Bajo las Estrellas Fugaces.

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Capítulo 2 Capítulo 01: La Llegada a Mar del Norte.

El rugido del motor del viejo sedán familiar era el único sonido que llenaba el espacio entre mi padre, mi madre y yo. Llevábamos horas viajando, dejando atrás los edificios altos, el ruido incesante de las sirenas y ese aire viciado de la capital que, de alguna manera, se sentía como una manta pesada. A medida que nos acercábamos a Mar del Norte, el paisaje comenzó a desnudarse; el asfalto se rendía ante la presencia de pinos altos y, finalmente, el azul profundo del océano Atlántico apareció en el horizonte como una promesa que no sabía si quería cumplir.

Moverse a una nueva ciudad es como intentar leer un libro en un idioma que crees conocer, solo para darte cuenta de que el acento lo cambia todo.

—¿Estás bien, Luna? —la voz de mi padre, Roberto, rompió el silencio. Me miraba por el espejo retrovisor con esa chispa de optimismo forzado que había adoptado desde que decidieron que "empezar de cero" era la solución a todas nuestras grietas—. Mira ese cielo. Te dije que aquí las nubes parecen pintadas a mano.

—Es bonito, papá —respondí, esbozando una sonrisa que no llegó a mis ojos. Me acomodé los auriculares alrededor del cuello, sintiendo el roce del plástico frío contra mi piel.

Mi madre, Elena, que había estado sumergida en un mapa arrugado y en sus propios pensamientos, se giró para mirarme. Su rostro todavía llevaba las marcas de un cansancio que no se quitaba con sueño, sino con tiempo.

—Será un buen cambio, cariño —dijo ella, apretando suavemente mi rodilla—. Una casa nueva, aire puro... y el colegio San Judas tiene un programa de artes increíble. Sé que extrañas a tus amigos, pero Mar del Norte tiene algo especial. Se siente en el aire.

—Se siente a sal, mamá —repliqué con una pequeña risa, bajando la ventanilla.

El golpe de aire frío y húmedo me abofeteó la cara, trayendo consigo el aroma inconfundible del salitre y la vegetación salvaje. Mar del Norte no era una ciudad grande, pero tenía esa elegancia decadente de los pueblos costeros que han visto pasar demasiados inviernos. Casas de madera con techos a dos aguas, jardines descuidados por el viento marino y calles empedradas que subían y bajaban como las olas.

Aceptar un nuevo comienzo es admitir que algo, en algún lugar, se rompió sin remedio y que las piezas ya no encajan en el mismo molde.

Aparcamos frente a la que sería nuestra nueva dirección: una casa de dos plantas con la pintura blanca un poco descascarada y un porche que crujía bajo el peso de mis primeros pasos. Mientras mi padre comenzaba a bajar las cajas rotuladas con marcador negro —"Cocina", "Libros", "Varios"—, yo me quedé de pie en la acera, sintiéndome como un astronauta que acaba de aterrizar en un planeta donde la gravedad funciona de manera distinta.

—Luna, ayúdame con esta caja, por favor —pidió mi padre, secándose el sudor de la frente con el antebrazo—. Es la de tus cosas de dibujo. No quiero que nada se rompa.

—Ya voy —dije, acercándome. Al cargar el peso del cartón, sentí que llevaba conmigo no solo mis carboncillos y blocks, sino toda la resistencia que había acumulado durante el viaje—. ¿De verdad vamos a caber todos aquí?

—Es más grande de lo que parece por fuera —aseguró mi madre, abriendo la puerta principal con una llave que parecía demasiado grande para la cerradura—. Y tienes la habitación de la buhardilla. Tiene una ventana que da hacia el faro.

Subí las escaleras, evitando los huecos entre las cajas que ya invadían el pasillo. La buhardilla era pequeña, con el techo inclinado y ese olor a madera vieja y encierro que tienen los lugares que han estado esperando un dueño durante mucho tiempo. Me acerqué a la ventana y, tal como dijo mamá, allí estaba: el faro de Mar del Norte, recortándose contra un cielo que empezaba a teñirse de violeta y naranja.

Las mudanzas no solo transportan muebles; arrastran silencios que no caben en ningún cajón y recuerdos que se niegan a ser embalados.

Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría. A mis diecisiete años, sentía que mi vida era un rompecabezas que alguien había sacudido con fuerza. En la capital, yo era simplemente Luna; aquí, era "la chica nueva", un título que cargaba con una visibilidad que me aterraba. Sabía lo que vendría: las miradas en los pasillos, las preguntas sobre por qué nos mudamos a mitad de año, el escrutinio de las chicas que ya tenían sus grupos formados.

—¿Te gusta? —la voz de mi madre me sobresaltó. Estaba apoyada en el marco de la puerta, observándome con una mezcla de tristeza y esperanza.

—Tiene buena luz —admití, intentando sonar entusiasta—. Mañana podré empezar a ordenar.

—Luna... —ella entró y se sentó a mi lado en el suelo, ignorando el polvo—. Sé que esto no es lo que planeaste para tu último año de instituto. Pero tu padre y yo necesitábamos que estuviéramos juntos, lejos de todo lo que pasó. Mar del Norte es un refugio, no una cárcel.

—A veces los refugios se sienten muy solos, mamá —susurré, mirando mis manos.

—La soledad es solo un espacio vacío que espera ser llenado con algo nuevo —respondió ella, dándome un beso en la frente—. Baja a cenar algo. Tu padre compró pizza en el local de la esquina. Dice que el dueño le dio la bienvenida como si fuéramos celebridades.

Bajé a la cocina, donde una bombilla desnuda colgaba del techo, iluminando la mesa de madera que ya estaba puesta. Comimos entre risas nerviosas y planes sobre qué color pintar la sala, pero mi mente seguía en la ventana de arriba. Después de cenar, y aprovechando que mis padres estaban absortos en una discusión sobre dónde colocar el sofá, me escabullí por la puerta trasera.

Necesitaba tocar el suelo de este lugar, sentir si la arena era tan real como parecía.

Caminé un par de manzanas hasta que el asfalto desapareció y mis zapatillas se hundieron en la arena fría de la playa. La noche ya había caído por completo, y Mar del Norte se revelaba de una forma distinta. Las luces de las casas eran pequeños puntos temblorosos en la distancia, y el sonido del mar era un rugido constante que parecía latir al ritmo de mi propio corazón.

A veces basta una noche sin planes y una mirada prestada para que el miedo comience a transformarse en curiosidad.

Me detuve cerca de la orilla, dejando que la espuma del mar mojara la punta de mis zapatos. Miré hacia arriba y me quedé sin aliento. En la ciudad, el cielo es un lienzo sucio donde apenas se ven un par de estrellas valientes. Aquí, el cielo era un incendio de luces blancas, una alfombra de diamantes derramados sobre un terciopelo negro.

—Es increíble... —murmuré para mí misma.

—Dicen que si las miras demasiado tiempo, terminas creyendo que tú también eres una de ellas —dijo una voz a mis espaldas.

Me di la vuelta rápidamente, con el corazón martilleando contra mis costillas. A unos metros de mí, sentado sobre un tronco arrastrado por la marea, había un chico. Solo podía ver su silueta recortada contra la claridad de la luna, pero su postura era relajada, casi desafiante. Tenía una chaqueta oscura y el cabello revuelto por la brisa.

—No quería asustarte —continuó él, sin moverse—. Solo que no es común ver a alguien aquí a estas horas, y menos a alguien que mira el cielo como si fuera la primera vez que lo ve.

—Es que... en mi casa no se ven así —respondí, recuperando el aliento. Mi timidez luchaba con una extraña sensación de calma que su voz me producía.

—Eres la chica de la casa de los Miller, ¿no? —preguntó él. Aunque no podía ver sus ojos, sentí que me estaba analizando—. Las noticias vuelan en Mar del Norte.

—Me llamo Luna. Y sí, acabamos de llegar hoy.

—Luna... —repitió él, y el nombre sonó diferente en su boca, como si estuviera probando su peso—. Un nombre apropiado para alguien que prefiere la noche.

—¿Y tú quién eres? —me atreví a preguntar, dando un paso hacia atrás, protegiendo mi espacio.

—Alguien que también busca respuestas en el lugar equivocado —respondió él con una nota de amargura que intentó disfrazar con una risa corta. Se puso de pie, y por un segundo, la luz del faro barrió la playa, iluminando sus rasgos: una mandíbula marcada, ojos intensos y esa expresión de quien sabe más de lo que dice—. Bienvenida al fin del mundo, Luna. Espero que encuentres lo que sea que estés buscando.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y se alejó por la orilla, desapareciendo en la oscuridad antes de que pudiera responderle. Me quedé allí, con la sal pegada a los labios y la sensación de que Mar del Norte no iba a ser solo un lugar de mudanza, sino el escenario de algo que no podía controlar.

El primer día en un lugar extraño siempre es el más difícil, porque es cuando te das cuenta de que el mapa de tu vida se ha quedado en blanco y te toca a ti empezar a dibujar las rutas.

Regresé a casa con los pies fríos y la mente llena de estrellas. Al entrar en mi buhardilla, me asomé una última vez a la ventana. El faro seguía girando, su luz barriendo el mundo cada pocos segundos. Me acosté en el colchón que aún olía a plástico nuevo y cerré los ojos, pensando en ese chico y en la forma en que el cielo parecía sostenernos a ambos.

Mañana sería el primer día de clases. Mañana empezaría el verdadero desafío. Pero por esa noche, bajo el amparo de las constelaciones, me permití creer que, tal vez, haber perdido el rumbo era2 la única forma de encontrar un camino que realmente valiera la pena recorrer.

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