Apostó Perderme.

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Capítulo 11 Cicatrices y anclas

ALEXANDRA

​Una vez leí que el tiempo todo lo cura. Quizás sea verdad, o quizás sea solo una frase hecha que inventó alguien que lo estaba pasando muy mal y necesitaba aferrarse a un poco de esperanza. Yo quiero creer en ella. Quiero pensar que llegará el día en que me olvide por completo de David y de aquel maldito beso. Mientras tanto, lo único que me queda es seguir adelante y actuar como si nunca hubiera pasado nada.

​Ayer cumplí diecisiete años. Sí, ya han pasado tres años desde aquella estúpida apuesta. Tres años desde ese beso y tres años desde que David hizo las maletas y se marchó a Los Ángeles.

​Si tuviera que hacer un recuento de este tiempo, no sé muy bien por dónde empezar. A Sara la he visto muy poco; ya tiene dieciocho años y se está dejando la piel para conseguir una plaza en el prestigioso Ballet Nacional de Londres. Por lo que me cuenta, el nivel de exigencia es brutal, pero a ella le apasiona la danza, así que está feliz y enfocada.

Oliver, por su parte, entrena duro con la meta fija en que lo acepten en la selección española de fútbol, y debo decir que no va por mal camino.

​De Harry, bueno... de él no sé mucho. Sé que está bien y centrado en su carrera, ya que en unos meses se gradúa como fotógrafo en una de las mejores universidades de Londres. No lo he vuelto a ver ni he hablado con él. Curiosamente, nunca acompaña a Sara las veces que ella viene a visitar a la familia Castro. Su hermana insiste en que no tiene un segundo libre por los estudios, pero a mí me cuesta creer que en tres años no haya podido sacar un solo fin de semana. Aun así, prefiero pensar que de verdad está muy ocupado.

​Lucía ahora está saliendo con Christian, el amigo de su hermano Marcos, y se les ve bastante bien. Está haciendo castings para varias revistas porque quiere abrirse camino como modelo, y a eso dedica el tiempo que le deja libre el colegio. La realidad es que ya casi no hablamos; la distancia se nota y, a decir verdad, la extraño. Sin embargo, entiendo que ahora tiene sus propios planes y sueños.

​Por otro lado, mi hermana está a punto de terminar la carrera de medicina. Se gradúa en unos meses y yo solo rezo para que consiga plaza en Italia; si regresa a casa, sé que me va a dar algo. Mi madre sigue exactamente igual, con la única diferencia de que ahora se le ha metido entre ceja y ceja que debo enamorarme de Oliver.

¡De Oliver, por Dios! Si lo quiero como a un hermano. El otro día no solo lo dejó caer en una conversación, sino que prácticamente me lo exigió.

​También me recriminó que he cambiado mucho, que ya no soy la niña cariñosa y obediente de antes. Ella no sabe lo que pasó con David, nunca se lo conté, pero no puedo negar que tiene razón en algo: he cambiado. Ya no soy tan afectuosa, es verdad, pero es que madurar me enseñó que el cariño es algo que se gana, y yo me pasé la infancia regalándoselo a personas que no se lo merecían, y mi madre y mi hermana están a la cabeza de esa lista.

​¿Y qué puedo decir de mí? Creo que nada especialmente interesante. En estos tres años me he limitado a estudiar, a hacer lo que mis padres esperan de mí y a pasar el rato con Oliver. No voy a mentir: he intentado conocer a otros chicos, pero en cuanto se enteran de aquel beso con David, los celos y las comparaciones absurdas entran en juego y todo se va al traste. ¿Que cómo se enteran? Ni idea. El pueblo es pequeño y las malas lenguas vuelan, pero el resultado siempre es el mismo. Y en el fondo, tampoco puedo ocultar que sigo sintiendo algo por David, por mucho que me pese.

​Ayer fue mi cumpleaños y, si no hubiera sido por Oliver, habría sido un día gris y corriente. Para mi familia hay fechas por las que no vale la pena mover un dedo, y mi nacimiento parece estar en esa categoría.

​Oliver me llevó a nuestra cafetería favorita y, sin que yo lo sospechara, me tenía preparada una sorpresa. Cuando entramos y nos dirigimos a la mesa de siempre, Sara estaba allí sentada, esperándonos. Me dio un vuelco el corazón. El día anterior me había asegurado por teléfono que le resultaría imposible viajar, así que verla allí fue el mejor regalo que me pudieron hacer.

​Después de ponernos al día entre risas, tartas y batidos de chocolate, Oliver me guio hacia un sitio del que yo no tenía la más mínima pista. Caminamos unas calles hasta que nos detuvimos frente a un local de tatuajes. El ambiente al entrar era increíble, con las paredes decoradas y esa estética tan particular que me fascinó al instante. El dueño resultó ser un amigo cercano de la familia Castro, por lo que no había problemas con los permisos. Al principio pensé que solo Oliver se haría algo, pero la sorpresa era para mí.

​—Quiero que nos hagamos un tatuaje juntos —me soltó Oliver con total naturalidad.

​Lo miré con los ojos como platos, completamente impresionada. No me lo esperaba para nada.

​—Oliver, eres consciente de que esto es para toda la vida, ¿verdad?

​—Claro que lo sé —respondió, dedicándome una sonrisa sincera—. Pero vamos a ser hermanos para siempre, ¿o no?

​Sus palabras me conmovieron profundamente. Oliver siempre me ha demostrado su lealtad con hechos, protegiéndome y apoyándome como el hermano que la biología me negó. Si había alguien con quien estaba dispuesta a compartir una marca en la piel, era con él.

​—Sí, siempre lo seremos —afirmé, contagiada por su entusiasmo—. Así que tú dirás, ¿qué nos vamos a hacer?

Me miró con un brillo de genuino afecto en los ojos.

​—El símbolo del infinito. Porque lo nuestro no tiene fecha de caducidad.

​—Me parece perfecto —asentí, convencida.

​—¡Eh, que yo no me pienso quedar atrás! —intervino Sara, cruzándose de brazos con fingida indignación.

​—¿Tú también te vas a tatuar el infinito con nosotros? —le pregunté, sonriendo.

​—No, con él no —respondió ella, señalándome con el dedo—. Solo contigo. Algo que sea nuestro.

​—¿Y qué nos haremos?

​—Algo que solo entendamos tú y yo... Bueno, y algún que otro chico en el futuro —añadió con esa típica sonrisa pícara suya.

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