Atada Al Heredero WEST

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Capítulo 3 Eligió un don nadie

Siento morir en vida. No amo a ninguno de estos hombres; ni siquiera los conozco.

Mi madre siempre me decía que cuando me casara, debía ser por amor, porque yo merecía a alguien que me amara con la misma intensidad. Ahora que lo pienso, no entiendo de dónde sacó esa idea. ¿Quién podría amarme a mí? Nadie.

El amor y la misericordia no son cosas que se hayan hecho para mí. Sé perfectamente que estoy provocando a mi padre al inventarme este jueguito del listón, pero si me voy a entregar a uno de ellos solo por su maldita conveniencia, al menos me tomaré mi tiempo.

Mi madre también decía que el amor a primera vista existe y... quizás pueda correr con suerte, si es que el destino no me odia tanto.

A lo lejos, veo a mi hermanastra Vera susurrarle algo al oído a su madre; sé que disfrutan de mi desgracia, se les nota en las sonrisas burlonas. Mientras tanto, mi padre me clava una mirada con la que, seguramente, me está maldiciendo en silencio. Retomo aire, inflo el pecho e intento caminar con seguridad, aunque por dentro lo único que deseo es salir corriendo y huir de este cruel destino llamado matrimonio forzado por conveniencia.

Me paseo frente a cada uno de los hombres. Me detengo justo delante de uno de los caballeros que encabeza la lista de los veinte. Me obligo a asimilar mi realidad y extiendo el listón rojo hacia él, lista para terminar con la tortura. Pero entonces, algo extraño sucede. El listón no cae en las manos del caballero; un leve y repentino viento hace que se desvíe, volando directo hacia las manos equivocadas.

El silencio que le siguió a ese instante fue sepulcral. Nadie respiraba. Un segundo después, las murmuraciones empezaron a llover sobre mí, asfixiándome. Con terror, miré al hombre que ahora sostenía el listón, y luego volteé de inmediato hacia mi padre, mi madrastra y mi hermanastra, quienes ya venían a paso firme hacia mí.

—Pero, ¿qué es esta falta de respeto, Ela? —me gritó mi padre, con la cara desfigurada por la rabia.

—Mírenla... el apellido Thorne le queda demasiado grande —se mofó Vera en voz alta—. Ni siquiera es capaz de elegir a un buen esposo; ha elegido a un mesero insignificante.

Volví a clavar mi mirada en el mesero que tiene mi listón rojo entre sus dedos.

Qué pesadilla. ¿En qué clase de infierno peor me acabo de meter? Todos los invitados me miraban con acusación y desprecio. Pasé saliva, sintiendo que el aire me faltaba.

No obstante, el mesero no se intimidó. Se acercó a mí con pasos firmes, acortando la distancia hasta quedar frente a frente. Sostuvo mi mirada y, extendiendo su mano, ofreciéndome la cinta.

—Esto te pertenece —dijo.

Su voz, profunda y firme, me recorrió por completo. Su mirada fija de ojos verdes y un aroma a perfume varonil que no encajaba con su uniforme llamaron mi atención como nunca antes lo había logrado ningún hombre.

Pero reaccioné y negué con la cabeza con evidente pánico; no puedo tener a este hombre como esposo, mi padre sería capaz de matarme aquí mismo.

Recibí el listón de vuelta y, al instante, sentí el doloroso y brusco agarre de mi padre en mi brazo.

—Tu maldito juego te va a salir muy caro, Ela —me siseó al oído, apretándome con fuerza—. Me estás haciendo pasar una vergüenza imperdonable ante los invitados. Escoge ahora mismo a un esposo digno.

—Eso no será posible —intervino aquel mesero, elevando la voz y capturando la atención de todo el salón. Se paró con una postura imponente que me dejó sin palabras—. Deben cumplir su palabra. Y esta hermosa señorita será mi esposa.

El mesero extendió su mano y tomó la mía, cubriéndola por completo. En el momento en que su piel rozó la mía, sentí una corriente eléctrica sacudirme el cuerpo entero.

—Por favor, joven, esto ha sido un grave error... no complique más las cosas —le susurré desesperada, intentando soltarme, pero su agarre era firme y seguro.

—Deben cumplir con su palabra —secundó uno de los veinte caballeros invitados, cruzándose de brazos—. Si no lo hacen, esto será un revuelo público

—¿Cómo pudiste, Ela? Estás manchando el buen nombre de esta familia —me recriminó mi madrastra, Gala, logrando que un nudo amargo se instalara en mi garganta.

—Bueno, ahora que Ela eligió a un don nadie, yo les prometo, familia, que yo sí haré una excelente elección —interrumpió Vera, alzando la voz con arrogancia hacia los invitados—. En cuanto ese hombre multimillonario, el heredero West, ponga un pie en esta ciudad, será mío. Sere su esposa. Por favor, invitados, pueden retirarse. Qué vergüenza haberlos hecho esperar por esto.

Vera chaqueó los dedos como si fuera la reina absoluta de la casa, dedicándome una última mirada venenosa.

—¡Ya basta, por favor! —exclamé, sacando fuerzas de donde no tenía y soltándome de un tirón tanto del agarre de mi padre como de la mano del mesero—. Voy a remediar las cosas, yo...

—Tú no harás nada —me cortó mi padre con una frialdad implacable y una soberbia que me paralizo—. Te irás con ese hombre ahora mismo, lejos de esta casa y de esta familia. Eres una maldita vergüenza para mí, Ela. Ya no te quiero aquí.

Mi padre dio un paso hacia el mesero, mirándolo desde arriba con desprecio.

—¿Cómo diablos te llamas? —le preguntó de forma ruda.

El mesero se mantiene completamente calmado, inalterable ante los gritos y la humillación. No lograba comprender su actitud; cualquiera en su posición estaría temblando. ¿O es que acaso piensa que se está asegurando un futuro millonario a mi lado sin saber que estamos en la quiebra?

El joven dio un paso al frente, miró a mi padre con una seguridad aplastante y sonrió con un toque de

ironía.

—Un gusto, señor Thorne... Soy Luca West.

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