Capítulo 6 El lenguaje del acero
La presencia de Edward extinguió instantáneamente la sonrisa pretenciosa de Leonard. El pasillo pareció congelarse bajo el peso de esos ojos azul que recorrieron la escena con una lentitud matemática. No hubo un grito ni un gesto de sorpresa; Edward resultaba mucho más intimidante que cualquier despliegue de violencia física.
—¿Hay algún problema aquí, Leonard? —preguntó Edward. Su voz cortó el aire como un bisturí.
Leonard dio un paso atrás de inmediato, acomodándose la chaqueta del traje con una risita nerviosa que delató su posición subordinada.
—Ninguno, jefe. Solo le recordaba a la señorita Warthon los protocolos de la oficina. Estaba merodeando demasiado cerca de su puerta mientras usted estaba reunido con Moretti. Ya sabe cómo son las secretarias... curiosas por naturaleza.
Edward ni siquiera miró a Leonard mientras este hablaba. Su atención se mantuvo clavada en Vivian, observando la rigidez de sus hombros y cómo presionaba la carpeta contra su pecho.
—La señorita Warthon está aquí porque traía los documentos que le solicité —sentenció Edward con tranquilidad, desmontando la acusación en un segundo—. Si está retrasada, es porque tu presencia en el pasillo obstruye la eficiencia de mi tiempo. Moretti te está esperando en la sala de juntas de la planta baja, Leonard. Ve a verificar las rutas de transporte. No toleraré fallos de logística el viernes. Retírate.
El socio vulgar tragó saliva, fulminó a Vivian con una mirada cargada de resentimiento y se alejó por el pasillo a toda prisa. Cuando el eco del ascensor anunció su partida, Edward abrió por completo la puerta de su despacho.
—Adelante, señorita Warthon.
Vivian obligó a sus piernas a moverse. Al entrar, el olor a tabaco de importación y madera fina la envolvieron. Moretti ya no estaba; había salido por la puerta lateral de servicio. Edward caminó hacia su escritorio de caoba y comenzó a firmar unos documentos sin mirarla, obligándola a soportar un silencio sepulcral que pretendía desarmarla.
Vivian colocó la carpeta azul en el borde de la mesa. El eco de lo que había escuchado a escondidas seguía martilleándole la cabeza: Ella será nuestro escudo legal. Si el negocio cae, ella irá a prisión. Mirar la nuca de Edward sabiendo que planeaba destruirla requería cada gramo del entrenamiento de Vega. Controla tu respiración. No te delates.
—Deje la carpeta y acérquese, Vivian —ordenó él de pronto, dejando la pluma a un lado.
Ella dio dos pasos al frente, manteniendo las manos entrelazadas. Edward se reclinó en su asiento y la observó, pero esta vez su mirada no era de sospecha, sino de una fría evaluación de recursos.
—Sé perfectamente lo que Leonard hace cuando no estoy presente —dijo Edward, apoyando los codos en los brazos del sillón—. Sé cómo habla, sé cómo intimida y sé el tipo de espécimen ruidoso y predecible que es. Los hombres como él creen que el poder se mide por el tamaño de la sombra que proyectan sobre los más débiles.
Vivian parpadeó, descolocada por la inesperada franqueza del líder criminal.
—Yo solo intento hacer mi trabajo sin causar problemas, señor —respondió ella con la voz más firme que pudo rescatar.
Edward esbozó una línea mínima en la comisura de sus labios, una mueca carente de cualquier calidez.
—Eso es lo que me gusta de usted, Vivian. Su falta de ruido. En mi administración, el ruido es sinónimo de incompetencia. Leonard es un peón que genera demasiado eco, y los peones ruidosos terminan siendo sacrificados en el tablero cuando dejan de ser útiles.
Edward se levantó despacio, caminó hacia el ventanal y contempló la tormenta que azotaba la ciudad. Había una sobriedad magnética en su postura, la calma de un depredador que sabe que tiene el control absoluto de la situación.
—El viernes por la noche cerraremos un ciclo importante en esta sede —continuó Edward, dándole la espalda a la lluvia para fijar sus ojos azul acero en ella—. Habrá mucho movimiento de personal y documentos de última hora. Necesito a alguien de absoluta confianza y total discreción a cargo de la recepción hasta el último minuto. Alguien que sepa ver y callar. ¿Puedo contar con usted para eso?
Vivian sintió un escalofrío. Sabía perfectamente que lo que él llamaba "confianza" era en realidad la preparación de la trampa para dejar sus firmas en los delitos de aduana del muelle tres.
—Estaré aquí hasta la hora que usted necesite, señor Edward —contestó ella, sosteniéndole la mirada con una dignidad nueva que nació de la pura rabia.
Edward asintió una sola vez, complacido por la respuesta.
—Excelente. Puede retirarse, señorita Warthon. Y no se preocupe por Leonard. No volverá a molestarla. Su tiempo en esta empresa está por expirar.
Vivian dio la vuelta y salió al pasillo. Mientras caminaba de regreso a su escritorio con el corazón desbocado, una certeza terrible se asentó en su mente: Edward no era un mafioso común que usaba la fuerza; era un estratega que jugaba con las vidas humanas como si fueran números en un balance general. Pero ahora, ella también sabía jugar. El viernes por la noche, en el muelle tres, el lobo descubriría que su secretaria invisible tenía sus propios planes.
