Capítulo 10 El eco de una despedida
ALEXANDRA
—¿Me pueden decir qué coño le pasa a su hermano conmigo? —pregunté, alternando la mirada entre la piscina y ellos, buscando una explicación que no encontraba.
—No sé, Alex —admitió con un hilito de voz, encogiéndose de hombros—. Yo tampoco entiendo nada.
Giré el rostro hacia su hermana.
—¿Sara?
—Ni idea —respondió ella, arrugando el entrecejo—. De verdad. Solo lo he visto reaccionar así una vez, cuando un chico me invitó a salir en Londres. Después se relajó, pero ahora... no sé qué mosca le ha picado.
Me crucé de brazos, frustrada. Sin embargo, Sara no tardó en cambiar el chip; sus ojos se iluminaron y me dedicó una sonrisa de oreja a oreja mientras me palmeaba el asiento a su lado.
—Pero bueno, ven, siéntate y dime cómo te fue ayer —pidió con entusiasmo.
—Pues bien. Todo lo que pasó fue tal cual lo vieron —respondí, intentando mantener el entusiasmo, aunque el ambiente ya se sentía enrarecido.
Sara se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, rebosante de curiosidad.
— ¿Y ahora qué?
—¿Ahora qué de qué? —intervino Oliver, arqueando una ceja.
—A ver, genio, ya se besaron —explicó Sara, rodando los ojos con obviedad—. ¿Ahora qué va a pasar entre ellos?
Oliver soltó una risa seca.
—Pues nada. Ya se besaron, ella ganó la dichosa apuesta y listo. Fin del cuento.
Las palabras de Oliver me escocieron un poco, obligándome a poner las cartas sobre la mesa. Decidí ser completamente sincera, tanto con ellos como conmigo misma.
—La verdad, no sé... pero sí me gustaría que pasara algo más.
Sara dio una palmada limpia, triunfante.
—¡Lo sabía! Sabía que no iba a quedarse solo en un beso. Tenía toda la razón.
Oliver, en cambio, se puso serio de inmediato.
—Pero ¿qué mierda me estás contando, Alex? ¿Te gusta David?
—Sí, me gusta. Y bastante —admití, sintiendo cómo las mejillas me ardían, pero sosteniéndole la mirada—. Chicos, si les soy sincera, me gustaría que lo que pasó ayer se repitiera un millón de veces.
Al ver mi vulnerabilidad, la expresión de Oliver se suavizó. Se inclinó hacia mí y me tomó de la mano, dándome un apretón cariñoso, protector.
—Alex, cariño... La familia Guerra no es como la nuestra. Ellos sí creen en esa ridícula brecha de que las personas con dinero no pueden mezclarse con los de pocos recursos. Esto no te lo digo por hacerte daño, de verdad. Nosotros te queremos tal y como eres, a nosotros eso nos importa una mierda, pero a ellos, desgraciadamente, sí. Y no quiero que te hagan daño. No quiero que seas el capricho temporal de nadie.
—David no es así —repliqué de inmediato, tratando de convencerme a mí misma más que a él.
—¿Cómo lo sabes, Alex? —insistió Oliver, con un tono cargado de escepticismo.
—Lo sé porque... porque un hombre que piensa así no actúa como él lo hizo. Si fuera igual a su familia, no me hubiera besado de esa manera, no me hubiera invitado a salir, ni hubiera bailado conmigo toda la noche ignorando al resto del mundo. Hubo algo real ahí, lo sentí.
Sara suspiró. Me miró con lástima, lo que me dolió aún más que la severidad de Oliver.
—Alex... creo que mi hermano tiene razón esta vez. No te ilusiones con él. Al menos, no tan rápido. Protégete un poco.
El vibrar de mi teléfono interrumpió la tensión del momento. En la pantalla brillaba el nombre de Lucía. Sentí un vuelco de alivio en el pecho; llevaba deseando hablar con ella desde que abrí los ojos por la mañana, pero no había logrado comunicarme.
—Hola —le dije a modo de saludo apenas descolgué, ansiosa por desahogarme.
—¡Hola! Al fin te encuentro —respondió Lucía del otro lado de la línea, sin preámbulos—. Ahora sí, cuéntame absolutamente todo lo que pasó ayer. No te guardes nada.
Sonreí por primera vez en la tarde. Me levanté del asiento y me alejé unos pasos de Oliver y Sara, buscando un poco de intimidad. Le conté todo el episodio tal cual había sucedido, con lujo de detalles: la música, las miradas, la tensión acumulada y, finalmente, el beso. No me avergonzó confesarle la tormenta de emociones que me había invadido en ese instante, ni el profundo deseo de volver a repetir la experiencia lo antes posible.
—Ahora mismo me muero por verlo —añadí, mordiéndome el labio inferior mientras miraba al suelo—. Pero estoy esperando a que me llame. No quiero ser yo la que dé el primer paso y parecer una desesperada.
Hubo un silencio repentino al otro lado de la línea. Un silencio denso, pesado, que me hizo fruncir el ceño.
—Pues... eso va a estar bastante difícil, Alex —soltó Lucía. Su tono ya no era festivo; sonaba apagado, casi fúnebre.
—¿Por qué? —pregunté, extrañada, sintiendo una ligera punzada de inquietud en el estómago.
—Alexandra, ¿cómo que por qué? ¿De verdad no lo sabes?
—Si te estoy preguntando es porque no sé, Lucía.
Escuché a Lucía suspirar profundamente al otro lado del teléfono.
—Alexandra... porque él se va. Más bien, se fue hoy mismo para Estados Unidos. Viajó a Los Ángeles para terminar el curso allá y luego empezar la universidad en la misma ciudad. Por eso fue la fiesta de anoche, Alex. Era su fiesta de despedida.
Las palabras de Lucía flotaron en el aire antes de estrellarse contra mí con la fuerza de un camión.
Mis dedos perdieron la fuerza y la pantalla del teléfono se oscureció cuando colgué de manera automática, dejándome sosteniendo el aparato contra el pecho, como si intentara detener el violento vuelco de mi corazón.
La revelación me golpeó con una crudeza insoportable: la fiesta no era un evento cualquiera, el beso no era el inicio de nada. Era el cierre de un ciclo para él, y un juego cruel para mí.
Sara, que no había dejado de observarme. Se acercó a mí a pasos rápidos, con los ojos abiertos por la preocupación.
—¿Alex? ¿Qué pasa? Estás pálida...—Su mano se posó en mi hombro, pero yo apenas la sentí.
Tardé varios segundos en recuperar el control de mis cuerdas vocales
—David se acaba de ir para Estados Unidos... —solté, y pronunciar su nombre me dolió físicamente—. Se fue hoy a terminar el curso en Los Ángeles y a comenzar la universidad allá.
Oliver, miró a Sara y luego a mí, procesando la información. La compasión y el enfado compitieron en sus rostros, confirmando lo que yo me resistía a aceptar: ellos tenían razón.
— ¿Se fue hoy? ¿Sin decirte nada?
La realidad cayó sobre mí con todo su peso, aplastando las ridículas fantasías que había estado alimentando desde la noche anterior.
—Alex, lo siento mucho —dijo Oliver, levantándose finalmente para acercarse a mí. Su tono ya no tenía rastro del "te lo dije" que tanto temía; solo había una profunda y sincera pena—. Es un imbécil. Un completo cobarde por no haber tenido los pantalones de decírtelo anoche.
—No pasa nada —mentí, tragándome el llanto mientras daba un paso atrás, rehuyendo el contacto físico. Necesitaba aire, necesitaba espacio, necesitaba desaparecer—. Está bien. Tienen razón, fue solo un beso. Una apuesta. No significa nada.
