano, y su mirada se fija en mí.

—Gírate.

Su voz grave y serena resuena en toda la estancia, profunda y autoritaria. Mi cuerpo se estremece de inmediato. Las manos me tiemblan con más fuerza. Intento disimularlo, escondiéndolas a los costados, porque Amanda no temblaría. Amanda levantaría la barbilla y lo miraría con desafío.

Temblando ligeramente, hago lo que me ordena. El miedo y la vergüenza me queman las mejillas.

—Quítate el vestido.

—¿Qué? —pregunto, frunciendo el ceño, con la voz más aguda de lo que pretendía.

Él está a unos siete metros de distancia y me observa con total indiferencia, como si pedirme que me desnude fuera lo más normal del mundo.

—¿Acaso no me escuchaste, esposa? —dice está última palabra con una nota de burla —te dije que te quitaras el vestido —repite con un tono despectivo que hace que mis mejillas ardan y un cosquilleo incómodo me recorra el cuello.

Este hombre no está nada feliz con esta unión.

Llena de vergüenza e indignación, me obligo a recordar que ahora soy Amanda. Por tres meses no soy Alana Blanch. Ya no. Ahora soy Amanda Blanch, la hermana mayor de las gemelas ricas más pobres de la ciudad. Trago saliva con dificultad y, con las piernas temblando, camino hacia él. Cada paso es un recordatorio de lo cerca que estoy del abismo. Si se da cuenta… si descubre la verdad… mamá no tendrá oportunidad.

No sé si mi gesto lo sorprende, porque su rostro permanece completamente inexpresivo, como una máscara de piedra, pero no me detengo.

Una vez frente a él, lo suficientemente cerca como para que la falda de mi vestido roce las puntas de sus zapatos caros, me giro y le doy la espalda. El corazón me martillea en el pecho con tanta fuerza que siento náuseas. Las manos me tiemblan tanto que tengo que apretarlas contra mi propio cuerpo para que no se note.

Espero varios segundos que se sienten como toda una eternidad hasta que siento sus manos posarse sobre mi espalda. El contacto es eléctrico, firme.

—Regla número uno… —dice mientras, con una precisión impresionante, suelta uno a uno los delicados botones del vestido. Su voz es firme, sin emoción, como si estuviera dictando un contrato comercial—: Habitaciones separadas. Apariciones públicas solo cuando sea estrictamente necesario. Nada de preguntas sobre el trabajo. Nada de interferir en la vida privada del otro. Adaptación absoluta al contrato. Dos años. Para ambos. Renovación de ser necesaria.

Mientras lo escucho en silencio, no puedo evitar pensar que es excesivo, casi absurdo… pero no imposible de cumplir. No me sorprendería que Amanda ya lo supiera y por eso me haya empujado a ocupar su lugar. Ella siempre fue la más inteligente, la que anticipa las jugadas.

Algunas exigencias son comprensibles. Otras simplemente frías y crueles. Mi corazón se encoge con cada palabra. Mis manos siguen temblando a los costados. Cuando termina de hablar, como si estuviese sincronizado, siento cómo el pesado vestido cae a mis pies, dejándome solo con el fino camisón blanco y las bragas de encaje que Amanda insistió en que usara. Según ella, era lo que combinaba con el vestido.

Sus manos abandonan el vestido y suben hasta mi cabello. Con movimientos diligentes y sorprendentemente suaves, suelta cada broche que sujetaba el elaborado moño que mi hermana me hizo. Mi cabello castaño cae en cascada sobre mi espalda.

El roce de sus dedos en mi nuca me provoca un escalofrío que recorre toda mi columna. El miedo sigue ahí, latente, recordándome que en cualquier segundo podría descubrir que no soy quien dice ser.

—Bien —dice detrás de mí, con esa voz baja que parece vibrar en el aire.

Confundida, con las manos todavía temblando y la mente en blanco, giro lentamente hacia él.

—¿Bien? —cuestiono, obligándome a decir algo. Amanda no se quedaría callada. Amanda no temblaría.

Sebastián baja la mirada con lentitud, fría y serena, recorriendo desde mi rostro hasta las puntas de mis pies aún cubiertos por los delicados e incómodos zapatos de tacón. Siento cómo evalúa cada detalle: mi cuerpo delgado pero con curvas generosas, mi piel blanca, mi cabello ahora suelto. Mis rasgos, idénticos a los de mi hermana, se ven más suaves por el poco maquillaje que uso.

El silencio se vuelve denso, cargado de algo que no logro identificar. Cuando su mirada regresa a mis ojos, no hace ningún esfuerzo por disimular que me ha estado observando con detenimiento. De pronto, una de las comisuras de sus labios se levanta en una media sonrisa arrogante que me acelera aún más el pulso.

Estoy a punto de decir algo cuando él da un paso hacia adelante. Su mano se alza y, con un solo movimiento desliza las tiras delgadas del camisón por mis hombros, haciendo que la fina tela caiga hasta mi cintura, dejando mi pecho completamente desnudo ante él.

El aire frío de la suite me golpea la piel expuesta. Un gemido ahogado se me escapa de la garganta. Intento cruzar los brazos sobre mi pecho, pero él es más rápido. Me gira de nuevo hasta quedar de espaldas a él y, antes de que pueda reaccionar, sus brazos fuertes me envuelven desde atrás.

Una de sus manos grandes y calientes se cierra alrededor de mi pecho desnudo, aprisionándolo con firmeza, mientras el otro brazo me rodea la cintura, sujetándome contra su duro cuerpo.

Siento el calor de su pecho a través de la camisa, el olor a whisky y colonia masculina que me marea, y la evidencia inconfundible de su deseo presionando contra mi espalda baja.

Este sujeto definitivamente está loco.

¿Cómo carajos puede tener una erección en un momento así?

Es absurdo.

Él no me conoce.

Yo no lo conozco.

Y ambos hemos sido obligados a casarnos.

—Es hora de que consumemos este matrimonio, esposa —susurra contra mi oído.

El pánico y algo mucho más peligroso se mezclan dentro de mí. El miedo me cierra la garganta. El corazón me golpea tan fuerte que estoy segura de que él puede sentirlo bajo su palma. Trato de apartarme, pero su agarre es demasiado fuerte. Sus dedos se cierran un poco más sobre mi pecho, mientras pellizca ligeramente mi pezón desnudo, provocando una descarga eléctrica que me hace temblar de pies a cabeza.

Mierda.

Esto no debería de estar pasando.

Amanda no dijo nada sobre qué tenía que acostarme con su esposo.

—Sebastián… —susurro, con mi voz temblando entre el terror y una atracción que me aterra aún más—. No… no podemos…

Pero él no responde con palabras. Solo aprieta un poco más el abrazo, su aliento caliente rozando mi cuello mientras empieza a mordisquear la piel expuesta.

A mi alrededor, el silencio de la suite se llena solo con el sonido de mi respiración agitada y el latido desbocado de mi corazón.

Tres meses.

Solo tres meses casada con Sebastián Beaumont y siento que ya estoy perdiendo el control.

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