Cásate con mi esposo

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Capítulo 3 Soy Amanda

La notaría es un espacio pequeño, demasiado formal y frío. El aire acondicionado zumba suavemente mientras el notario lee en voz monótona las cláusulas del contrato matrimonial. Apenas llegamos a tiempo. Perdimos demasiado tiempo en el apartamento. Amanda insistiendo en cada detalle del maquillaje, del peinado, de cómo debía caer el vestido. Ella misma me ayudó a vestirme, a cubrirme el rostro con su maquillaje, a recogerme el cabello en un moño perfecto que nunca habría logrado sola.

—Si vas a fingir ser yo, al menos debes de hacerlo bien— dijo mientras me clavaba los alfileres en la cabeza.

Ahora estoy aquí, de pie frente al notario, con el corazón latiéndome en la garganta y un vestido que ni siquiera es mío.

El parecido físico entre nosotras es tan exacto que ni siquiera mi padre, que me ha entregado con esa sonrisa llena de indiferencia que siempre suele usar, se ha dado cuenta del cambio. Me mira como si yo fuera Amanda. Como si yo fuese la hija que se supone debe de estarse casando hoy.

Y frente a mí está él.

Sebastián Beaumont.

El que será mi esposo... el esposo de mi hermana.

Es alto, al menos una cabeza más alto que yo, con hombros anchos y una complexión atlética que el traje negro no logra disimular. El cabello oscuro peinado hacia atrás deja ver una mandíbula marcada y una frente alta. Sus ojos son de un azul profundo, casi frío bajo la luz fluorescente de la notaría. Es bastante guapo, de esa forma peligrosa y distante que hace que cualquiera se detenga a mirarlo. Pero nada de eso importa. No lo conozco. No sé nada de él más allá del apellido y del contrato que estamos a punto de firmar.

Este no es un matrimonio por amor. Es un acuerdo.

Mi padre lo consiguió hace apenas un par de meses. Un matrimonio arreglado entre Amanda y el nieto de Julián Beaumont, dueño de una de las cadenas hoteleras más importantes del país. A cambio, él recibirá dinero. Dinero suficiente como para cubrir el tratamiento experimental de mamá, ese que los médicos dicen que es su única posibilidad.

Aunque nosotros llevamos el apellido Blanch, un nombre que alguna vez significó poder y fortuna, en la actualidad no significa nada. Mucho antes de que yo tuviera uso de razón, papá lo perdió todo. Una empresa valorada en millones de dolares. Decenas de propiedades. Años de invertir mal, gastar de más, confiar en las personas equivocadas… el resultado es el mismo: somos ricos solo de nombre. Pero pobres con un apellido elegante.

Mi trabajo como editora freelance no alcanza. Amanda no trabaja; nunca lo ha hecho. Vive de lo poco que queda y de lo que papá consigue prestado. Y mamá… mamá se está consumiendo en esa cama de hospital mientras nosotros firmamos papeles.

Cuando el notario lee los nombres en voz alta, mi respiración se detiene.

—Amanda Marie Blanch…

Dudo. El bolígrafo tiembla entre mis dedos. Por un segundo eterno no puedo moverme. De reojo veo a mi hermana apoyada contra la pared del fondo, con ese vestido rojo intenso que destaca como una herida abierta. Su expresión es serena, casi aburrida, como si nada de esto le importara. Ella me sostiene la mirada un instante y asiente de forma imperceptible para cualquiera que no seamos nosotras.

Trago saliva.

La mano me tiembla con más fuerza mientras firmo un nombre que no es mío, pero que por los próximos tres días adoptare.

Sebastián no parece más contento que yo. Su expresión es cerrada, molesta. Como si también hubiera sido obligado a esto y dado la naturaleza de este matrimonio podría ser así. No sé qué ganará él con este matrimonio pero supongo que papá ha debido de ofrecerle algo que no pudieron rechazar.

Para cuando el notario nos indica que es el momento, él se inclina hacia adelante sin suavidad alguna. Sus labios capturan los míos en un beso duro, firme, casi enfadado. No hay ternura. Solo la obligación de sellar el contrato frente a los testigos.

El sabor de su boca es breve y frío. Cuando se aparta, sus ojos azul oscuro me miran un segundo más de lo necesario, como si intentara memorizar el rostro de la mujer con la que acaba de casarse.

Yo bajo la mirada. El anillo de compromiso me pesa en el dedo.

Tres meses.

Tres meses fingiendo ser Amanda.

Tres meses al lado de este hombre que ni siquiera quiere estar aquí.

Y mientras el notario termina de leer las últimas cláusulas y mi padre suelta un suspiro de alivio detrás de mí, solo puedo pensar en mamá… y en el precio exacto que estoy pagando por intentar salvarla.

Ya no hay vuelta atrás.

Soy, a partir de este momento, la esposa por contrato equivocada de Sebastián Beaumont.

Y por el bien de todos, fingiré ser mi hermana. Mi hermana gemela.

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