Casada con el Esposo de mi Hermana

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Capítulo 2 ¿Aceptas?

Debería llevar un velo blanco, pero me decanté por uno rojo. No tuve la ceremonia del café cargado de sal para el novio, ni la alianza de compromiso y mucho menos la Noche de Henna, pero no me faltará este listón y este color.

Rezo a Alá mientras me acerco al salón donde están todos reunidos. Dos hombres cuidan la entrada.

—Está muy hermosa, Elif —dice uno de ellos. Es Mustafa, el mejor amigo del esposo de Aslı—. Qué Alá bendiga esta unión.

El otro hombre asiente.

Se me revuelve el estómago de pensarlo. Esta unión. No es una unión, es una ruptura total. Una ruptura en mi futuro. Una ruptura en la confianza de mi hermana y yo. Una ruptura en el matrimonio entre Aslı y su esposo.

Ambos hombres abren las puertas y esperan a que entre para seguirme dentro. Como si cuidaran que no me escape. ¿Adónde iría de hacerlo? Igual me encontrarían. No tengo a donde ir, más que al pueblo donde crecimos. Y allá, ya no nos quieren.

Antes de avanzar, escucho que el otro hombre le susurra a Mustafa algo.

—Es muy joven.

—Dará muchos hijos —replica él.

—¿Cuántos años tiene?

Antes de que Mustafa responda, lo hago yo por él.

—Diecinueve.

Ellos guardan silencio. Yo vuelvo a apretar los dientes, pero me repito que debo tranquilizarme.

Doy un paso hacia adelante. Respiro por la boca.

Doy otro paso. La vista se me empaña.

Otro paso. El rojo del velo es como ver a través de una herida abierta. Una que no cicatrizará.

Un paso más. Ahí está. Va vestido impecablemente. Tiene la espalda recta y las manos entrelazadas detrás del cuerpo. Solo cuando me acerco noto cómo aprieta la mandíbula.

No sonríe. No hasta que estoy cerca, hace el esfuerzo de hacerlo.

Un último paso. Estoy aquí, frente a él.

Serhan Karahan me quita el velo del rostro. Como una cascada de sangre, la tela cae sobre mi espalda. Cara contra cara. Veo el brillo en sus ojos del color de la miel. No intento descifrar si es de emoción, de odio o…

Ambos nos giramos hacia el padre, quien hace una seña. Antes de poder decir nada, unas manos rodean mi cintura. La reconozco antes de incluso verla. Había pasado media vida sintiendo esas manos acomodándome el uniforme, abrochándome el abrigo, trenzándome el cabello.

Ahora, esas mismas manos me preparaban para compartir a su marido.

Cuando Aslı termina el nudo, lo aprieta un poco, pero lo suficiente para arrebatarme una pequeña mueca de molestia. Mi hermana se da cuenta y lo afloja enseguida. Cuando se endereza, me susurra al oído:

—Perdón.

Y se aleja.

Perdón. ¿Por el apretón? ¿Por qué?, quisiera preguntarle. No creo que pueda hacerlo jamás. ¿Seré yo quien pida perdón después?

El imán comienza la ceremonia.

Hacemos una pequeña oración, nos brinda versículos del Corán y nos da un sermón sobre la importancia de la familia, de la confianza entre marido y mujer, sobre el respeto mutuo y hablar sobre las discrepancias que puedan surgir.

El imán nos hace levantar la mirada y la pregunta llega:

—Serhan Karahan, ¿acepta usted a Elif Kaya como esposa, conforme al mandato de Alá y la tradición de nuestro Profeta?

Apenas titubea. Ladea la cabeza hacía su familia. El gran Ferit le regresa la mirada y da un asentimiento con la cabeza. No hay oportunidad de negarse.

—Sí, acepto —dice Serhan, firme. Su mano aprieta la mía, lo que provoca que lo observe de reojo.

La barba bien recortada lo hace lucir mayor, pero es apenas unos cuantos años más grande que yo. Su postura es impoluta, aunque noto cierta rigidez. El apretón no ha sido apropósito, fue un alto reflejo.

Este apuesto hombre, de aspecto duro, se está meando en los pantalones, igual que yo, pero en el vestido. No quiere estar aquí, lo que hace esto peor. Pues si ama a Aslı, ¿cómo haremos que esto funcione?

El imán se gira hacia mí.

—Elif Kaya —recita y yo me tenso al escuchar mi nombre siendo pronunciado en aquella oración—, ¿acepta usted a Serhan Karahan como esposo…?

¿Esposo?, pienso con cierta burla. Mi esposo y el de mi hermana.

—… ¿Conforme al mandato de Alá —continúa el imán— y la tradición de nuestro Profeta?

Un silencio nos consume por completo. Me quedo inmóvil, sin saber muy bien qué responder. La imagen de estar con el mismo hombre que mi hermana, me invade. No quiero esto.  

Ignoro todos los ojos posados sobre mí; me centro en una sola. Aslı me sostiene la mirada sin una sola emoción. No mueve la cabeza. No sonríe. No me maldice en voz baja. Solo me mira.

¿Qué quiere que haga? ¿Qué debería hacer?

Al lado de Aslı, nuestro padre hace un ademán para indicarme que la respuesta es clara y corta. Muy corta.

Me vuelvo al iman.

—Sí, acepto.

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