Capítulo 5 Tú decides qué infierno prefieres
Luca West
Observó el terror evidente en la mirada de esta chica, pero aquí lo único que realmente me importa es mi posición y mi firme decisión de no casarme con cualquier mujer interesada. La veo suspirar profundo, asimilando su derrota, antes de resignarse y subir al auto.
Tenso la mandíbula de inmediato, dedicándole una última mirada fría a la mansión Thorne; hay demasiadas cosas que deseo averiguar sobre esa familia. Ingreso al vehículo tras ella y cierro la puerta de un portazo brusco que resuena en todo el habitáculo.
—Vamos a casa —le ordeno al chofer con voz cortante.
Por el espejo retrovisor, noto que Silas me está mirando con una mezcla de intriga y preocupación, pero lo ignoro. A mi lado, la chiquilla clava la vista en la ventana, sumergida por completo en sus pensamientos. Sin embargo, delata su tensión el ver cómo mantiene las manos fuertemente empuñadas sobre la tela de su falda.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunto, sin quitar la vista de mi móvil mientras reviso unos asuntos.
Pasan los segundos y esa mujer simplemente no me responde. Su silencio me saca por completo de mis cabales. No estoy acostumbrado a que nadie me ignore.
—Te hice una pregunta —le espeto, inclinando mi cuerpo hacia ella de manera intimidante.
Ella reacciona y voltea a mirarme con el ceño fruncido, destilando rabia.
—Tengo veintiún años —responde con un tono cargado de sarcasmo.
—Deja tu odio a un lado. No soy tu peor enemigo —le digo, acomodándome en el asiento—. Al contrario, soy tu salvador, el mejor partido que jamás podrías haber tenido por esposo.
—No lo creo. Y no me interesa en lo absoluto —me responde de mala gana, desviando la mirada.
Achico los ojos, analizándola. Es rebelde, es desafiante y no se dobla con facilidad ante mi presencia. Volteo a mirar de reojo a Silas, quien se ve visiblemente preocupado por la clase de esposa que acabo de elegir de forma tan impulsiva.
—Te ibas a casar con un completo desconocido allá adentro —le recuerdo, elevando la voz—. Cualquier mujer en tu posición estaría saltando de la felicidad por tenerme como esposo.
—Cualquiera, pero yo no, señor West.
—¿Acaso no sabes lo poderosos que somos los West? —le pregunto, rozando la arrogancia.
—Posiblemente —me interrumpe con amargura—. Mi hermanastra está obsesionada contigo, era de lo único que hablaba a los cuatro vientos. Que los West son millonarios, que los West tienen las mejores minas de oro, que los West pueden destruir a cualquiera en un parpadeo... etcétera.
La escucho hablar e imito su desdén, obligándome a retomar mi postura fría y calculadora.
—¿Y a ti qué te parece eso? —le pregunto, fijando mi mirada penetrante sobre ella, buscando descifrar lo que esconde en esos ojos azules.
—¿De verdad quiere saberlo? —Se cruza de brazos, devolviéndome el gesto como si yo fuera, en efecto, su peor enemigo en la tierra.
Asentí con la cabeza de manera peligrosa, incitándola a continuar.
—Pienso que deberías haber elegido a mi hermanastra como esposa. Así te la aguantas tú, y de paso libras a la joyería de mi madre de la quiebra absoluta.
El silencio se instaló entre nosotros como una losa pesada. Ella simplemente negó con la cabeza y cerró los ojos por unos segundos, como si recordar la joyería le causara un dolor físico insufrible.
—Señor... disculpe que interrumpa —la voz de Silas rompió la tensión desde el asiento delantero.
Lo miré fulminante por el espejo. Él sabe perfectamente que odio que intervengan cuando estoy tratando asuntos importantes.
—¿Ahora qué, Silas? —pregunté de mal humor.
—Señor... su padre está en la mansión. Y está preguntando por usted ahora mismo.
Hice una mueca de profundo disgusto. La presencia de Iván West siempre complicaba las cosas. Respiré hondo y, tras calmarme un poco, regresé mi atención a mi futura esposa.
Una sonrisa ladina y fría se dibujó en mis labios al encajar las piezas del rompecabezas.
—Así que tu familia está en la bancarrota... y por esa maldita razón buscaban venderte a un esposo, para no quedar en la ruina —concluí con desprecio—. Bien, te la voy a colocar muy fácil, señorita Thorne. Estamos a escasos minutos de llegar a la mansión West, así que tienes exactamente dos opciones.
Me acerqué a ella, asegurándome de que cada una de mis palabras se clavara en su mente.
—Opción uno: aceptas este maldito matrimonio. Entras conmigo tomada de la mano a la mansión West, y sin importar lo que vaya a suceder ahí adentro con mi padre, te aferras a esta unión y actúas como mi mujer. O la opción dos: fácilmente ordeno que te regresen a tu casa ahora mismo; te aguantas el desprecio, los golpes y la humillación de tu familia, que evidentemente no te estiman en lo más mínimo, y yo personalmente, Luca West, me encargo de mover mis hilos para dejar a los Thorne en la completa e irreversible ruina. Tú decides qué infierno prefieres, Ela.
