Capítulo 9 Capítulo 07: Tarde de Bibliotecas
El martes, el ambiente en el Instituto San Judas se sentía como una cuerda de violín a punto de romperse. La hostilidad de Chloe se había vuelto más sofisticada: ya no eran solo risas o empujones, sino un vacío sistemático. Nadie hablaba conmigo, nadie se sentaba a menos de dos metros de mi pupitre y los profesores parecían mirar hacia otro lado cuando el susurro de mi nombre recorría el aula como una serpiente.
Necesitaba un refugio, y lo encontré en el lugar que la mayoría de los estudiantes evitaba: la biblioteca. Era un espacio de techos altos, estanterías de madera crujiente que olían a vainilla y polvo antiguo, y grandes ventanales que daban hacia el bosque que rodeaba el pueblo.
Me escondí en la sección de "Ciencias Aplicadas", esperando que el silencio de los libros me protegiera del ruido del mundo exterior. Sin embargo, no estaba sola. En la última mesa, casi oculta por una columna de piedra, estaba Mateo. No tenía su cuaderno de dibujo esta vez; estaba rodeado de pesados volúmenes sobre ingeniería naval y astrofísica.
—Parece que los proscritos siempre terminamos en los mismos rincones —dijo él sin levantar la vista, aunque una pequeña sonrisa curvó sus labios.
—No sabía que los chicos populares frecuentaban la biblioteca —respondí, dejando mi mochila sobre la mesa con cuidado.
—Ya te lo dije, Luna. La etiqueta de "popular" es solo un traje que me pongo para que me dejen en paz. Aquí —golpeó suavemente la tapa de un libro—, nadie me pide que sea el capitán de nada.
Me senté frente a él. La luz de la tarde entraba de forma transversal, iluminando las motas de polvo que bailaban entre nosotros como pequeñas galaxias en miniatura.
A veces somos libros con la portada equivocada, esperando a que alguien no tenga miedo de leer nuestra letra más pequeña.
—¿Qué estudias con tanto interés? —pregunté, señalando sus notas.
—Mi abuelo —comenzó él, cerrando el libro de ingeniería naval—. Fue uno de los capitanes más respetados de Mar del Norte. Todo el mundo espera que yo siga sus pasos, que domine las mareas. Pero lo que no entienden es que a mí no me interesa dominar el mar, sino entender por qué se mueve. Quiero construir cosas que desafíen la gravedad, no solo que floten.
—Es una carga pesada —comenté—. Vivir a la sombra de una leyenda.
—Lo es. Especialmente cuando esa leyenda es lo único que mantiene unido el apellido de mi familia. Mi padre... él no ve diseños ni motores. Solo ve prestigio. —Mateo suspiró y me miró fijamente—. ¿Y tú, Luna? ¿Qué hay en tu historia que te hace mirar al cielo con tanta nostalgia?
Bajé la vista hacia mis manos. Era la primera vez que alguien me preguntaba por mi "porqué" sin juzgarme.
—Mi padre me regaló mi primer telescopio cuando tenía siete años —confesé—. Vivíamos en un apartamento pequeño en la ciudad, donde apenas se veían tres estrellas por culpa de la contaminación lumínica. Él me decía que, aunque no pudiéramos verlas todas, ellas siempre estaban ahí, cuidándonos. Cuando él se fue... —me detuve, sintiendo un nudo en la garganta—, el cielo se convirtió en mi única forma de sentirme cerca de él. No importa a dónde me mude, las constelaciones son las mismas. Son mi único hogar constante.
Mateo extendió su mano sobre la mesa, pero esta vez no me tocó. Simplemente la dejó cerca de la mía, como una oferta de compañía silenciosa.
La distancia entre dos almas no se mide en kilómetros, sino en los silencios que no se pueden compartir.
—Siento lo de tu padre —dijo en un susurro—. Entiendo esa sensación de buscar algo que ya no está en los lugares más lejanos.
—¿Sabes qué es lo más irónico? —seguí, animada por su empatía—. Que en la ciudad era una más. Aquí, por el simple hecho de ser "la nueva", parece que cada movimiento que hago es analizado bajo un microscopio. Me agota, Mateo. Me agota tener que demostrar todo el tiempo que no soy una amenaza para el pequeño reino de Chloe.
—Chloe solo tiene poder sobre quienes le tienen miedo —respondió él—. Ella sabe que tú tienes algo que ella nunca podrá comprar: autenticidad. Por eso intenta destruirte. Si logra que te sientas pequeña, ella se siente grande.
—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Por qué dejas que ella crea que tiene algún tipo de derecho sobre ti?
