Antes de Ser Tu Esposa

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Capítulo 2 La sonrisa practicada

—Te llamo después —dijo, y cortó sin esperar respuesta del otro lado.

—¿Todo bien? —pregunté, con una calma que no sentía del todo.

—Todo bien. —Guardó el teléfono en el bolsillo con un movimiento demasiado rápido, demasiado practicado—. Un tema del contrato del puerto, nada importante. Perdón por la demora, amor, ya estoy listo.

Lo miré un segundo de más, buscando algo en su expresión que no encontré porque él ya se había recompuesto del todo, con esa sonrisa fácil que llevaba ocho años desarmándome sin esfuerzo. Se acercó, me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja con la misma ternura de siempre, y por un instante casi logré convencerme de que había imaginado la tensión de hacía un minuto.

—Estás hermosa —dijo, dando un paso atrás para mirarme completa—. Ese verde te queda perfecto.

—Gracias.

—¿Vamos? Tus padres deben estar esperando.

Subimos al auto en silencio, un silencio que a mí me pesaba de una manera nueva y que a Damián, aparentemente, no le costaba nada llenar. En el trayecto habló de trabajo, del clima, de lo ansiosos que estaban mis padres por la boda, con una fluidez tan natural que en cualquier otro momento de mi vida me hubiera bastado para no dudar de nada. Sonreí en los momentos justos, asentí cuando correspondía, respondí con comentarios breves que no comprometían nada, todo mientras una parte de mí seguía, sin poder evitarlo, reconstruyendo cada palabra de esa llamada.

Pero mientras cerraba la puerta de casa detrás de nosotros, minutos antes, una sola palabra había quedado dando vueltas en mi cabeza, insistente, imposible de ignorar del todo: ella. Damián no había dicho ningún nombre en esa llamada. Ni falta que hacía. Algo en el tono de su voz, en esa ternura contenida que yo conocía perfectamente porque durante años había sido mía y de nadie más, me decía con una claridad que todavía no quería admitir que del otro lado de esa llamada había una mujer.

Y que, fuera quien fuera, no era la primera vez que Damián le hablaba así.

Llegamos al restaurante con la sonrisa ya recompuesta en la cara, la mía tan practicada como la de él, y saludé a mis padres, y hablé de flores y de menús y de la lista de invitados que todavía faltaba cerrar, sin decir una sola palabra de lo que había escuchado. Guardé esa frase en el mismo lugar donde guardaba, sin saberlo todavía, cada una de las piezas de un rompecabezas que recién estaba empezando a armarse.

Mi madre, sentada frente a mí, me preguntó dos veces si estaba bien, notando algo en mi expresión que yo no lograba disimular del todo. Le dije que sí, que solo estaba cansada, que las últimas semanas antes de una boda eran así de agotadoras para cualquiera. Ella asintió, conforme con esa respuesta, y siguió hablando de los arreglos florales que había que confirmar antes del viernes.

Mi padre, en cambio, más callado que de costumbre, me observó un rato largo por encima de la copa de vino, con esa mirada suya que siempre parecía ver un poco más de lo que yo quería mostrar. No dijo nada. Pero cuando nos despedimos, esa noche, me abrazó un segundo más de lo habitual, y me susurró al oído, casi sin que nadie más lo escuchara, que cualquier cosa que necesitara, a cualquier hora, él iba a estar ahí.

No entendí en ese momento por qué me lo decía. Recién mucho después iba a entender que mi padre, con su instinto entrenado durante décadas para detectar cuándo algo no estaba del todo bien, había notado algo esa noche que yo todavía me negaba a nombrar.

Ya en el auto, de regreso a casa, Damián condujo con una mano sobre el volante y la otra buscando la mía sobre el asiento, en un gesto tan automático y tan tierno que por un momento volví a sentir la misma certeza tranquila de siempre: que estábamos bien, que faltaban solo veintiocho días para la boda, que cualquier duda que hubiera cruzado por mi cabeza esa noche no era más que cansancio acumulado de las últimas semanas.

—¿En qué piensas? —me preguntó, notando mi silencio.

—En nada. En la boda. —No mentí del todo. Solo omití la parte más importante.

—Va a ser perfecta —dijo, apretándome la mano—. Ya veras.

Miré por la ventanilla el resto del trayecto, viendo pasar las calles que ya conocía de memoria, y me prometí que al día siguiente iba a dejar todo esto atrás, que era una tontería dejar que una llamada mal interpretada arruinara la última recta antes de mi propia boda. Pero cuando llegamos a casa y Damián subió directo a darse una ducha, silbando algo que no reconocí, me quedé un momento sola en la cocina, con el teléfono en la mano, resistiendo el impulso de revisar algo que todavía no sabía bien qué era.

No lo hice esa noche. Todavía no.

Damián, a mi lado, le apretó la mano a mi padre en un saludo cordial, bromeó sobre lo nervioso que estaría el día de la ceremonia, pidió el vino que sabía que a mi madre le gustaba sin necesidad de consultar la carta. Era, en todo sentido observable, el mismo hombre del que me había enamorado ocho años atrás: atento, encantador, absolutamente presente en cada gesto pequeño de esa cena.

Y sin embargo, por primera vez en todo ese tiempo, mientras lo escuchaba reírse de un chiste de mi padre, no pude evitar preguntarme cuánto de esa presencia era real, y cuánto era, simplemente, la actuación mejor ensayada que había visto en mi vida.

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