Bajo las Estrellas Fugaces.

Download <Bajo las Estrellas Fugaces.> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 5 Capítulo 04: La Lluvia de Estrellas.

La noche en Mar del Norte tenía una cualidad casi mística. Cuando el sol se hundía en el horizonte, el cielo no se volvía simplemente negro; se transformaba en un terciopelo profundo, salpicado de matices violáceos y azulados que parecían vibrar con una energía propia. Esa noche no era una cualquiera. Según las noticias, la lluvia de meteoros conocida como las Perseidas alcanzaría su punto máximo, y yo no pensaba perdérmelo.

En la ciudad, las luces de neón y la contaminación lumínica habían convertido el cielo en un desierto vacío. Pero aquí, el universo se mostraba en todo su esplendor, como si estuviera tratando de compensar la hostilidad de los habitantes del pueblo con la belleza del cosmos.

Me puse una chaqueta gruesa, agarré mi manta favorita y mi viejo par de binoculares. Salí de casa con sigilo, evitando despertar a mis padres. Caminé por el sendero que bordeaba los acantilados, lejos de las farolas del puerto, hasta llegar a un lugar que los lugareños llamaban "El Salto del Suspiro". Era una saliente de roca alta y plana que se adentraba en el mar, ofreciendo una vista despejada de trescientos sesenta grados.

Al llegar, me detuve en seco. Una silueta ya ocupaba el lugar. Estaba sentado al borde mismo del abismo, con las piernas colgando hacia el vacío. No necesité verle la cara para saber quién era. Su postura, esa mezcla de abandono y alerta, era inconfundible.

—Parece que los dos tuvimos la misma idea —dije, tratando de que mi voz no fuera arrastrada por el viento.

Mateo no se sobresaltó. Se limitó a girar la cabeza lentamente. La luz de la luna llena bañaba su rostro, acentuando las líneas de su mandíbula y dándole a sus ojos un brillo casi plateado.

—Las estrellas no suelen tener invitados en este pueblo, Luna —respondió, señalando el espacio a su lado sobre la roca—. La mayoría de la gente aquí prefiere mirar hacia abajo, a ver qué vecino se ha equivocado hoy.

Me acerqué y extendí mi manta sobre la piedra fría antes de sentarme a una distancia prudente. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas, cien metros más abajo, era un recordatorio constante de la fuerza de la naturaleza.

—A mí siempre me ha parecido más interesante mirar hacia arriba —confesé, ajustando mis binoculares—. Allá arriba no hay rumores, ni juicios, ni gente tratando de decirte quién debes ser. Solo hay leyes físicas y una belleza que no pide permiso para existir.

A veces, el universo nos hace sentir pequeños no para humillarnos, sino para recordarnos que nuestros problemas son solo motas de polvo en un baile eterno de luz.

Mateo se recostó sobre sus codos, mirando hacia el cenit.

—¿Sabes identificarlas? —preguntó de repente—. Las constelaciones, quiero decir.

—Casi todas —asentí—. Mira, allí arriba, hacia el noreste. Esa es Casiopea, la que parece una "W". Y justo debajo está Perseo. De ahí es de donde parecen venir los meteoros esta noche.

—Perseo —repitió él en un susurro—. El héroe que tuvo que cortar la cabeza de una medusa para salvar a la persona que amaba. Siempre me pareció una historia triste.

—¿Triste? ¿Por qué? Salvó a Andrómeda.

—Sí, pero para hacerlo tuvo que convertirse en un monstruo que usaba la cabeza de otro monstruo —Mateo se sentó y me miró fijamente—. A veces, para sobrevivir en este mundo, terminas convirtiéndote en aquello que más odias.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de un significado que iba más allá de la mitología. Sabía que estaba hablando de sí mismo, de la máscara que llevaba en el instituto.

—No creo que seas un monstruo, Mateo —dije en voz baja.

—Entonces no has estado escuchando los susurros en los pasillos —respondió con una sonrisa amarga.

—Los escucho, pero prefiero confiar en lo que veo —repliqué, señalando hacia el cielo—. Como con las estrellas. La gente ve puntos de luz, pero yo sé que algunas de esas luces ya ni siquiera existen. Son fantasmas de algo que fue hermoso. Quizás lo que la gente ve de ti es solo un fantasma de algo que ya no eres.

Mirar a alguien a los ojos es como asomarse a una galaxia desconocida; nunca sabes si encontrarás un sol naciente o un agujero negro que lo devora todo.

Mateo guardó silencio durante un largo rato. De repente, un trazo de luz blanca cruzó el cielo, desapareciendo en una fracción de segundo.

—¡Ahí está! —exclamé, señalando con el dedo—. La primera.

—Ha sido rápida —dijo él, aunque su mirada no se había apartado de mi rostro.

—Son restos de un cometa, el Swift-Tuttle —expliqué, entusiasmada por compartir mi pasión—. Cuando la Tierra pasa por la nube de escombros que dejó el cometa, esos pequeños fragmentos entran en la atmósfera a una velocidad increíble y se queman por la fricción. Lo que vemos es su último suspiro de luz.

—Es una forma poética de morir —comentó Mateo—. Convertirse en fuego para que alguien, en un lugar perdido como este, pueda pedir un deseo.

—¿Tú crees en los deseos? —le pregunté.

—Creo en las consecuencias —respondió él, aunque su tono se había suavizado—. Pero supongo que, si pudiera pedir algo ahora mismo, sería que el tiempo se detuviera. Solo por una hora. Sin instituto, sin familias perfectas con secretos oscuros, sin Chloe... solo nosotros y este cielo que no nos debe nada.

Hay momentos que son como estrellas fugaces: tan breves que parpadeas y se van, pero tan brillantes que se quedan grabados en la retina del alma para siempre.

—¿Por qué dejas que crean que eres ese chico rebelde y frío? —me atreví a preguntar, rompiendo la tregua de silencio—. Hoy en clase, cuando hablaste de los dibujos... no eras el Mateo que todos describen.

Mateo suspiró y se pasó una mano por el pelo, despeinándolo aún más.

—En un pueblo como Mar del Norte, Luna, si no eres el depredador, eres la presa. Mi familia... mi padre es el hombre más respetado del lugar, pero en casa es una sombra que solo sabe exigir. Ser el "chico popular" es mi armadura. Si dejo que vean las grietas, entrarán a saco.

—Las grietas son por donde entra la luz —dije, citando una frase que mi abuelo solía decirme—. No tienes que ser perfecto para ser real, Mateo.

—Tú eres real —dijo él, inclinándose un poco hacia mí. Su cercanía me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa marina—. Eres la primera persona en mucho tiempo que no me mira como si fuera un trofeo o un problema. Me miras como si fuera... un mapa por descubrir.

—Quizás porque yo también me siento como un mapa que nadie sabe leer —admití.

En ese momento, el cielo pareció estallar. Tres, cuatro, cinco meteoros cruzaron la bóveda celeste al mismo tiempo, dejando estelas de color verde y ámbar. Fue un espectáculo sobrecogedor que nos obligó a guardar silencio por puro respeto.

—Es increíble —susurré, sintiendo una lágrima de emoción asomarse a mis ojos.

—Es libertad —corrigió él.

Pasamos el resto de la noche así, compartiendo historias bajo la lluvia de estrellas. Me contó que de pequeño quería ser marinero para escapar del pueblo y seguir las estrellas hasta el fin del mundo. Yo le hablé de mi habitación en la ciudad, donde pintaba galaxias en las paredes porque no podía verlas desde mi ventana.

Hablamos de música, de libros prohibidos y de cómo el olor del mar cambiaba antes de una tormenta. No hubo necesidad de rumores ni de defensas. En ese pequeño rincón del mundo, éramos solo dos jóvenes tratando de encontrar su lugar entre la inmensidad del universo y la estrechez de una vida rural.

La conexión entre dos personas no se mide por el tiempo que llevan conociéndose, sino por la profundidad de los silencios que son capaces de compartir sin sentirse incómodos.

—Luna —dijo él cuando la madrugada empezaba a teñir el horizonte de un gris pálido—. Mañana, cuando volvamos a ese edificio de ladrillos rojos, las cosas volverán a ser difíciles. Chloe no se detendrá, y yo tendré que volver a ser el Mateo que todos esperan.

—Lo sé —respondí con una pizca de tristeza.

—Pero —continuó él, tomando mi mano por un breve instante; su piel estaba cálida a pesar del frío—, ahora sé que hay alguien que conoce al chico que se sienta en los acantilados a mirar las estrellas. Y eso hace que el ruido de los pasillos sea un poco más soportable.

Me apretó la mano suavemente antes de soltarla. Se puso de pie con su habitual agilidad y me ayudó a levantarme.

—Gracias por la lección de astronomía, chica de ciudad —dijo con esa sonrisa ladeada que tanto le caracterizaba, pero esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos.

—Gracias por no dejar que viera las estrellas sola —respondí.

Caminamos juntos de regreso hasta que el sendero se bifurcaba hacia nuestras respectivas casas. La niebla volvía a bajar, ocultando el mundo una vez más, pero para mí, todo estaba más claro que nunca.

Había una magia extraña en Mar del Norte, una que no se encontraba en los libros ni en los rumores. Era una magia que solo se revelaba cuando te atrevías a mirar más allá de las sombras, justo en ese punto donde el mar toca el cielo y las personas se quitan sus máscaras.

Esa noche, al acostarme en mi cama de la buhardilla, no me sentí como una extraña. Miré al techo y, aunque no había estrellas allí, sentí el calor del recuerdo de la mano de Mateo sobre la mía.

A veces, para encontrar tu norte, necesitas perderte en la mirada de alguien que también busca su propio camino a casa.

El capítulo de los susurros seguía ahí fuera, esperando por mí al amanecer, pero yo ya no tenía miedo. Porque había descubierto que, incluso en la noche más oscura, siempre hay una lluvia de estrellas esperando para iluminar el camino de los que se atreven a soñar.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk