Atada Al Heredero WEST

Download <Atada Al Heredero WEST> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 4 El heredero multimillonario

—¿WEST? ¡Ja! Estoy segura de que es un apellido cualquiera, sin ningún sentido —se bufo Vera, soltando una carcajada estridente que resonó en todo el salón—. A diferencia del verdadero heredero West, al cual yo estoy esperando con ansias. Mírate, Ela, cómo es la vida: tú tendrás un West de réplica, una copia barata, y yo tendré al West original. ¡Pero qué dicha la mía!

—Padre... por favor, puedo remediarlo —supliqué una vez más, ignorando las burlas de mi hermanastra, sintiendo cómo la desesperación me carcomía por dentro.

Mi padre ni siquiera se dignó a mirarme. Clavó sus ojos llenos de asco en el joven apuesto que seguía sosteniendo el listón rojo.

—Tú, mesero de quinta, llévate a tu futura esposa de aquí ahora mismo. Y asegúrate de que nunca regrese —le ordenó con frialdad absoluta, borrándome por completo de su vida.

—Está bien, padre —le dije, tragándome el nudo de la garganta y alzando el mentón con orgullo mientras las lágrimas rebeldes finalmente se me escapaban por las mejillas—. Me iré. Pero déjame subir por mis cosas y, por favor, dame los diseños de mi madre. Es lo único que te pido.

—¡Eres una descarada, Ela! —intervino Gala, dando un paso al frente con el rostro lleno de malicia—. Que tu flamante esposo mesero te compre la vestimenta en una plaza de mercado si tanto la necesitas. Y no vas a tener ningún diseño de tu madre; tú has fallado. ¡Largo de aquí!

Me señaló la salida con desprecio. Volví a mirar a mi padre buscando un rastro de piedad, pero él simplemente me dio la espalda y se dirigió a su despacho con paso firme e irritado.

—Suerte, Ela —soltó Vera con una sonrisa venenosa.

No lo pude soportar más. El dolor y la humillación me sobrepasaron. Me giré sobre mis talones y marché a pasos agigantados hacia la salida, dispuesta a no dejar que me vieran caer por completo.

Cuando puse un pie fuera de la mansión, el frío de la noche golpeó mi rostro, causándome un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. Estaba sola. Completamente sola en medio de la oscuridad.

—¡Espera! ¡Espera, señorita Thorne! —escuché la voz del mesero resonar detrás de mí.

En lugar de detenerme, aceleré mis pasos. Tengo el corazón hecho añicos y la mente nublada por el dolor. Crucé los jardines y llegué a la calle principal; la desesperación era tanta que iba a cruzar la avenida sin siquiera mirar a los lados.

De repente, el estridente y ensordecedor sonido del pito de un auto me alertó.

Miré hacia la derecha con los ojos desorbitados y vi los faros del vehículo encima de mí. Pensé que sería mi fin. El pánico me envolvió por completo y fui incapaz de moverme; mis piernas se congelaron en el asfalto.

Justo cuando el impacto parecía inminente, unos brazos fuertes y protectores me rodearon con brusquedad. El hombre que estaba destinado a ser mi esposo me tomó con una fuerza impresionante y me jaló hacia la acera.

El impulso fue tan fuerte que ambos caímos pesadamente sobre el pavimento.

—Estás a salvo, señorita Thorne —escuché su voz agitada muy cerca de mi oído. Sus ojos verdes me miran con una intensidad protectora que me confundió—. No puedes huir de mí... ni de tu destino.

—Usted... usted no sabe lo que dice —tartamudeé, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío. Intenté alejarme de él de inmediato, luchando por no derretirme entre sus brazos calurosos.

—Señor, señor West, ¿está bien? —preguntó de pronto un hombre vestido de negro, apareciendo de la nada y mirándonos con profunda preocupación.

Aproveché esa distracción para zafarme y ponerme de pie como pude. Me dolía el cuerpo; la caída contra el pavimento había sido dura, aunque fui consciente de que fue aquel mesero quien recibió el golpe mayor al usar su cuerpo como escudo para protegerme.

—Estoy bien, Silas. Llévanos a casa —le ordenó el joven, levantándose con una elegancia impecable mientras se sacudía el uniforme de mesero y se giró hacia mí—. Ven conmigo.

Extendió la mano para tomar la mía, pero retrocedí un paso, cruzándome de brazos.

—¡Es suficiente! Quiero que me dejes en paz. No te conozco y no voy a ir a ningún lado contigo.

—Eso no será posible, señorita Thorne —respondió dando un paso hacia mí, acorralándome con su porte imponente—. Deberás venir conmigo a las buenas... o si no, tendré que llevarte a las malas. Tú decides.

En ese preciso instante, una camioneta elegante, de color negro brillante y vidrios blindados, se estacionó suavemente al lado de ambos. Silas abrió la puerta trasera de inmediato. Yo retrocedí un paso más, mirando el vehículo con total desconfianza.

—¿Y esa camioneta...? No, no me voy a subir ahí —dije, frunciendo el ceño—. ¿Acaso te gusta tomar lo ajeno? Esta camioneta es demasiado lujosa para un mesero. Seguro la pediste prestada a tus jefes para aparentar algo que no eres, y eso no es correcto. No pienso ser cómplice de tus mentiras.

Mis palabras parecieron encender una chispa de ofensa en Silas, quien hizo el amago de interceder y ponerme en mi lugar, pero el joven lo detuvo con un leve gesto de la mano.

—Silas, yo me hago cargo. Sube al auto —ordenó con una autoridad implacable.

Silas obedeció de inmediato, entrando al vehículo sin chistar. Me quedé parada en la acera, mirándolo con total seriedad, esperando una explicación lógica. El joven dio un paso lento hacia mí, invadiendo mi espacio personal.

Su mirada se volvió gélida, idéntica a la que usaría un hombre acostumbrado a mandar.

—Escucha bien, señorita Thorne —me siseó con voz profunda, una voz que me erizó la piel—. No soy ningún mesero. No soy cualquier hombre corriente en esta sociedad. Yo soy Luca West... el heredero multimillonario del que tanto hablaba tu hermana Vera.

Me quedé helada, mirándolo sin poder creer lo que mis oídos escuchaban.

—Te estoy salvando el pellejo de la humillación y de la calle —continuó, sentenciando cada palabra con una frialdad aplastante—. Así que vas a subir a ese auto. Serás mi esposa, seguirás cada una de mis indicaciones al pie de la letra... y me darás un hijo.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk