Bajo la administración del lobo

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Capítulo 7 El pulso de la presa

El jueves por la noche, la tormenta que había azotado la ciudad se transformó en una llovizna densa y neblinosa. Vivian salió de la estación del metro a las nueve de la noche, con el cuerpo molido tras una jornada extenuante bajo la fría supervisión de Edward. Faltaban menos de veinticuatro horas para el cargamento del muelle tres, y la presión le oprimía el pecho como un corsé de hierro que le cortaba la respiración. Mientras caminaba por la acera semivacía hacia su edificio, sus pensamientos se concentraban en una sola cosa: llegar a su apartamento, encender el transmisor seguro y enviarle a Ramos los detalles definitivos de la operación.

Fue entonces cuando lo escuchó.

Un eco metálico a sus espaldas. Alguien había pateado una lata de refresco a unos veinte metros. Vivian no detuvo el paso, pero recordó la primera regla que la agente Vega le había grabado de forma indeleble en el gimnasio: «Un espía no mira hacia atrás como un civil asustado; un espía cambia de ritmo y busca un reflejo».

Vivian disminuyó la velocidad frente al escaparate apagado de una tienda de electrónica. Usando el vidrio oscuro como un espejo empañado, aguzó la vista. Una silueta alta, robusta, con una chaqueta impermeable oscura y la capucha calzada hasta las cejas, avanzaba a su misma distancia. No era Edward; los movimientos de este hombre eran toscos, pesados. Era un matón. Y por la forma en que mantenía la mano derecha oculta dentro del bolsillo delantero, llevaba un arma corta.

El pánico físico, ese viejo enemigo, intentó congelarle las piernas y frenarla por completo, pero la adrenalina del peligro real actuó como un interruptor. «Controla la respiración, Warthon. Si te paralizas serás un blanco estático y fácil», repitió la voz de Vega en su mente.

Vivian dobló la esquina a la izquierda, adentrándose en un callejón residencial más estrecho y peor iluminado, un atajo hacia su calle. En cuanto se vio fuera de la vista de la avenida principal, echó a correr a toda velocidad. El sonido de los tacones de sus zapatos de oficina resonó con violencia contra el asfalto mojado. Detrás de ella, el sonido de unas suelas de goma acelerando a fondo confirmó sus peores temores. La estaban cazando.

Llegó a la mitad del callejón cuando una camioneta negra sin placas bloqueó la salida del otro extremo, encendiendo las luces altas y cegándola por completo. Vivian se detuvo en seco, jadeando, con el corazón golpeándole las costillas. Estaba atrapada. Su peor pesadilla se estaba haciendo realidad. Por detrás, los pasos del perseguidor de la capucha se detuvieron a apenas cinco metros.

—No grites, niña —siseó una voz áspera y desagradable desde las sombras de la capucha. El hombre sacó una navaja automática cuyo resorte emitió un chasquido limpio en la noche—. Camina hacia la camioneta. Alguien quiere asegurarse de que mañana no vayas a trabajar con ideas extrañas en la cabeza.

Leonard. Tenía que ser Leonard. Desesperado por el desprecio de Edward, el socio vulgar había decidido eliminar el "eslabón débil" antes del gran golpe del viernes.

El hombre de la capucha avanzó, estirando el brazo izquierdo para agarrarla del cabello. En ese microsegundo, el miedo de Vivian se evaporó, sustituido por el puro instinto de supervivencia que Vega le había inoculado a base de golpes.

No pidió permiso para existir. Cuando los dedos del agresor rozaron su abrigo, Vivian no se echó hacia atrás; se lanzó hacia delante, anulando el alcance de la navaja. Recordó la técnica de usar su propio peso: flexionó las rodillas, se agachó por debajo del brazo extendido del hombre y, con toda la fuerza de su hombro, embistió el estómago del sujeto.

El matón soltó un quejido de sorpresa al perder el aire. Vivian no se detuvo. Aprovechando que el hombre se encorvaba, levantó su bota de tacón grueso y la clavó con saña sobre el empeine del agresor. Se escuchó un crujido sordo. El hombre maldijo y soltó un tajo ciego con la navaja que rasgó la manga de la gabardina de Vivian, rozándole la piel.

El dolor la hizo reaccionar con más furia. Olvidando la timidez de la oficina, Vivian cerró el puño y, tal como Vega le había enseñado para situaciones extremas, buscó una zona blanda: hundió sus dedos directamente hacia los ojos del atacante. El hombre rugió de dolor, llevándose las manos al rostro ensangrentado y soltando el arma blanca, que tintineó en el suelo.

La puerta de la camioneta negra se abrió de golpe y un segundo hombre comenzó a bajarse para intervenir. Vivian no esperó a verle la cara. Recogió su bolso del suelo, dio media vuelta y corrió con todas sus fuerzas en dirección contraria, regresando hacia la avenida principal iluminada. Sus pulmones ardían y la adrenalina la hacía flotar sobre el pavimento.

Salió a la calle transitada justo cuando un taxi amarillo reducía la velocidad ante un semáforo. Sin pensarlo dos veces, Vivian abrió la puerta trasera, se deslizó al interior y cerró de un portazo.

—¡Arranque, por favor! ¡Siga derecho! —exclamó con la voz rota, la respiración desbocada y los ojos fijos en el espejo retrovisor.

El taxista, asustado por los restos de sangre en el abrigo de la joven y su estado de shock, aceleró a fondo. Vivian miró hacia atrás por la vidrio trasero. A lo lejos, en la esquina del callejón, la camioneta negra no la siguió; meterse en una persecución en una avenida principal con cámaras de tráfico era demasiado ruido para el Sindicato.

Vivian se reclinó en el asiento de cuero sintético, tiritando incontrolablemente mientras la luz de las farolas de la ciudad se adentraba en la cabina del auto. Miró su brazo herido; era solo un rasguño superficial, pero la sangre empapaba la tela. Había sobrevivido. Había peleado y había ganado su primera batalla real. El miedo seguía allí, pero ahora estaba mezclado con una resolución de acero. Mañana era viernes. El lobo creía que la tenía acorralada en su tablero, pero la secretaria invisible acababa de aprender a morder.

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