Apostó Perderme.

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Capítulo 12 Olvidar también es un arte.

ALEXANDRA

Oliver arrugó el entrecejo de inmediato, mirándola de reojo.

​—¿Cómo que algún que otro chico? Sara, ¿dónde exactamente piensas hacerte ese tatuaje?

​—Digamos que para que la gente lo vea, vamos a tener que estar en bikini —soltó ella, soltando una carcajada que terminó por contagiarnos a las dos.

​—Vale, de acuerdo —rezongó Oliver, intentando sonar estricto—. Pero espero que lo vea la menor cantidad de chicos posible, ¿entendido?

​—No te prometemos nada, hermanito —le devolvió Sara, imitándole el tono de voz y haciéndole rodar los ojos.

​—Venga, andando —dijo Oliver, tomándonos a cada una de la mano para guiarnos a la cabina interior. Allí nos esperaba el tatuador, sentado en una silla giratoria junto a la camilla.

​—Empezamos nosotros —sugirió Oliver—. Así ustedes van pensando bien los detalles.

​En cuestión de media hora, Oliver y yo ya llevábamos el pequeño símbolo del infinito grabado en la parte interna de la muñeca derecha. Al terminar, llegó el turno de Sara y el mío. Ella se acercó al tatuador para indicarle el lugar exacto en el costado, justo bajo la línea del sujetador, y tras escucharla, el hombre miró a Oliver.

​—Chico, vas a tener que salir un momento —le pidió amablemente.

​A Oliver le cambió el color de la cara de inmediato. La sola idea de imaginarse la zona del tatuaje lo puso visiblemente incómodo, así que asintió con torpeza y salió de la cabina a toda prisa, dejándonos solas con el artista.

​—Muy bien, ya sé dónde va —dijo el tatuador, acomodando los utensilios—. Ahora, ¿cuál es el diseño?

​Sara me miró con una complicidad absoluta.

​—Un ancla —anunció con seguridad.

​El hombre asintió y se puso manos a la obra, preparando la plantilla y trazando las primeras líneas sobre la piel de Sara. Yo me quedé observando el proceso, intrigada.

​—¿Por qué elegiste un ancla? —no pude evitar preguntar.

​—Porque representa la fuerza, la estabilidad y el poder de mantenerse firme en la tormenta —explicó ella, manteniendo la calma mientras sentía el siseo de la aguja—. Para mí significa mucho, pero antes de que lo preguntes... esa definición también te queda a ti como un guante.

​—¿A mí? —esbocé una sonrisa amarga, negando con la cabeza—. No lo creo, Sara.

​—Sí, Alex. Aunque ahora mismo no lo veas y te cueste creerlo, eres increíblemente fuerte. Si te dieras el valor que realmente tienes, si te priorizaras un poco más y entendieras lo genial e importante que eres, te darías cuenta del poder que llevas dentro. Quiero que tengas este diseño en tu piel para que, el día que por fin te quites la venda de los ojos, recuerdes que esa fuerza siempre estuvo ahí, contigo.

​Escucharla me revolvió todo por dentro. Sabía que sus palabras nacían del cariño ciego que me tenía, pero me resultaba tan difícil identificarme con esa descripción. La chica fuerte y poderosa de la que hablaba no se parecía en nada a la Alexandra que yo veía en el espejo.

​Cuando el proceso terminó y vi el pequeño y delicado diseño plasmado en mi propio costado, no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas. Una de ellas rodó por mi mejilla, no por el dolor físico, sino por el peso de sus palabras.

​Al salir de la cabina, Oliver nos esperaba impaciente. Al verme la mirada cristalina, no hizo preguntas; simplemente nos rodeó a ambas con sus brazos en un abrazo cálido y apretado.

​—Feliz cumpleaños, Alex —murmuraron casi al unísono, y por un instante, el vacío de los últimos tres años dolió un poco menos.

Basta con mirar mis tatuajes para que los recuerdos me inunden, y eso es lo mejor de todo: saber que cada vez que baje la vista hacia el símbolo del infinito pensaré en Oliver, y que cuando divise el ancla en mi costado me acordaré de Sara.

​El sonido de mi teléfono me trajo de vuelta a la realidad. En la pantalla brillaba el nombre de Oliver, así que descolgué de inmediato, esbozando una sonrisa automática.

​—¿Cómo está el hermano más guapo del planeta? —pregunté de buen humor.

​Durante los últimos tres años, él y Sara se habían convertido en mis únicos pilares, las únicas personas capaces de sacarme una carcajada sincera, aunque Lucía, a su manera y con sus intermitencias, tambien había estado presente.

​—Perfectamente —respondió él al otro lado de la línea, con su habitual energía—. Oye, ¿vas a venir esta noche?

​—¿A dónde? —pregunté, despistada.

​—A mi casa, Alex. ¿A dónde más?

​—Pues... la verdad es que no tenía planes de ir.

​—¿Cómo que no? —replicó él, extrañado—. ¿Se te olvidó que le vamos a hacer una cena de bienvenida a Sara?

​—No, no se me olvidó —admití, acomodándome el pelo detrás de la oreja—. De hecho, por eso mismo lo digo. Supuse que sería una cena íntima, algo puramente familiar.

​—Y tú eres de la familia, Alex, no fastidies. Además, hay que celebrar por todo lo alto que el Ballet Nacional de España la quiere en sus filas, ¿no crees?

​Me quedé helada a mitad de la habitación. ¿Había escuchado bien?

​—Espera... ¿qué acabas de decir?

​—Que le enviaron una carta formal diciendo que la quieren en el elenco principal, y ella ya firmó el contrato. ¡Se queda!

​—¿Es en serio? —Sentí una oleada de orgullo recorriéndome el pecho—. Pero si ese era el sueño de su vida...

​—Sí. Su meta inicial era Londres, pero dice que extraña demasiado España y que prefiere estar cerca. Se muda definitivamente aquí, y eso hay que celebrarlo como Dios manda.

​—De acuerdo, me convenciste —sonreí, contagiada por la noticia—. ¿A qué hora tengo que estar allí?

​—A las ocho en punto. No te retrases.

​—Allí estaré. Besitos.

​Colgué la llamada sintiendo una alegría genuina. Sara llevaba años dejándose la piel en cada ensayo, superando lesiones y frustraciones, y me hacía inmensamente feliz saber que por fin lo había conseguido. El éxito no le podía haber llegado a una persona mejor.

​Con el tiempo justo, caminé hacia el armario para empezar a vestirme. Tras rebuscar unos minutos, escogí un vestido negro, ajustado al cuerpo y un poco más corto de lo habitual, pero que no dejaba de verse elegante. Me había costado los ahorros de cuatro meses enteros, pero me encantaba cómo me sentaba. Tenía un escote en V bastante pronunciado; por lo general no suelo usar este tipo de cortes porque me da un poco de vergüenza y, además, Lucía siempre me repetía que no me favorecía en absoluto. Sin embargo, hoy me apetecía llevarlo. Me sentía diferente, con ganas de pisar fuerte.

​Lo combiné con unos zapatos de tacón alto y plataforma cuadrada, del mismo color del vestido, que me hacían ganar unos cuantos centímetros de estatura y estilizaban mi figura. Me maquillé los ojos de forma muy sutil, con tonos neutros, para dejarle todo el protagonismo a los labios, los cuales pinté con un labial rojo cereza, intenso y vibrante. El cabello decidí dejármelo suelto, cayendo al natural sobre mis hombros.

​Siempre me ha gustado la moda, así que esto de arreglarme y combinar prendas nunca se me ha dado mal; sé perfectamente qué cortes y colores me favorecen más que otros. Lo único es que, cuando salgo con Lucía, prefiero pasar desapercibida y no esmerarme demasiado para evitar que piense que quiero aparentar algo que no soy.

​A las siete y cincuenta de la tarde me miré por última vez y estaba lista.

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