Capítulo 6 Capítulo 6: La Trampa de la Sangre Azul
Las sirenas no cesaban. Étienne caminó hacia el monitor de seguridad del despacho. Había tres patrullas de la policía francesa y dos vehículos negros con el logo de la prensa. Isabelle de la Roche no solo había llamado a las autoridades; había convocado a un pelotón de fusilamiento mediático, y el ruido del celular de Étienne, habla por teléfono.
—Se acabó el tiempo —dijo Étienne, volviéndose hacia Mariana—. Isabelle ha filtrado que tienes una situación irregular y que estás manipulando a un anciano con demencia para robarle su herencia. Si la policía entra ahora y te encuentra con esa urna y los documentos de tu madre, te llevarán a un centro de detención. Y desde allí, no hay retorno. Te pondrán en un avión antes de que yo pueda mover un solo dedo legal.
Mariana corrió hacia la ventana. La lluvia de París caía ahora con furia, como si la ciudad misma quisiera borrarla.
—Tengo que irme por atrás —dijo ella, buscando desesperadamente su abrigo—. No puedo dejar que te hundas conmigo. Si te asocian con una ilegal, tu carrera está terminada.
—¡No vas a ir a ninguna parte! —Étienne la interceptó, cerrando la puerta con llave—. ¿Crees que en París puedes esconderte? Te atraparán en la estación del metro. Isabelle conoce cada contacto en la Prefectura.
—¡Entonces entrégame! —gritó Mariana, golpeando el pecho de Étienne con sus puños—. Es lo que siempre has querido, ¿no? Líbrate de la venezolana que vino a arruinar tu paz.
Étienne la sujetó por las muñecas, inmovilizándola contra la puerta. Sus rostros estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban. La rabia en los ojos de Étienne se transformó en algo mucho más oscuro y profundo.
—No voy a entregarte porque no puedo —confesó él, su voz rompiéndose por primera vez—. Porque a pesar de lo que mi padre acaba de decir, a pesar del riesgo y de la lógica... no soporto la idea de que te saquen de esta casa.
El timbre de la mansión resonó, un sonido largo y exigente. Étienne soltó a Mariana y se ajustó el saco del traje, recuperando instantáneamente su máscara de millonario implacable.
—Escúchame bien, Mariana. No tenemos tiempo para pruebas de ADN ni para dramas familiares ahora. Si quieres sobrevivir a esta noche, tienes que confiar en mí. Vamos a bajar ahí y vamos a decirles que eres mi prometida.
—¿Estás loco? —Mariana lo miró como si hubiera perdido el juicio—. Acabamos de escuchar que podríamos ser hermanos. ¿Quieres anunciar un compromiso ante toda Francia? ¡Eso es un pecado, Étienne!
—Es una estrategia —corrigió él, con frialdad—. En Francia, una "prometida" de un ciudadano de alto nivel tiene protecciones automáticas mientras se tramita el matrimonio. Detiene cualquier proceso de deportación inmediato. Nos dará tiempo. Tiempo para investigar lo que pasó en Venezuela, tiempo para callar a Isabelle y tiempo para saber quiénes somos realmente.
—No puedo mentir así —Mariana negó con la cabeza, pensando en la cara de su madre—. Mi madre era una mujer honesta.
—Tu madre fue una mujer que sobrevivió. Haz lo mismo —sentenció Étienne.
Abrió la puerta y la guio hacia la gran escalera de mármol. Al final de los escalones, el mayordomo ya había abierto la puerta principal. Un inspector de policía con cara de pocos amigos y un abrigo empapado entró, seguido de cerca por el destello de los flashes de los fotógrafos que intentaban captar una imagen desde el sendero.
—Monsieur De Beaumont —dijo el inspector, mostrando su placa—. Tenemos una denuncia ciudadana sobre una persona residiendo ilegalmente en esta propiedad y posibles cargos de abuso de confianza contra un adulto mayor.
Isabelle apareció detrás del inspector, con una sonrisa triunfal que no lograba ocultar el odio en sus ojos.
—Aquí está, oficial —dijo Isabelle, señalando a Mariana—. La "enfermera" que no tiene ni un solo papel legal en este país. Étienne, deja de proteger a esta delincuente antes de que destruyas tu nombre.
Étienne bajó el último escalón, manteniendo su mano firmemente apoyada en la cintura de Mariana. Ella sentía el calor de su palma a través de su ropa, una sensación que la hacía sentir protegida y pecadora al mismo tiempo.
—Se equivoca, inspector —dijo Étienne, su voz proyectándose con una autoridad que hizo que los periodistas se quedaran quietos—. Mariana no es una empleada. Es mi prometida. Estábamos esperando al aniversario de la firma para anunciarlo, pero veo que la curiosidad de algunos —miró a Isabelle con un desprecio absoluto— ha forzado nuestra mano.
El inspector frunció el ceño, mirando a la chica venezolana que parecía a punto de desmayarse.
—¿Es eso cierto, mademoiselle? —preguntó el oficial.
Mariana sintió la mirada de Isabelle quemándole la piel. Vio a Étienne, que la observaba con una súplica oculta tras sus ojos de hielo. Si decía la verdad, volvía a la miseria y al olvido. Si mentía, se hundía en un mundo de sombras con el hombre que podría ser su hermano.
Recordó la urna de su madre en la habitación de arriba. Recordó el hambre, el frío y el amor que le habían robado a Elena.
—Es cierto —dijo Mariana, irguiendo la espalda y mirando directamente a las cámaras—. Étienne y yo nos vamos a casar. Siento decepcionarla, mademoiselle De la Roche, pero esta "ilegal" ha venido para quedarse.
Isabelle soltó un grito de rabia contenida, pero fue ahogada por las preguntas de los reporteros que irrumpieron en el vestíbulo. Étienne no perdió el tiempo; atrajo a Mariana hacia él y, frente a todos, ante los ojos de la policía y de la prensa de todo el país, selló la mentira con un beso.
Fue un beso desesperado, cargado de una tensión que ninguno de los dos podía explicar. No era el beso de un hermano, ni el de un salvador. Era el beso de dos personas que acababan de quemar sus barcos y no tenían más remedio que sobrevivir juntos en el incendio.
Cuando se separaron, Étienne le susurró al oído, tan bajo que solo ella pudo escucharlo:
—Ahora el juego es real, Mariana. Y el precio de perder es la cárcel para ambos.
