Bajo las Órdenes del Amor.

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Capítulo 4 Capítulo 3: La propuesta

El sonido de mi alarma me despertó como día a día lo hacía, solo que hoy era diferente; no iba a ser la misma cobarde que siempre huía de sus problemas, los iba a enfrentar, ¡claro que sí! Apagué el dispositivo y me senté en la cama, la espalda recta, respirando el aire frío de las 5:00 am.

La ducha fue perfecta para mi dosis de autocontrol. Me quedé bajo el chorro de agua helada hasta que la piel me ardía y el cerebro se quedaba en blanco. Salí a correr cuando la ciudad aún dormía, haciendo que mis zancadas fueran el intento de aplastar los "qué pasaría si" que susurraban en mi conciencia. Regresé a casa con el cuerpo sudoroso y la mente más clara.

Desayuné mi té verde y mis huevos revueltos. Llené el plato de Luna, que tejía figuras alrededor de mis tobillos.

—Hoy lo arreglo, preciosa —le prometí, rascándole detrás de las orejas. —Mamá arreglará esto, ya verás. 

Al cruzar las puertas de VegaCorp, el cambio en la atmósfera fue palpable. 

—Buenos días, Alessandra. 

—¡Hola, Ales, te veo muy animada esta mañana!

—¿En serio? Es que estoy un poco ansiosa, eso es todo. —Me encogí de hombros.

Por alguna razón, mi sonrisa era tensa; hoy mi pequeña conversación no era tan automática, tenía un poco de sentido. Mi mirada se desvió hacia la oficina de cristal de Gael. Allí estaba, de espaldas, completamente absorto en una hoja de cálculos. Anastasia estaba a su lado, demasiado cerca, pero él parecía no notar su presencia.

—A veces solo los más guapos se quedan con las mujeres más hermosas, ¿no? —comentó una voz tímida a mi lado. 

—Eso es lo que piensa quien no tiene una visión más profunda —dije, ajustando la correa de mi bolso—. Cuando es amor verdadero, el físico es lo de menos. —Dejé de verlo y me dirigí a mi computadora; tampoco me importaba en lo absoluto.

El chico asintió, un poco consolado. —Mi nombre es Gonzalo, soy el nuevo de contabilidad. —Me extendió la mano, lo miré de reojo un poco confundida, no esperaba que siguiera la conversación y, a decir verdad, era bastante tierno. Miré su mano y la tomé con gusto.

—Un gusto, soy Alessandra, pero puedes decirme Ales; es más corto para todos. —Me ajusté los lentes.

—Un placer, Ales —sonrió. —Eres muy amable; hasta ahora solo tú me devolviste el saludo. —Miro a ambos lados y me acerco a mi oído. —¿Aquí todos se ignoran?...

Sonreí. —Es… complicado…

—Entiendo, por cierto, ¿quieres tomar un café en el receso? Sin compromiso. Soy nuevo y quisiera tener al menos un amigo.

Acepté. Cualquier ancla a la normalidad era bienvenida. Pasamos los quince minutos sentados frente a frente. Mientras él hablaba de su mudanza, yo reorganizaba mentalmente mi agenda, marcando las 12:15 p.m. como el momento en que abordaría a la señora Méndez.

La mañana transcurrió con lentitud. Cerca del mediodía, la vi salir de su oficina con el ceño fruncido. ¡Este es mi momento! Me levanté con rapidez y la seguí hasta la cafetería. —¡Señora Méndez! Buenos días —saludé, forzando tranquilidad.

—Alessandra, hola —respondió, colgando el teléfono con un suspiro—. Estresada. Mi hijo mayor decidió que ser adulto significa discutir con agentes de tránsito. Y el pequeño tiene fiebre. Esto, sumado al lanzamiento del nuevo labial... es un cóctel molotov.

Parpadeé. Mi cerebro se bloqueó por completo. No entendía el lenguaje de la maternidad y mucho menos el de los cócteles. —Eso... suena muy difícil —logré articular. —Debe ser complicado equilibrar todo. —Aproveché el silencio incómodo. —Señora, sobre el viaje a Tailandia...

Sus ojos se iluminaron al instante. —¡Ah, sí! ¿No es emocionante? Solo quedan cuatro candidatos. Deberías sentirte tremendamente orgullosa.

—Justamente de eso quería hablarle —dije—. El viaje me genera… un poco de ansiedad, se podría decir, y pues siento que quizás mi perfil no sea el más adecuado. Por eso quisiera ceder mi puesto.

Ella se detuvo en seco y me miró por encima de sus gafas. —¿Cederlo? ¡Imposible! Fui yo quien pidió que te hicieras cargo del proyecto del sérum. Necesitaba a alguien con tu meticulosidad para confirmar las críticas. Y tú me diste justo lo que necesitaba; demostraste que sí estabas calificada.

Me quedé helada. —Pero... no me siento capaz.

—Nadie lo está, al principio —replicó—. Es tu momento, Alessandra, todos quisieran tener las mismas oportunidades que tienes tú en estos momentos; no me decepciones, no ahora cuando te necesito más que nunca. —Me dijo poniendo su mano sobre mi hombro y haciéndome esos ojitos donde no te dejan otra opción más que aceptar en contra de tu voluntad.

Asentí, sintiendo nudo en mi garganta tan apretado que apenas podía respirar. —Tiene razón. Gracias por su confianza…

Me retiré sintiéndome como un barco a la deriva. Caminé sintiéndome mareada, con las manos amarradas y entre la espada y la pared. En el pasillo, Gonzalo me esperaba con dos tazas de café. Acepté la mía, agradeciendo el gesto silencioso. Pasamos la tarde hablando de series y departamentos y luego, continuando trabajando.

El resto del día transcurrió lento. Esa noche, llegué a casa vencida. Lo había intentado, sentí que me había esforzado, que lo había dado todo tratando de explicarle a la señora Méndez que no quería irme de aquí, para que todo resultara en vano. Me puse algo de ropa deportiva y salí a correr, esperando que el agotamiento físico anestesiara el mental.

Mis pasos me llevaron de nuevo a la misma tienda de conveniencia. Compré el mismo sándwich de plástico. El déjà vu era deprimente. Me senté en la misma mesa de metal frío, bajo la misma luz anaranjada.

Y entonces, apareció.

Gael estaba allí, con el mismo traje de trabajo, que raro era… con otra bolsa de comida que desprendía un delicioso olor. Se sentó frente a mí sin decir una palabra, abrió su recipiente y el aroma delicioso inundó el espacio abierto. Disimulé mi decepción clavando la mirada en mi jugo; un plato de esos era mi liquidación anual.

De repente sacó otro plato idéntico al suyo y lo deslizó hacia mí. Dentro, había un tipo de pescado; puedo decir que tal vez sea salmón. Estaba fresco y olía realmente delicioso, tanto que las tripas se torcían y la boca comenzó a babear al verlo y oler el vapor que desprendía.

—No —dije, por puro reflejo y empujando la comida hacia adelante. —No hizo falta que te molestaras.

—Si no te lo comes, se lo tendré que dar a los perros callejeros —declaró—. Sería un pecado desperdiciar así la comida.

Miré el plato y luego mi triste cena. La batalla entre mi orgullo y mi hambre fue breve. Con un suspiro, aparté mi sándwich y acepté el suyo. El primer bocado fue espléndido. Cerré los ojos, me perdí en el placer tan básico que casi me hizo olvidar todo.

—¿Cómo te fue con Carmen? 

Casi me atraganto. —¿Me estabas espiando?

Se rio sarcásticamente. —No deberías extrañarte, sé muchas cosas que pasan en la empresa —respondió—. Pero no hacía falta espiarte. Tu cara lo dice todo.

—Al parecer, nada de lo que haga sirve de algo —admití—. Me rindo. Aceptaré mi destino en Tailandia.

—¿Y cómo estás tan segura de que te elegirán a ti?

—Hoy supe que la señora Carmen confía en mí, me tiene en la mira.

Él no dijo nada por unos segundos; luego meneó la cabeza. —Pues entonces deberías aceptar el puesto. Es la oportunidad de tu vida.

—¡Eso es muy fácil decirlo para ti! —estallé—. A ti todo te parece un juego. A mí… —Me miré las manos sobre la mesa. —No entiendo por qué todos suponen que esto es algo que a mí me gustaría recibir, tener que cumplir las expectativas de otros, tener que ir a un lugar desconocido, aprender su idioma, empezar de cero en un sitio que no conozco; ni siquiera sé si me va a gustar.

Él resopló — Y otra vez haces lo mismo, cuatro ojos.

—¿Qué?...

—Eso, siempre supones cosas de los demás que están muy alejadas de la realidad.

Me quedé muda, ¿qué estaba diciendo ahora? Nunca le entiendo…

—¿Crees que eres diferente a los demás solo porque odias un sitio al que nunca has ido? Te crees especial solo porque nunca has salido de tu zona de confort.

—Oye, ¿quién te crees que eres para decirme todo esto?

—Bueno, soy tu jefe y te estoy dando una retroalimentación. —Fruncí el ceño y aparté la mirada. —Pero, en estos momentos, digamos que solo soy un desconocido que solo… te da un consejo de vida.

Lo miré, seria; hubo un tenso silencio entre los dos. 

—Bueno, supongamos que acepto tu manera de pensar y tu objeción de no irte a Tailandia. Según las reglas de la empresa, existe una pequeña posibilidad por la que te podrías escapar de tener que ir.

Mi tenedor se detuvo en el aire. Lo miré, esperando. —Carmen incluso lo dijo —continuó, inclinándose—: solo los solteros tienen ventaja. Es política de la empresa. Si de verdad no quieres ir, la solución es simple.

—¿Cuál?

—Sencillo, Park —dijo, clavándome sus ojos—. Cásate.

La palabra quedó flotando entre nosotros, enorme, absurda. Solté una risa corta y amarga. —¿Cásarme? ¿En serio? ¿Con quién? 

—¿Es tan difícil?

—¿Que si es difícil? —me señalé a mí misma—. Solo mírame, no soy como tu novia Anastasia, alta, pelirroja y con buen gusto en la ropa; nadie, absolutamente nadie, aceptaría casarse conmigo en menos de 24 horas, o al menos no con alguien como yo, ¿está bien? 

Él no apartó la mirada. No sonrió. —Yo estaría dispuesto.

El mundo se detuvo. Solo existían sus ojos fijos en los míos y esas tres palabras.

—¿Qué? —fue lo único que atiné a decir.

Él no repitió la oferta. Revisó su teléfono con despreocupación, se levantó y, antes de marcharse, dijo:

—Piénsalo. Dame tu respuesta mañana.

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