Capítulo 3 Acepto...
—Somos testigos de este matrimonio y su aceptación por parte de ambos. —Alza las manos y cierra los ojos—. Bendigo este matrimonio en nombre de Alá. Que les conceda paz. Que les conceda hijos sanos y fuertes que lleven sus apellidos y su sangre.
Hijos sanos y fuertes…
Por un momento, el suelo parece moverse debajo de mis tacones. Ahora soy yo quien aprieta la mano de Serhan. Por supuesto, solo estoy aquí para eso. Para esto sirvo y serviré yo. Él me rodea la espalda con una mano y me mantiene en pie. Apenas me echa un vistazo y me susurra un «¿estás bien?».
Apenas tengo la fuerza para asentir con la cabeza.
Que lleve sus apellidos y su sangre.
Su cercanía no se siente tosca, más bien cálida. Y su perfume, gracias al Todopoderoso, es dulce y no echado en exceso.
La abuela solía decir que se sabe mucho de un hombre por como huele. El abuelo, en cambio, decía que se sabe quién es un hombre por la forma de dar un apretón.
—Que su hogar esté protegido de día y de noche. Que estén rodeados de prosperidad. Y, ante todo, tengan un matrimonio unido.
—Amín —respondemos todos, incluso yo, en voz queda.
No hay aplausos. El gran Ferit Karahan es el primero en acercarse a nosotros. Es un hombre de unos sesenta años, alto y con unas cuantas canas cubriendo su cabello negro. Todos esperamos a lo que vaya a decir a continuación. Me mira de arriba abajo.
—Con esta boda finalizada, muchacha —me dice, y, aunque no hay maldad en su tono de voz, sí hay una severidad que me estremece—, espero que tú nos puedas dar lo que necesitamos.
El silencio nos envuelve. Más bien, a mí. Es frío y cortante.
Ladeo un poco la cabeza hacia mi padre. El velo rojo se desliza y parece lo más vivo aquí. Mi familia no dirá nada hasta que yo prometa dar lo que mi hermana no puede.
Cuando me vuelvo hacia el frente, Serhan entrelaza nuestros brazos. Lo observo. Tan alto, tan apuesto y fornido. No dice nada. Es como un muñeco de pastel. Como si esta no fuera una boda y después no fuéramos a… Tragó saliva.
—Espero darles lo que necesita esta familia —tartamudeo.
El gran Ferit hace una mueca.
—¿Esperas? —El hombre pone unos dedos debajo de mi barbilla y alza mi rostro hacia él—. No, mujer. Tú debes hacerlo. No esperar. Lo único que debes esperar es a un bebé que continúe con mi apellido.
—¡Lo hará! —interrumpe mi padre, apareciendo entre nosotros—. ¡Por supuesto que lo hará! ¿Verdad, Elif? —Sus ojos casi saltan de sus cuencas—. ¿Verdad?
Asiento de inmediato.
—Claro que sí, padre. —Miro al gran Ferit y a Serhan. Este último enarca una ceja que me deja desconcertada. ¿Se está burlando de mí este idiota?
—Que así sea pues. —El padre de Serhan Karahan da un aplauso y es entonces que las familias pasan a felicitarnos.
Serhan y yo estamos sentados delante en una mesa, donde hay unos cuantos regalos bastante modestos, y la gente nos felicita uno a uno. Una de los Karahan, rubia y de ojos azules, me entrega una pequeña caja.
—Un detalle para una novia. —Me lanza una sonrisa y pasa a felicitar a quien, ahora sé, es su primo.
Mientras Serhan y mi padre entretienen a los invitados, hablando sobre los planes a futuro de ambas familias, me atrevo a abrir el regalo. Es una cajita forrada de terciopelo negro, dentro hay una joya preciosa de oro. Un cadena con un relicario.
—Es bello. —Aslı lo mira como si fuera de papel—. Felicidades, hermana.
—Lo hago por ti —murmuro, cerrando la cajita. De pronto, la realidad me golpe de lleno.
Su rostro no muestra nada. Tal vez ella es el papel. Un papel en blanco. Y entiendo la razón. Desde que supe que sería una kuma, sin remedio ya, algo me ha estado dando vueltas en la cabeza. La noche de… ¿bodas? ¿Habrá algo parecido a una luna de miel?
Hasta ahora, nadie me ha dicho si me piensan llevar a otro lugar que no sea la mansión de los Serhan, donde vive casi toda familia, incluyendo a Aslı, quien después se convertirá en la señora de la casa. Yo, en cambio, jamás tendré ese derecho.
Pero no. No me preocupa eso ya. Me preocupa cuando tengamos que empezar a crear un bebé. A tener sexo.
—¿Aslı? —La llamo y ella apenas me dirige un poco de su atención—. Aslı, ¿qué pasará después de esto?
Ella se encoge de hombros, visiblemente molesta.
—Sabes lo que pasará, Elif. ¿Me quieres hacer enojar?
—¿Enojar? Un rostro tan hermoso no debería estar enojado. —Un hombre alto, parecido a Serhan, pero con el cabello castaño y el semblante más risueño, se acerca con una gran sonrisa—. Y tú —me señala— también tienes un rostro muy hermoso como para estar tan triste en tu boda. Vamos, alégrense.
—¿Alegrarse? —pregunta otra mujer. Tiene una similitud inquietante con el hombre. Una cabellera larga, ondulada y castaña. Ojos verdes y piel bronceada, como si hubieran ido a la playa—. Nadie celebra ser una kuma. —Me recorre de arriba abajo mientras le da un trago a su vino.
El hombre pone los ojos en blanco.
—Leyla, eres una amargada.
—Kaan, eres un idiota.
—Mellizos —me dice una mujer en cuanto Aslı se aleja de aquella discusión—. Felicidades por este compromiso. —Me da un fuerte abrazo y coloca un presente entre mis manos cuando se separa—. Yo soy Defne, madre de estos dos. Si no se comportan, me avisas.
Tras darle un asentimiento, se marcha. Sus hijos, no.
Leyla deja en la mesa lo que parece un vestido, pero lleva una protección.
—No lo veas ahora. Será para después.
Con las puntas de los dedos recorro la silueta, No puedo ver ni el color. Le agradezco mientras espero que le cedan el lugar a alguien más. No lo hacen. Kaan es el siguiente en colocar un regalo sobre la mesa. Está mal envuelto.
—Kaan. —Serhan, a cuatro metros de distancia, le lanza una mirada iracunda a su primo y a su regalo. Una cerveza extranjera. Mezcal. Apenas pude leer que estaba hecho en México.
—Tranquilo. —Kaan toma de nuevo la botella—. No pensaba que tu linda segunda esposa se tomara todo esto ella sola. —Me guiña un ojo verde. No sé si es porque ya se acerca la noche o por el regalo tan atrevido, pero siento las mejillas ardientes—. No te preocupes, Elif. Aquí todos compartimos.
—Algunos más que otros —agrega Leyla y le da otro sorbo a su trago.
Ambos ríen. Algo en mí quiere disfrutar de esa alegría, así que también sonrío. Hasta que comprendo. Mi gesto se borra tan rápido como vino.
—No te lo tomes tan a pecho, Elif. —Kaan me lanza otro guiño y, finalmente, los mellizos pasan a felicitar a Serhan.
La inagotable tarea de pasar penas no termina con Leyla y Kaan, porque ahora estoy cara a cara con la cuarta esposa de Ferit Karahan. El estómago se me contrae junto a su análisis hacia mi persona. Cuando entrecierra los ojos, el pánico me invade.
