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Capítulo 13 La precisión del tiempo

ALEXANDRA

Al llegar, como siempre, me recibió Martha con una sonrisa de oreja a oreja.

​—Buenas noches, señorita Alexandra.

​—Buenas noches, Martha. ¿Cuándo vas a empezar a tutearme? —le pregunté, por enésima vez en lo que iba de mes.

​—Nunca, señorita. Cada cual debe conocer su lugar, y el mío es tratarla de usted.

​—Pero, Martha, si yo tengo el mismo estatus económico que tú. Entre nosotras no hay ninguna diferencia.

​—Está equivocada, señorita —replicó ella, mirándome con seriedad pero con infinito cariño—. Nunca vamos a estar en el mismo estatus, y no me refiero a lo económico. No estamos al mismo nivel porque usted tiene que estar en uno más alto siempre; no solo por encima de mí, sino de todos los que la rodean. Si se cree pequeña, será más pequeña que una hormiga; pero si se cree grande, será inalcanzable siempre.

​—Ah, usted y sus filosofías, Martha. No va a cambiar nunca —le dije, y ella soltó una risa cantarina.

​—Los señores la esperan en el salón, señorita —añadió, guiñándome un ojo antes de retirarse.

​Me quedé un segundo desconcertada por su gesto. ¿Qué bicho le había picado? Me encaminé hacia el salón principal y, nada más cruzar el umbral, lo primero que divisé fue el impacto directo de unos ojos grises clavados en mí.

​Se me cortó la respiración. No entendía qué hacía allí Harry si llevaba tres años sin aparecer por España ni una sola vez. Lo repasé de arriba abajo en un milisegundo y, si hace tres años me había parecido Dios griego, ahora mismo esa definición se quedaba ridículamente corta. Aquel cuerpo, sus facciones más maduras, el cabello rebelde y esa mirada penetrante... todo en él invitaba a tener pensamientos que no tenían nada de inocentes.

Ese físico parecía hecho a mano, diseñado minuciosamente para pecar, y estaba claro que el tiempo solo lo había mejorado. De pronto, se puso de pie, y al cambiar de postura fue inevitable notar la anchura de su espalda. Tuve que obligarme a parpadear y a sacudirme esos pensamientos insanos de la cabeza de inmediato. No podía comportarme como una cría deslumbrada.

​—Hola, Alex —me saludó Octavio, el padre de Oliver, rompiendo mi trance.

​—Hola a todos —respondí, tratando de recuperar la compostura.

​Me acerqué a saludar a cada uno con un beso en la mejilla y me senté de inmediato al lado de Sara, a quien rodeé con los brazos para felicitarla efusivamente por su logro.

​—¿Viste quién vino a visitarnos, Alex? —comentó Claudia, la madre de Oliver, con una sonrisa cómplice.

​—Sí, ya veo. Hacía mucho tiempo que no venías —dije sin más, intentando sonar indiferente mientras el recuerdo de nuestra última conversación en la piscina pasaba por mi mente.

Aquella tarde en la que Oliver le había soltado que me había besado con David.

​—Sí, la verdad es que la última vez no la pasé muy bien —soltó Harry, sosteniéndome la mirada de una forma que me erizó la piel.

​—Pero ya estás aquí, y esta vez no te vas a volver a marchar —intervino Claudia, ajena a la tensión silenciosa que acababa de instalarse entre nosotros.

​—¿No te vas de nuevo, Harry? —pregunté, forzando un tono calmado, aunque el resentimiento de recordar cómo intentó meterse en mi vida sin que yo se lo pidiera seguía ahí, latente.

​—No. Solo volveré en unos meses para presentar mi proyecto final en una galería de Londres. ¿Por qué? ¿Te molesta? —Su tono era pausado, pero su mirada se volvía cada vez más intensa, fija en mí de una manera casi magnética.

​—No, para nada —contesté, encogiéndome de hombros con obviedad—. Solo pensé que te quedarías a vivir allí después de terminar la universidad.

​—Pues no. Ya es tiempo de volver. Al fin y al cabo, aquí está lo que realmente me importa... Mi familia.

​—Qué bien, me alegro —concluí.

​No sabía por qué, pero el ambiente comenzó a sentirse extrañamente pesado, denso. Mientras el resto de la familia se enfrascaba en una conversación animada, decidí ponerme de pie discretamente y salir al jardín para tomar un poco de aire fresco. La brisa nocturna me alivió de inmediato, pero la tranquilidad me duró poco. Apenas unos minutos después, percibí unos pasos firmes acercándose por detrás.

​Me volteé. Era Harry.

​—¿Podemos hablar?

​Lo miré de pies a cabeza, resultaba humanamente imposible ignorar cómo le quedaba esa camisa de lino gris ceñida al cuerpo, haciendo un contraste perfecto con el tono de sus ojos. Le ajustaba tanto que delineaba cada uno de sus músculos. Se veía insultantemente bien; el corte de la ropa realzaba sus hombros, sus brazos y el pecho. Tuve que frenar en seco mis pensamientos por segunda vez en la noche. Parecía una adolescente salida y no me lo podía permitir.

​—Claro —le respondí, obligándome a sostenerle la mirada.

Tenía los ojos demasiado expresivos, pero prefería mirarlo a la cara antes de que los míos me traicionaran bajando hacia donde no debían.

​Me ofreció una de las copas de vino que traía consigo y la acepté con un asentimiento.

​—¿De qué quieres hablar? —pregunté, justo antes de darle un sorbo al vino. Al bajar la copa, noté que la mirada de Harry se desviaba por un instante hacia el borde del cristal, donde había quedado la marca perfecta de mi labial rojo cereza, para luego volver a clavarse en mis ojos.

​—Bueno, quería saber de ti —explicó, recortando la distancia entre los dos para apoyarse a mi lado, descansando una de sus manos sobre la farola de hierro que iluminaba la fuente del jardín—. Llevamos mucho tiempo sin vernos.

​—Sí, tres años exactamente —comenté con total normalidad, intentando restarle peso al asunto.

​—No son tres años.

​Arqueé una ceja, intrigada.

​—¿Ah, no?

​—Han sido dos años, once meses, tres semanas y unas dieciocho horas —soltó, sin pestañear.

​Me quedé sin palabras, completamente estupefacta. A eso era a lo que yo llamaba precisión.

​—¿Llevas la cuenta exacta de la última vez que nos vimos? —pregunté, con el corazón dándome un vuelco inesperado.

​Harry esbozó una media sonrisa, rompiendo un poco la seriedad de su rostro.

​—No —respondió, suavizando la voz—. Solo llevo la cuenta exacta de la última vez que estuve en España.

​—Ah... Claro. Eso suena bastante más lógico —contesté, aunque una parte de mí, muy en el fondo, no pudo evitar sentirse extrañamente decepcionada con su respuesta.

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