Antes de Ser Tu Esposa

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Capítulo 6 Comparaciones

Costanza me citó al día siguiente con la excusa de terminar de definir el menú de la boda, aunque para cuando llegué al salón principal de la mansión Valcázar ya intuía que la comida iba a ser, como mucho, la mitad del propósito real de esa reunión.

—Camila estuvo espectacular anoche, ¿no te parece? —dijo, sin ningún preámbulo, apenas nos sentamos frente a las carpetas de siempre—. Esa mujer siempre tuvo un estilo particular para estas cosas. Sabe exactamente cómo entrar a una sala y hacer que todos la noten.

—Sí, tiene mucha presencia —respondí, con la neutralidad más absoluta que pude fingir.

—Es curioso, ¿sabes? —Costanza acomodó unas muestras de tela sin necesidad real de hacerlo, un gesto que reconocí como su forma de ganar tiempo antes de decir algo que sabía que iba a doler—. Ella y Damián siempre tuvieron una química particular. De esas que algunas parejas simplemente tienen, sin ningún esfuerzo, desde el primer día. Ustedes dos construyeron algo hermoso también, por supuesto, pero de una manera distinta. Más... trabajada, ¿me entiendes?

Sentí el golpe con toda su precisión calculada, envuelto en un cumplido tan sutil que hubiera sido difícil de señalar como ofensa sin sonar exagerada.

—No sé si hay una manera correcta de construir una relación, Costanza. La nuestra funciona.

—Por supuesto que funciona, querida. No quise decir lo contrario. —Sonrió, con esa cortesía impecable que jamás la abandonaba del todo—. Solo digo que hay historias que uno construye con esfuerzo y dedicación, y hay otras que simplemente... son. Desde siempre. No hay ningún mérito en eso, ni ningún demérito tampoco. Son, simplemente, distintas.

No respondí. No tenía ninguna respuesta que no implicara decir algo de lo que después me arrepintiera, así que me limité a asentir y seguir revisando las muestras de tela con una concentración que no sentía en absoluto.

Costanza cambió de tema con la misma naturalidad con la que lo había introducido, pasando a discutir opciones de flores como si los últimos cinco minutos no hubieran existido, y durante el resto de la reunión mantuvo una cordialidad impecable que me resultó todavía más inquietante que cualquier comentario directo. Había algo deliberado en la forma en que sembraba esas dudas y después las dejaba ahí, sin insistir, confiando en que crecieran solas.

Me fui de esa casa con la sensación de cargar algo pesado que no había tenido antes de entrar.

Fue esa misma tarde, ya de regreso en casa, cuando empecé a notar el patrón con el teléfono.

Damián lo revisaba con una frecuencia que antes no tenía: en el desayuno, mientras miraba televisión, incluso en medio de una conversación conmigo, con una compulsión disimulada pero constante que antes de esa semana no formaba parte de sus costumbres. Cada vez que la pantalla se iluminaba, sus ojos iban directo hacia ella con una rapidez que delataba una expectativa concreta, algo que esperaba encontrar, algo que temía o deseaba encontrar en igual medida.

—¿Todo bien con el trabajo? —le pregunté esa noche, mientras cenábamos, viéndolo revisar el teléfono por tercera vez en diez minutos.

—Todo bien. —Lo guardó rápido, con esa misma torpeza practicada que empezaba a resultarme dolorosamente familiar—. Es el tema del contrato del puerto, sigue complicado.

—Llevas semanas con ese contrato.

—Estas cosas llevan tiempo, Renata. —Su tono sonó, por primera vez, levemente irritado, algo que tampoco era propio de él—. No hace falta que me controles cada movimiento.

Las palabras me cayeron como un balde de agua fría. Nunca, en ocho años juntos, Damián me había hablado así, con esa defensividad cortante que solo se usa cuando uno tiene algo que ocultar y siente que el terreno empieza a resbalarle bajo los pies.

—No te estoy controlando —dije, con una calma que me costó horrores sostener—. Solo te pregunté cómo estabas.

Se disculpó casi de inmediato, como quien se da cuenta demasiado tarde de haber cruzado una línea, y el resto de la cena transcurrió en un silencio incómodo que ninguno de los dos supo cómo romper del todo. Intentó compensarlo después, sirviéndome más vino del que había pedido, contándome una anécdota graciosa de la oficina que en cualquier otro momento me hubiera hecho reír de verdad. Sonreí por cortesía, sin lograr que la tensión de minutos antes se disolviera del todo.

Pero esa noche, mientras me lavaba los dientes, no pude dejar de pensar en la irritación repentina de Damián, tan desproporcionada frente a una pregunta tan simple, y en una decisión que empezó a tomar forma en mi cabeza sin que yo la buscara del todo: la próxima vez que ese teléfono se iluminara sobre la mesa, sin que él lo notara, iba a mirar la pantalla.

Nunca antes había sentido la necesidad de hacer algo así. Ocho años de confianza construida con paciencia se resistían, todavía, a esa idea. Pero la voz de Costanza seguía sonando en mi cabeza, con esa frase envenenada disfrazada de cumplido —hay historias que simplemente son, desde siempre—, y algo en mí, algo que reconocí con incomodidad como instinto de supervivencia, había empezado a prepararse para lo peor.

Me acosté esa noche dándole la espalda a Damián, algo que casi nunca hacía, y me quedé un largo rato despierta, escuchando su respiración pausada a mi lado, preguntándome cuántas de las certezas que tenía sobre mi propia vida iban a resistir el peso de lo que fuera que estuviera por descubrir.

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