Capítulo 7 El proyecto conjunto
La noticia llegó una semana después, durante una cena de negocios que ya tenía agendada desde hacía meses: Damián anunció, con una naturalidad que a esa altura ya no me convencía de nada, que la empresa familiar de los Duarte se había sumado como socia estratégica a la ampliación del puerto.
—Es una jugada inteligente —explicó, mientras servía el vino para los pocos socios que quedaban en la mesa después del postre—. Ellos tienen la flota que nosotros necesitamos, nosotros tenemos la infraestructura que a ellos les falta. Va a acelerar todo el proyecto en, por lo menos, seis meses.
—¿Y quién va a coordinar el proyecto del lado de los Duarte? —preguntó uno de los socios, con una curiosidad que en ese momento me pareció completamente inocente.
—Camila —respondió Damián, sin ninguna vacilación, como si el nombre no significara absolutamente nada—. Ella asumió la dirección de operaciones de la empresa familiar hace un tiempo. Va a estar trabajando de cerca con nosotros durante todo el proceso.
Sentí que la copa de vino se me resbalaba levemente entre los dedos, aunque logré sostenerla a tiempo antes de que nadie más notara nada extraño. Miré a Damián, buscando algún gesto de incomodidad, algo que delatara que él también entendía la magnitud de lo que acababa de anunciar frente a media docena de socios. No encontré nada. Su expresión era la de cualquier ejecutivo hablando de cualquier acuerdo comercial cualquiera, sin ningún peso emocional oculto detrás.
Esperé a que se fueran los últimos invitados para hablar con él a solas.
—¿Vas a trabajar directamente con Camila?
—Renata, es una decisión de negocios. —Su tono sonó paciente, casi condescendiente, el tono que uno usa para explicarle algo obvio a alguien que se está poniendo difícil sin motivo—. Ella tiene exactamente los contactos que necesitamos. Sería una tontería dejar pasar esta oportunidad solo porque hay una historia personal de por medio.
—¿Y no te parece que, justamente por esa historia personal, tal vez no eres la persona más objetiva para tomar esta decisión?
Damián se pasó una mano por el pelo, un gesto de frustración contenida que yo conocía bien de las negociaciones más difíciles.
—Confío en que puedo separar las cosas. Ya te lo dije: lo de Camila es pasado. Esto es estrictamente profesional.
Quise creerle. Quise, con una desesperación que me sorprendió por su intensidad, encontrar alguna forma de convencerme de que Damián tenía razón, de que ocho años de relación merecían el beneficio de la duda frente a una decisión de negocios que, en abstracto, efectivamente tenía sentido.
—Está bien —dije finalmente, aunque algo en mi pecho seguía tenso—. Confío en ti.
Las semanas que siguieron trajeron reuniones cada vez más frecuentes entre Damián y el equipo de los Duarte. Al principio me invitaba a participar, me mostraba los avances, me pedía opinión sobre algunos aspectos técnicos del proyecto con la misma naturalidad de siempre. Pero de a poco, sin que yo pudiera señalar un momento exacto en que el cambio hubiera ocurrido, las reuniones empezaron a pasar sin mí. Una llamada rápida que se extendía. Un almuerzo de trabajo que no incluía mi presencia porque "era mejor mantenerlo simple, solo los directamente involucrados". Una consulta técnica que podía haberme hecho a mí, la persona que en realidad diseñó la estructura financiera de todo el proyecto, y que en cambio terminaba resolviendo directamente con Camila.
Faltaba una semana para el ensayo de la boda cuando Damián entró al living una tarde, con el teléfono en la mano y esa expresión de disculpa ya armada que empezaba a reconocer de memoria.
—Amor, tengo que cancelar la cena de esta noche. Surgió una reunión urgente con los Duarte, algo sobre los permisos portuarios que no puede esperar.
—¿Con Camila?
—Con todo el equipo, Renata. No es una cena romántica, es una reunión de trabajo con seis personas más en la sala. —Su tono volvió a sonar defensivo, esa irritación que antes no tenía y que ahora aparecía cada vez con más facilidad—. No puedo creer que todavía tenga que aclarar esto.
—No dije que fuera romántica. Solo pregunté quién iba a estar.
—Va a estar Camila, sí. Como directora de operaciones de la empresa que se sumó al proyecto. Igual que va a estar el director financiero, el jefe de logística, y cinco personas más. —Se puso el saco con movimientos bruscos, más apurado de lo que la situación parecía justificar—. No puedo cancelar una reunión de negocios de esta magnitud porque a ti te incomode.
Las palabras me dolieron más de lo que hubiera querido admitir, no tanto por el contenido sino por el tono: frío, distante, como si yo fuera un obstáculo burocrático más en su día en vez de la mujer con la que había construido una vida entera.
—Ve —dije finalmente, tragándome cualquier otra objeción—. Espero que la reunión sea productiva.
Se fue sin despedirse con el beso habitual, algo que registré, en silencio, como una pieza más del rompecabezas que ya no podía seguir ignorando. Me quedé sola en la casa esa noche, cenando algo liviano frente al televisor, sin lograr concentrarme del todo en ningún programa, revisando cada tanto el reloj y calculando cuánto podía durar, realmente, una reunión de trabajo con seis personas.
Volvió pasada la medianoche, oliendo levemente a un perfume que no era el mío.
