Capítulo 4 El silencio de Damián
Dejé pasar dos días antes de volver a tocar el tema. No porque hubiera dejado de pensar en eso —al contrario, la mención de Camila se había instalado en algún rincón de mi cabeza del que no lograba desalojarla del todo—, sino porque quería encontrar el momento justo, sin testigos, sin la posibilidad de que Damián se escudara detrás de una excusa de tiempo o de gente alrededor.
La oportunidad llegó un domingo, mientras desayunábamos en la terraza, los dos todavía en pijama, con el diario abierto entre nosotros y esa calma doméstica que tanto me gustaba de nuestra relación.
—Quería preguntarte algo —empecé, con el tono más neutro que pude reunir—. Sobre Camila.
Vi cómo el cuerpo de Damián se tensaba apenas, un gesto pequeño, casi imperceptible, que de no haber estado prestando tanta atención se me hubiera pasado por alto.
—¿Qué quieres saber?
—No sé. Lo que sea. —Me encogí de hombros, intentando restarle peso a la pregunta que en realidad me pesaba muchísimo—. ¿Cómo era ella? ¿Por qué terminó la relación?
Damián dejó la taza de café sobre la mesa con un cuidado excesivo, como si necesitara ese gesto mecánico para ganar unos segundos antes de responder.
—Fue hace mucho tiempo, Renata. Ni siquiera me acuerdo bien de los detalles.
—No te creo.
Lo dije sin pensarlo, con una franqueza que me sorprendió a mí misma tanto como a él. Damián levantó la vista del diario, y por un momento vi algo cruzar su expresión que no supe nombrar del todo: no era culpa, exactamente, ni tampoco sorpresa. Era, si tenía que ponerle una palabra, cansancio. El cansancio de alguien que lleva mucho tiempo evitando pensar en algo y de golpe se ve obligado a hacerlo.
—Está bien —dijo finalmente, cerrando el diario—. Camila y yo estuvimos juntos antes de que yo entrara a la universidad. Fue una relación intensa, de esas que uno tiene cuando es muy joven y cree que va a durar para siempre. Nos comprometimos. Y después, sin ninguna explicación real, ella se fue del país. No dijo a dónde, no dijo por qué. Un día estaba, al otro ya no. Eso es todo lo que hay para saber.
—¿Nunca supiste por qué se fue?
—Nunca. —Su voz sonó, por primera vez en toda la conversación, genuinamente afectada—. Y durante mucho tiempo eso me destruyó más que la partida en sí misma. No saber. No tener ninguna explicación que me permitiera cerrar ese capítulo como corresponde.
Algo en la sinceridad cruda de esa respuesta me desarmó, aunque una parte de mí, la más precavida, seguía notando que Damián me había contado el final de la historia sin explicar realmente el principio: qué tipo de relación había sido exactamente, cuánto había durado, cuánto de él seguía, de alguna manera, atado a ese misterio sin resolver.
—¿Por qué no me lo contaste antes? En ocho años nunca la mencionaste.
—Porque no había ninguna razón para hacerlo. —Se acercó, me tomó la mano por encima de la mesa—. Es pasado, Renata. Tú eres mi presente y mi futuro. No tiene sentido revolver algo que ya no tiene ninguna importancia real en mi vida.
Quise creerle. De verdad quise. Asentí, le sonreí, dejamos el tema ahí, y durante el resto de la mañana todo transcurrió con la normalidad habitual de nuestros domingos: café, diario, planes vagos para el resto del día.
Fue recién esa tarde, cuando salí a caminar sola para despejarme un rato, que me crucé con Marisol, una antigua compañera de la universidad con la que todavía mantenía algo de contacto esporádico.
—¡Renata! Justo estaba pensando en ti. —Me abrazó con esa efusividad suya que nunca cambiaba—. ¿Ya te enteraste? Camila Duarte volvió a la ciudad. La vi la semana pasada en una inauguración, tan elegante como siempre. Me contó que se instala acá de forma permanente, para hacerse cargo de la sucursal local de la empresa de su familia.
Sonreí, o al menos hice el intento, sintiendo que el suelo se movía un poco bajo mis pies.
—Qué bueno para ella.
—Sí, aunque me pareció raro que volviera justo ahora. —Marisol bajó un poco la voz, con ese tono de quien comparte un chisme sin mala intención pero sin medir del todo el peso de lo que dice—. Alguien me contó que ella y Damián tuvieron algo hace años, ¿es verdad? Qué casualidad que vuelva justo cuando ustedes están por casarse, ¿no?
No supe qué responder. Me despedí de Marisol con una excusa cualquiera, y caminé el resto de la cuadra con una sola certeza instalándose, fría y clara, en mi cabeza: Camila Duarte no solo había vuelto a la ciudad.
Había vuelto justo ahora.
Caminé sin rumbo fijo durante casi una hora, dándole vueltas a cada palabra de la conversación con Damián esa mañana, buscando en mi memoria alguna grieta que se me hubiera escapado. Fue hace mucho tiempo. Ni siquiera me acuerdo bien de los detalles. Y sin embargo, apenas unos minutos después, me había contado con una precisión perfecta cada matiz de esa historia: el compromiso, la partida repentina, el dolor de no tener explicaciones. No sonaba a alguien que no se acordara bien de los detalles. Sonaba a alguien que llevaba años enteros repasando esos mismos detalles en su cabeza, una y otra vez, sin que nadie más lo supiera.
Volví a casa cuando ya empezaba a oscurecer, decidida a no decir nada esa noche, a guardarme la información de Marisol para procesarla con calma antes de decidir qué hacer con ella. Encontré a Damián en el living, viendo un partido con el sonido bajo, tan relajado como cualquier domingo normal.
—¿Cómo estuvo tu caminata? —preguntó, sin apartar la vista del televisor.
—Bien. Me crucé con Marisol.
Algo cambió en su postura, apenas perceptible, el mismo tipo de tensión sutil que había notado dos días atrás con su madre. Se giró hacia mí, con una curiosidad que intentaba sonar casual y no lo lograba del todo.
—¿Y qué tal está?
—Bien. Me contó que consiguió trabajo en una galería de arte. —Hice una pausa deliberada, estudiando su reacción—. También me contó que se cruzó con Camila la semana pasada. Parece que volvió a la ciudad.
El silencio que siguió duró apenas dos segundos, pero fueron los dos segundos más largos de toda esa tarde. Vi a Damián procesar la información, calcular una respuesta, decidir qué tono usar, todo en ese breve instante en el que cualquier persona menos entrenada para leer a Damián Valcázar no hubiera notado absolutamente nada.
—No tenía idea —dijo finalmente, con una tranquilidad que ya no me resultaba del todo convincente—. Pero bueno, es una ciudad grande. No creo que eso cambie nada para nosotros.
Asentí, sin insistir más, guardando esa respuesta junto a todas las demás piezas de un rompecabezas que, sin que yo lo hubiera decidido conscientemente, había empezado a armar.
