Bajo las Estrellas Fugaces.

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Capítulo 6 Capítulo 05: El Chico de la Azotea.

El viernes llegó como una bendición cargada de cansancio. La semana en el Instituto San Judas había sido una carrera de obstáculos emocional. Chloe no había cumplido su amenaza de forma directa, pero su hostilidad era como un gas invisible: estaba en todas partes, en las risas que se cortaban cuando yo entraba al baño, en las notas que aparecían en mi pupitre y en el vacío absoluto que se generaba a mi alrededor en la cafetería.

Sin embargo, lo que más me pesaba no era el rechazo de los demás, sino la extraña distancia que Mateo había puesto entre nosotros durante las horas de clase. En los pasillos, volvía a ser el chico inalcanzable, rodeado de gente pero con la mirada perdida en algún punto que nadie más podía ver. Me ignoraba con una perfección que casi me hacía dudar si lo de la lluvia de estrellas había sido real o solo un sueño provocado por la falta de oxígeno en el acantilado.

Necesitaba escapar. No de la casa, donde mi madre seguía intentando convencerme de que las cortinas nuevas arreglarían mi ánimo, sino del escrutinio constante. Sabía que el instituto tenía una vieja azotea en el ala norte, una zona que estaba oficialmente clausurada por mantenimiento eterno, pero que siempre tenía una puerta mal cerrada si sabías dónde empujar.

Subí las escaleras metálicas, cuyo eco resonaba en el hueco del edificio como latidos de un corazón de hierro. Al empujar la puerta pesada, el aire frío de la tarde me golpeó la cara, trayendo consigo el aroma a salitre y a libertad. Y allí, sentado en el borde de la cornisa, con un cuaderno de dibujo sobre las rodillas, estaba él.

—Parece que me has seguido —dijo Mateo sin darse la vuelta. El viento agitaba su cabello oscuro, dándole un aspecto salvaje.

—O quizás es que las personas que no encajan terminan buscando los mismos escondites —respondí, acercándome con cautela.

Él cerró el cuaderno de golpe, pero no antes de que yo pudiera ver un trazo de carboncillo que se asemejaba a un perfil humano. Se hizo a un lado, invitándome a sentarme en el lugar que consideraba su santuario privado. Desde aquí, Mar del Norte no parecía un pueblo asfixiante; parecía una maqueta de juguete, con sus casitas de colores y el mar infinito extendiéndose hasta donde la vista no alcanzaba a distinguir el agua del cielo.

—¿Por qué lo haces, Mateo? —pregunté tras un largo silencio—. ¿Por qué en los pasillos eres una persona y aquí eres otra?

Él suspiró, dejando que el cuaderno descansara sobre el cemento.

—Porque el mundo no está preparado para la verdad de nadie, Luna. La gente prefiere las etiquetas. Es más fácil odiar a un "rebelde" o envidiar a un "popular" que intentar comprender a alguien que tiene miedo de su propio futuro.

A veces, el hogar no es un lugar con cuatro paredes, sino el instante en que dejas de fingir frente a alguien y descubres que no te juzga por tus grietas.

—Yo también tengo miedo —admití, abrazando mis rodillas—. Tengo miedo de que este pueblo me absorba, de que un día me despierte y ya no recuerde cómo se siente el ruido de una gran ciudad o el anonimato de ser solo una cara en la multitud.

—No dejaré que eso pase —dijo él, y su voz tuvo una firmeza que me hizo girar la cabeza hacia él—. Eres demasiado brillante para que la niebla de este sitio te apague. Eres como una supernova, Luna; incluso si intentas esconderte, tu luz termina escapando por los bordes.

Sentí que mis mejillas se calentaban. Mateo no solía decir cosas así, o al menos no el Mateo que el resto del instituto conocía.

—¿Qué dibujas? —pregunté para cambiar de tema, señalando su cuaderno.

Él dudó un momento, pero terminó abriéndolo. No eran paisajes ni barcos. Eran planos. Diseños de algo que parecían naves o máquinas complejas, llenas de detalles técnicos y notas al margen.

—Son sueños imposibles —dijo con una sonrisa triste—. Mi padre quiere que estudie Administración de Empresas para encargarme de sus negocios en el puerto. Pero yo... yo quiero diseñar cosas. Quiero entender cómo funcionan los motores, cómo construir algo que pueda cruzar el océano sin depender de la suerte.

—¿Por qué imposibles? —le pregunté, tocando con cuidado la esquina de una página—. Tienes talento. Estos dibujos son increíbles.

—Porque en Mar del Norte, los hijos heredan los pecados y las profesiones de sus padres —respondió él—. Intentar ser otra cosa es como intentar nadar contra la marea con los pies atados. Tarde o temprano, el mar te arrastra hacia donde él quiere.

—Entonces habrá que aprender a bucear —dije, tratando de infundirle ánimos—. No puedes dejar que ellos decidan el final de tu historia antes de que hayas terminado de escribir el primer capítulo.

El miedo es solo una habitación oscura donde todavía no hemos tenido el valor de encender la luz de nuestros propios deseos.

Mateo me miró intensamente. En ese momento, la distancia entre nosotros se redujo sin que ninguno de los dos se moviera. Era una tensión eléctrica, una conexión que se alimentaba de nuestras debilidades compartidas.

—¿Cuál es tu mayor temor, Luna? —preguntó en un susurro.

—Ser olvidada —respondí de inmediato, sorprendiéndome a mí misma por la honestidad—. No me importa si no soy famosa o si no logro grandes cosas, pero me aterra la idea de que mi paso por la vida no haya dejado ni una sola huella en el corazón de alguien. Me aterra ser solo un susurro que se pierde en el viento.

—Yo no te olvidaré —prometió él, y esta vez, su mano buscó la mía sobre la superficie rugosa de la azotea. Sus dedos se entrelazaron con los míos, y el contacto envió una descarga que me recorrió la columna vertebral—. Incluso si te vas de aquí mañana, incluso si no volvemos a hablar nunca, siempre que mire hacia la azotea o hacia las estrellas, veré tu silueta.

Hay silencios que no separan, sino que construyen puentes de cristal entre dos corazones que temen romperse bajo el peso de la realidad.

Nos quedamos así durante lo que parecieron horas, viendo cómo el sol se ocultaba, tiñendo el cielo de un rojo sangre que luego se desvaneció en un violeta profundo. La ciudad empezó a encender sus luces, pequeñas luciérnagas humanas que intentaban desafiar a la oscuridad.

—A veces pienso que somos como esas luces —comentó Mateo—. Estamos rodeados de oscuridad, intentando brillar con todas nuestras fuerzas, pero nadie se da cuenta de que nos estamos agotando.

—Pero estamos brillando juntos ahora mismo —le recordé—. Y eso hace que la oscuridad sea un poco menos aterradora.

Él se rió suavemente, un sonido raro y melodioso que me hizo desear escucharlo todos los días.

—Eres increíble, Luna Miller. Llegas aquí con tu ropa de colores y tu cuaderno de dibujos, y pones mi mundo del revés. Antes de que llegaras, mi vida era un camino recto y aburrido hacia un acantilado. Ahora... ahora veo caminos por todas partes.

—Espero que uno de esos caminos te lleve lejos de aquí, si es lo que realmente quieres —dije con sinceridad, aunque la idea de que se fuera me dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Si me voy, quiero que sea contigo —dijo de pronto, y luego pareció arrepentirse de su audacia, desviando la mirada hacia el muelle—. Quiero decir... que no imagino explorar el mundo con alguien que no sepa distinguir a Casiopea en el cielo.

Sonreí, sintiendo una calidez que ninguna chaqueta podría proporcionarme.

—Te tomaré la palabra, Mateo. Pero por ahora, tenemos que sobrevivir a este lugar.

—Lo haremos —afirmó él, apretando mi mano—. Mientras tengamos esta azotea y el cielo, nada de lo que digan allá abajo podrá tocarnos.

La noche se cerró sobre nosotros, pero no era la noche fría y hostil de los primeros días. Era una noche cómplice, una que guardaba nuestros secretos y nuestros sueños bajo el manto protector de la altura.

La verdadera intimidad no consiste en compartir una cama, sino en compartir los miedos que no te atreves a decirte ni a ti mismo frente al espejo.

Cuando finalmente decidimos bajar, Mateo me acompañó hasta la salida trasera del instituto. Antes de separarnos, se detuvo bajo una farola que parpadeaba.

—Luna —me llamó. Me detuve y me giré—. Gracias por subir hoy. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan... ligero.

—De nada, chico de la azotea —respondí con una sonrisa.

Caminé hacia mi casa sintiendo que mis pies apenas tocaban el suelo. Pero mientras me alejaba, pude ver a lo lejos una figura observándonos desde la esquina de la calle. Era Chloe. Su silueta estaba envuelta en las sombras, pero la luz de su teléfono iluminaba su rostro, revelando una expresión de furia pura.

Sabía que el lunes las cosas serían mucho peores. Los rumores se multiplicarían, la tensión escalaría y probablemente nos convertiríamos en el blanco de todas las miradas. Pero mientras subía a mi buhardilla y miraba hacia el horizonte, recordé la promesa de Mateo.

Él no me olvidaría. Y yo, por primera vez, sentía que finalmente había empezado a dejar mi huella en Mar del Norte, aunque fuera solo en el corazón del chico más solitario del pueblo.

La lluvia de estrellas había pasado, pero la verdadera tormenta estaba a punto de comenzar. Y esta vez, no estaba sola para enfrentarla.

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