Capítulo 8 Lo que no cuadra
Fingí estar dormida cuando escuché la puerta del garaje, y seguí fingiendo mientras Damián subía las escaleras despacio, con ese cuidado exagerado de quien no quiere despertar a nadie porque sabe, en algún rincón de su conciencia, que está llegando más tarde de lo que debería. Escuché sus pasos detenerse un momento en el pasillo, como si dudara entre entrar directo al cuarto o pasar primero por el baño, y finalmente eligió el baño, algo que en ocho años de convivencia nunca había sido su costumbre.
Se metió en la cama con cuidado, y fue ahí, cuando se acomodó a mi lado, que el olor llegó hasta mí con total claridad: un perfume floral, dulce, completamente distinto al mío, distinto también a cualquier colonia que él usara habitualmente. No era un olor casual, de haber estado cerca de alguien en un ascensor apretado. Era el tipo de olor que se impregna después de un abrazo prolongado, de una cercanía que no correspondía a ninguna reunión de trabajo con seis personas en la sala.
No dije nada esa noche. Me quedé quieta, con los ojos cerrados, respirando ese perfume ajeno hasta que finalmente logré, no sé cómo, quedarme dormida de verdad, con la mente todavía dando vueltas alrededor de una sola pregunta que no me animaba a formular del todo: ¿de quién era ese perfume, y por qué mi cuerpo entero ya sospechaba la respuesta antes de que mi mente terminara de procesarla?
A la mañana siguiente, mientras Damián se duchaba, tomé su saco del respaldo de la silla donde lo había dejado tirado la noche anterior, más por un impulso que no llegué a razonar del todo que por una decisión consciente. Nunca antes había revisado sus cosas. Ocho años de relación se habían sostenido, en parte, sobre esa clase de respeto mutuo por el espacio del otro, y sentí, incluso mientras lo hacía, una punzada de culpa que no logré del todo silenciar.
Busqué en los bolsillos sin saber bien qué esperaba encontrar. En el bolsillo interior, doblado en cuatro, había un recibo de un restaurante que no conocía, con la fecha del día anterior y una hora —las nueve y media de la noche— que no coincidía en absoluto con lo que él me había dicho sobre "una reunión urgente con seis personas" que, según sus propias palabras, iba a extenderse hasta tarde por la complejidad del tema.
Un restaurante. A las nueve y media. Para dos personas, según el detalle del consumo: dos copas de vino, dos platos principales, un postre para compartir.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies de una manera que ninguna de las señales anteriores había logrado provocar. Hasta ese momento, todo había sido sospecha, intuición, pequeños gestos que podía justificar si me esforzaba lo suficiente. Esto era distinto. Esto era papel, tinta, una fecha y una hora que no admitían ninguna interpretación generosa.
Guardé el recibo en el bolsillo de mi propia bata, con las manos temblándome apenas, justo cuando escuché que se cerraba la ducha. Devolví el saco a la silla exactamente como estaba, alisando cualquier arruga que mi búsqueda pudiera haber dejado, y salí del cuarto antes de que Damián pudiera verme ahí parada, con esa sensación extraña y contradictoria de haber hecho algo mal por buscar la verdad sobre mi propia vida.
Esa mañana, mientras desayunábamos, lo observé con una atención nueva, buscando en cada gesto suyo alguna grieta que confirmara lo que el recibo ya me había dicho con toda claridad. Habló del clima. Habló de un partido de fútbol que había visto de reojo la noche anterior, en algún momento entre la reunión y la vuelta a casa, según su relato. No mencionó ningún restaurante. No mencionó ninguna cena. Y cuando le pregunté, con la voz más neutra que pude reunir, cómo había estado la reunión con los Duarte, respondió con una fluidez tan perfecta que, de no haber tenido ese papel guardado en el bolsillo de mi bata, me hubiera bastado para no dudar de nada.
—Larga —dijo, sirviéndose más café—. Pero productiva. Creo que vamos a cerrar los permisos antes de lo previsto.
Sonreí, asentí, y guardé silencio sobre lo único que en ese momento me importaba de verdad: que Damián Valcázar, el hombre con el que estaba a punto de casarme, me acababa de mentir en la cara con una tranquilidad que solo se consigue con práctica.
Terminé mi café en silencio, observándolo leer las noticias en el teléfono con una calma absoluta, completamente ajeno al hecho de que su prometida acababa de descubrir, con papel y tinta de por medio, que la vida perfecta que creíamos estar construyendo juntos tenía, desde hacía quién sabe cuánto tiempo, una grieta que ya no iba a poder ignorar. Guardé el recibo en un cajón cerrado con llave de mi propio escritorio, junto a los planos y contratos que administraba para la empresa, decidida a no hacer nada precipitado todavía, pero también decidida, por primera vez desde que todo esto había empezado, a no dejar pasar ni una sola señal más sin investigarla hasta el final.
