Capítulo 3 Capítulo 02: Primer Día, Primeras Miradas.
La alarma del despertador sonó con una estridencia que parecía fuera de lugar en la paz de la buhardilla. Me desperté con el corazón acelerado, desorientada por un segundo hasta que vi las vigas de madera del techo y recordé: ya no estaba en mi habitación de paredes grises en la ciudad. Estaba en Mar del Norte.
A través de la ventana circular, el cielo de la mañana se presentaba de un azul pálido, casi translúcido, como si la noche anterior hubiera sido solo un sueño febril. Me puse en pie y sentí el frío del suelo en las plantas de los pies. Al asomarme, el mar estaba tranquilo, una sábana de plata que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
A veces, el amanecer no es el inicio de un nuevo día, sino el recordatorio de que el pasado se ha quedado atrás y nos ha dejado desnudos ante lo desconocido.
Me vestí con lentitud, eligiendo un suéter de punto color crema y mis jeans favoritos. No quería destacar, pero sabía que en un pueblo donde todos se conocían desde el jardín de infancia, mi mera existencia era una anomalía. Me miré al espejo y suspiré. Mis ojos oscuros delataban que apenas había dormido, pensando en aquel chico de la playa y en cómo su voz parecía haber quedado suspendida en el aire salado de mi habitación.
—¡Luna, vas a llegar tarde! —gritó mi madre desde el piso inferior.
Bajé las escaleras a saltos, agarré una manzana de la encimera y mi mochila. Mi padre ya se había ido a su nuevo puesto en la administración del puerto, y el olor a café recién hecho inundaba la cocina.
—Que tengas un buen día, cielo. No olvides que eres especial —me dijo mamá, dándome un beso rápido mientras luchaba con una caja llena de platos.
—Solo quiero ser invisible, mamá —murmuré antes de salir por la puerta.
El instituto San Judas estaba ubicado en una colina que dominaba el pueblo. Era un edificio antiguo, de ladrillo rojo y enredaderas que trepaban por las paredes como si intentaran asfixiarlo. A medida que me acercaba, el ruido de las conversaciones y el estruendo de los coches de los estudiantes aumentaban mi ansiedad.
Caminar hacia un lugar donde nadie conoce tu nombre es como lanzarse al vacío esperando que el aire te sostenga.
Al cruzar la puerta principal, sentí que el tiempo se detenía. El vestíbulo estaba lleno de alumnos que se abrazaban y reían, celebrando el regreso a la rutina. En cuanto mis zapatillas pisaron el suelo de linóleo pulido, el volumen de las voces pareció bajar un par de decibelios. Me ajusté las correas de la mochila y caminé hacia la oficina de secretaría, sintiendo las miradas clavarse en mi nuca como alfileres.
—¿Eres Luna Miller? —preguntó una mujer con gafas gruesas detrás de un mostrador lleno de papeles.
—Sí, soy yo.
—Aquí tienes tu horario y el número de tu taquilla. Bienvenida al San Judas. Espero que te adaptes rápido; aquí no solemos recibir gente a mitad de curso.
Con el papel temblando ligeramente en mi mano, busqué mi primera clase: Literatura Avanzada. Al llegar al aula, el profesor, un hombre mayor con un parche en el codo de su chaqueta, me indicó que me sentara en el único pupitre libre, al fondo del salón.
—Clase, presten atención —dijo el profesor golpeando la mesa—. Hoy tenemos una nueva integrante. Ella es Luna Miller. Viene de la capital. Espero que la hagan sentir como en casa.
Un murmullo recorrió las filas. Sentí mis mejillas arder. No era una atención amistosa; era la curiosidad de quien observa una especie exótica en un zoológico.
—¡Vaya, una chica de ciudad! —susurró una chica de cabello rubio perfectamente peinado en la fila de adelante, girándose para mirarme con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Es cierto que allá el cielo siempre es gris?
—No siempre —respondí con voz baja, tratando de concentrarme en mi cuaderno.
Fue en ese momento cuando la puerta se abrió de golpe. Un chico entró caminando con una confianza que rozaba la arrogancia. Vestía una chaqueta de cuero desgastada y unos vaqueros oscuros. El aula, que antes estaba llena de susurros, quedó en un silencio casi absoluto, pero esta vez era un silencio cargado de una energía diferente. Admiración, respeto y, en algunos casos, temor.
Era él. El chico de la playa.
—Llegas tarde, Mateo —dijo el profesor con un suspiro, como si fuera una batalla que ya había dado por perdida hace años.
—El despertador y yo no nos hablamos, señor Harrison —respondió él con una sonrisa ladeada que hizo que varias chicas suspiraran de forma apenas audible.
Mateo recorrió el aula con la mirada hasta que sus ojos se encontraron con los míos. Por un instante, el mundo exterior desapareció. Sus ojos eran de un azul tormentoso, profundos y cargados de una inteligencia que su actitud rebelde intentaba ocultar. Una chispa de reconocimiento cruzó su rostro, pero no dijo nada. Se encaminó hacia la parte trasera y, para mi sorpresa y terror, se sentó en el pupitre justo al lado del mío.
Hay miradas que no necesitan palabras para decirte que, a partir de ese momento, nada volverá a ser igual.
Durante toda la clase, sentí su presencia como una corriente eléctrica. Él no tomaba apuntes; simplemente se sentaba con los brazos cruzados, mirando por la ventana o, de vez en cuando, lanzando ojeadas rápidas hacia mi cuaderno de bocetos, donde yo había empezado a dibujar de forma inconsciente unas estrellas fugaces.
—Dibujas bien —susurró de repente, sin mirarme. Su voz era baja, solo para mis oídos.
Me sobresalté y cerré el cuaderno de golpe.
—Gracias —respondí, tratando de que mi voz no temblara.
—No tienes que esconderte —añadió él, girando la cabeza para mirarme de frente. Sus ojos tenían una intensidad que me obligaba a no apartar la vista—. En este lugar, si te escondes, te encuentran más rápido.
—¿Eso es una advertencia? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Es un consejo de alguien que conoce bien las reglas de este acuario —dijo Mateo, y por un segundo, su expresión se suavizó—. El nombre te queda bien, por cierto. Luna. Brillando en mitad de la oscuridad de este pueblo.
Las palabras más hermosas no son las que se gritan a los cuatro vientos, sino las que se dicen en voz baja cuando el resto del mundo está haciendo demasiado ruido.
Antes de que pudiera responder, sonó el timbre. Mateo se puso de pie con una agilidad felina, se colgó la mochila al hombro y se dirigió a la salida sin mirar atrás. Sin embargo, en la puerta se detuvo un segundo porque un grupo de chicos —los deportistas, a juzgar por sus chaquetas— lo rodearon de inmediato.
—¡Mateo! ¿Vas a venir al entrenamiento hoy? —le preguntó uno de ellos, dándole una palmada en el hombro.
—Tal vez. Tengo cosas que hacer —respondió él, recuperando su máscara de indiferencia.
Me quedé en mi sitio, guardando mis cosas con lentitud. La chica rubia de antes, que ahora sabía que se llamaba Chloe, se acercó a mi pupitre junto con dos amigas.
—No te hagas ilusiones, nueva —dijo Chloe, cruzándose de brazos—. Mateo no habla con nadie que no sea de su círculo. Y mucho menos con... bueno, con alguien que parece que acaba de salir de una biblioteca de antigüedades.
—Solo me dijo que le gustaban mis dibujos —respondí, tratando de sonar indiferente.
Chloe soltó una carcajada seca.
—Mateo dice muchas cosas para conseguir lo que quiere. Es el rey de este lugar, pero es un rey sin corona y con el corazón de piedra. Ten cuidado, Luna. Aquí las chicas como tú suelen terminar llorando en la orilla del mar.
Se dieron la vuelta y salieron del aula, dejándome con un sabor amargo en la boca. Salí al pasillo, sintiendo que el ambiente se volvía cada vez más denso. Las miradas continuaban, pero ahora venían acompañadas de cuchicheos. Habían visto a Mateo hablar conmigo, y eso, en la jerarquía social de Mar del Norte, era como ponerme una diana en la espalda.
Caminé hacia la cafetería durante el descanso, sintiéndome más sola que nunca. El lugar era un caos de bandejas, gritos y risas. Busqué una mesa vacía en un rincón, tratando de pasar desapercibida, pero era imposible. Era la pieza nueva del tablero, y todos querían saber qué movimiento iba a hacer.
Desde el otro lado de la cafetería, en la "mesa principal", vi a Mateo rodeado de gente. Era el centro de atención, el sol alrededor del cual orbitaban todos los demás. Sin embargo, a pesar de estar rodeado de gente, se veía extrañamente solo. En un momento dado, levantó la vista de su bandeja y volvió a buscarme. Me sostuvo la mirada durante varios segundos, desafiando las leyes no escritas del instituto.
En un mundo de espejos y apariencias, encontrar una mirada real es como encontrar agua en el desierto.
Me sentí vulnerable, expuesta, pero también extrañamente vista. No era la mirada de Chloe, llena de juicio, ni la de los profesores, llena de lástima. Era una mirada que parecía decir: "Yo también sé lo que es ser un extraño en tu propia piel".
El resto del día pasó como en una neblina. Clases de matemáticas, historia y química. En cada aula, la historia se repetía: el silencio al entrar, las preguntas susurradas a mis espaldas y la sensación de que cada uno de mis movimientos estaba siendo evaluado.
Al final de la jornada, mientras caminaba hacia la salida, me encontré con Mateo de nuevo cerca de las taquillas. Estaba solo, apoyado contra la pared, jugando con un encendedor apagado entre sus dedos.
—¿Has sobrevivido al primer día? —preguntó cuando pasé por su lado.
—A duras penas —admití, deteniéndome—. No sabía que hablar contigo fuera un deporte de riesgo.
Mateo soltó una risa corta, una que esta vez sí pareció genuina.
—Mar del Norte es un lugar pequeño, Luna. La gente no tiene nada mejor que hacer que inventar historias sobre los demás porque las suyas son demasiado aburridas.
—¿Y tu historia es aburrida? —me atreví a preguntar.
Él se enderezó, acortando la distancia entre nosotros. Podía oler una mezcla de menta y el mismo aroma a mar de la noche anterior.
—Mi historia tiene demasiados tachones y páginas arrancadas —dijo, mirándome fijamente—. Pero quizás la tuya sea un libro que valga la pena leer desde el principio.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándome allí, en mitad del pasillo vacío, con el corazón latiendo con una fuerza que me asustaba.
Caminé de regreso a casa bajo el sol de la tarde, que ya empezaba a descender hacia el horizonte. Mar del Norte se veía hermoso, pero ahora sabía que bajo esa superficie tranquila de pueblo costero, había corrientes peligrosas y mareas que podían arrastrarte si no tenías cuidado.
Al llegar a mi habitación, volví a abrir mi cuaderno. En la página donde había dibujado las estrellas, escribí una frase pequeña, casi invisible:
A veces, la persona que parece tenerlo todo es la que más necesita que alguien le pregunte qué hay detrás de su sonrisa.
Me quedé mirando el faro desde mi ventana, esperando que la noche llegara pronto. Porque en Mar del Norte, las estrellas eran lo único que me hacía sentir que, tal vez, este lugar no era el fin del mundo, sino el comienzo de algo que aún no tenía nombre.
