Cadena de sangre. Lazos de piel.

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Capítulo 4 Capítulo 4: La Trampa de Terciopelo

Tres días después, la tensión en la mansión era una cuerda a punto de romperse. Mariana se sentía observada en cada pasillo. Étienne apenas le hablaba, pero sus ojos la seguían constantemente durante las cenas silenciosas que ella servía bajo la mirada gélida de Isabelle.

Isabelle no se había quedado de brazos cruzados. Para ella, la venezolana no era solo una inmigrante; era un virus que estaba infectando la mente de su prometido. Decidió que era hora de una "cura" definitiva.

Esa noche, mientras la mansión se preparaba para una recepción privada, Isabelle entró en la habitación de servicio de Mariana mientras ella ayudaba a Jean-Pierre a vestirse en la otra ala de la casa. Con manos expertas, Isabelle deslizó un broche de diamantes y zafiros —una pieza de la herencia De Beaumont valorada en medio millón de euros— dentro del forro de la maleta de Mariana.

Una hora después, el grito de Isabelle rasgó el aire del vestíbulo principal.

—¡Mi broche! ¡El broche de la abuela de Étienne ha desaparecido! —exclamaba, fingiendo una angustia perfecta frente a los invitados y el servicio.

Étienne, que estaba atendiendo a un inversionista, se tensó de inmediato. Mariana bajaba las escaleras con una bandeja de té cuando Isabelle la señaló con un dedo acusador.

—¡Ha sido ella! La he visto merodear por cerca de las habitaciones esta tarde. Étienne, te lo advertí. Estas personas no vienen por amor, vienen a robar lo que pueden antes de que las echen.

—Yo no he tomado nada —dijo Mariana, dejando la bandeja en una mesa cercana con manos que empezaban a temblar. Sabía lo que venía. En su país, las injusticias eran el pan de cada día, pero que le robaran su integridad en esa casa era algo que no iba a permitir.

—Registren su habitación —ordenó Étienne. Su voz no tenía emoción, pero sus ojos estaban fijos en Mariana, buscando una señal de culpabilidad.

El jefe de seguridad regresó en menos de diez minutos con el broche en la mano y la maleta de Mariana en la otra. El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto. Isabelle sonrió internamente, saboreando su victoria.

—Llamen a la policía —dijo Isabelle con frialdad—. Robo agravado y fraude. Mañana estará en un centro de detención y el lunes en un avión de regreso a su país.

Étienne tomó el broche. Sus dedos rozaron las piedras preciosas mientras miraba a Mariana, que permanecía de pie, con la cabeza alta a pesar de las lágrimas que amenazaban con traicionarla.

—¿Tienes algo que decir? —preguntó Étienne, acercándose a ella.

—Si quisiera robar algo de esta casa, Étienne, no sería un pedazo de metal —respondió ella con la voz quebrada—. Me robaría los recuerdos que tu familia le quitó a mi madre. Llama a quien quieras. Prefiero estar presa en Venezuela que libre en una casa donde la gente es tan pobre que solo tiene dinero.

Mariana dio media vuelta para subir a recoger la urna de su madre, aceptando su derrota. Pero antes de que llegara al primer escalón, la voz de Étienne detuvo a todos.

—No habrá llamadas a la policía —dijo él, volviéndose hacia Isabelle con una mirada que hizo que la mujer retrocediera—. Porque este broche no estaba en la maleta de Mariana. Lo acabo de encontrar en el suelo del despacho, Isabelle. Seguramente se te cayó... o alguien intentó que pareciera un robo.

Mintió. Étienne sabía perfectamente que el broche estaba en la maleta, pero la dignidad herida de Mariana lo había golpeado más fuerte que cualquier lógica empresarial.

—¿Qué estás haciendo, Étienne? —preguntó Isabelle, lívida.

—Protegiendo lo que es mío —respondió él, mirando fijamente a Mariana—. Isabelle, creo que es mejor que pases unos días en la casa de campo de tus padres. Necesito aire en esta casa.

Mariana se quedó paralizada en la escalera. Étienne acababa de salvarla, pero al hacerlo, había declarado la guerra a su propia clase. Isabelle salió de la mansión con un odio que prometía quemar todo a su paso, mientras Étienne subía los escalones hasta quedar frente a Mariana.

—No creas que esto cambia nada —le susurró él, tomándola del brazo con firmeza—. Ahora me debes la vida. Y en mi mundo, las deudas se pagan con absoluta lealtad. ¿Entendido?

Mariana asintió, sintiendo que la amenaza de deportación había sido reemplazada por algo mucho más difícil de escapar: la red que Étienne de Beaumont estaba tejiendo alrededor de su corazón.

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