Capítulo 5 El regreso
La inauguración de la nueva sede del fondo de inversión era, en teoría, un evento que llevábamos meses planeando: cóctel, prensa especializada, la mitad de los socios importantes de la ciudad reunidos bajo un mismo techo para celebrar algo que Damián y yo habíamos construido juntos, ladrillo por ladrillo, durante años.
Elegí un vestido azul oscuro, del color exacto que Damián decía que le recordaba al mar en calma, y bajé al salón principal esa noche con la sonrisa profesional que tantas veces había usado en eventos parecidos. Todo transcurría con la normalidad esperada: apretones de manos, brindis, fotografías para la prensa. Hasta que la vi.
Camila Duarte entró al salón como quien entra a un lugar que ya conoce, con esa clase de seguridad que no se aprende, se hereda o se cultiva durante años de sentirse siempre bienvenida en todas partes. Llevaba un vestido rojo que contrastaba deliberadamente con la paleta más discreta del resto de las invitadas, y una sonrisa que se dirigió, sin ningún disimulo, directamente hacia Damián.
Sentí que el estómago se me apretaba, aunque mantuve la expresión perfectamente calma, la misma que había perfeccionado durante años de eventos sociales donde cualquier gesto podía leerse como una debilidad.
—¿La invitaste tú? —le pregunté a Damián en voz baja, aprovechando un segundo en que nadie más podía escucharnos.
—No. —Su respuesta fue rápida, quizás demasiado rápida—. Debe haber venido con algún socio. Es parte del círculo de negocios de la ciudad, Renata, no puedo controlar cada invitado de un evento de esta magnitud.
No respondí. Vi a Camila acercarse hacia nosotros con una elegancia calculada, saludando a conocidos en el camino, tomándose su tiempo, como si disfrutara genuinamente del suspenso de la llegada.
—Damián. —Su voz sonó cálida, íntima, con un tono que ninguna simple conocida de negocios hubiera usado—. Cuánto tiempo.
—Camila. —La voz de Damián sonó tensa, formal, en un contraste tan marcado con la de ella que cualquiera que estuviera prestando atención hubiera notado la diferencia—. No sabía que venías esta noche.
—Un socio me invitó. No pude resistirme a ver en persona todo lo que construiste. —Recién entonces, con una lentitud que sentí deliberada, sus ojos se posaron en mí—. Tú debes ser Renata. He escuchado hablar mucho de ti.
—Solo cosas buenas, espero —respondí, con la sonrisa más profesional que logré reunir.
—Depende de quién te lo cuente. —Sonrió, con una calidez que no llegaba del todo a sus ojos—. Felicitaciones por el compromiso. Debe ser hermoso construir algo así, desde cero, con la persona que amas.
Había algo en la forma en que dijo esas palabras —desde cero, con la persona que amas— que sonó menos a felicitación genuina y más a un comentario cuidadosamente elegido, cargado de un segundo significado que yo todavía no lograba descifrar del todo.
—Gracias —dije, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Lo construimos juntos, sí. Damián y yo.
—Por supuesto. —Su sonrisa se ensanchó apenas, un gesto casi imperceptible que de todas formas no se me escapó—. Aunque algunas cosas, ¿no te parece?, se construyen mucho antes de que una se dé cuenta del todo. Cimientos que ya estaban puestos, esperando.
No supe si esa frase era, simplemente, una forma elegante de hablar en general, o si escondía algo mucho más puntual dirigido específicamente a mí. Antes de que pudiera pedirle que se explicara, un socio de Damián se acercó a saludarla, y Camila se despidió con un gesto elegante, prometiendo "hablar más en otra ocasión", dejándome con esa frase resonando en la cabeza durante el resto de la noche.
Cimientos que ya estaban puestos, esperando.
Miré a Damián, que evitaba mi mirada con una concentración sospechosa en la copa de champagne que sostenía, y entendí, con una claridad que se instaló fría en mi pecho, que esa frase no había sido casual en absoluto.
El resto de la noche transcurrí en piloto automático: sonreí para las fotos, hablé con los socios que había que atender, brindé cuando correspondía brindar. Pero mis ojos, sin que pudiera evitarlo, buscaban constantemente el vestido rojo de Camila entre la multitud, siguiendo cada uno de sus movimientos con una atención que me costaba disimular.
La vi conversar con Costanza en un rincón del salón, las dos con las cabezas juntas, en una complicidad que parecía llevar tiempo cultivándose. La vi reírse de un comentario de un socio importante de Damián, con esa facilidad para caerle bien a la gente que algunas personas tienen sin ningún esfuerzo aparente. Y la vi, hacia el final de la noche, cruzar una mirada con Damián desde el otro extremo del salón, una mirada que duró apenas un segundo pero que dijo, en ese segundo, mucho más de lo que cualquiera de los dos hubiera querido admitir en voz alta.
—¿Nos vamos? —le pregunté a Damián cuando ya no pude sostener más la sonrisa profesional—. Estoy cansada.
—Claro, amor. —Se acercó, me tomó de la cintura con esa naturalidad de siempre, y por un momento volví a sentir la certeza tranquila de que estaba exagerando, de que mi imaginación estaba construyendo un problema donde solo había una coincidencia social incómoda—. Fue una gran noche. Deberías estar orgullosa de lo que logramos aqui.
Asentí, dejando que me guiara hacia la salida, saludando a los últimos invitados que quedaban en el camino. Fue recién en el auto, ya de regreso a casa, con la ciudad pasando en silencio detrás de la ventanilla, cuando me animé a preguntar lo que llevaba toda la noche conteniendo.
—¿De qué hablaban tú y Camila? Antes, con la mirada.
Damián tardó un segundo de más en responder, un segundo que en cualquier otro momento de mi vida no hubiera significado nada, y que esa noche significó absolutamente todo.
—De nada, Renata. Ni siquiera hablamos directamente en toda la noche.
Sabía que estaba mintiendo. No tenía ninguna prueba concreta, ningún dato duro que pudiera presentar como evidencia, pero lo sabía con la misma certeza con la que sabía cada cláusula de cada contrato que habíamos firmado juntos a lo largo de los años. Y por primera vez desde que lo conocía, esa certeza no me dio ninguna tranquilidad.
Me dio, en cambio, miedo.
