Capítulo 1 Otra vez
Llevaba cuarenta minutos esperando a Damian, sentada en el borde de la cama con el vestido verde ya puesto y los zapatos todavía en la mano, cuando entendí que esa noche, como tantas otras últimamente, no iba a llegar a tiempo.
No fue una sorpresa. Últimamente nunca lo era.
Miré el reloj de la mesa de luz por décima vez, como si mirarlo repetidamente pudiera acelerar de alguna manera las agujas o, mejor todavía, hacer aparecer a Damian por la puerta con esa disculpa fácil que siempre tenía lista. Afuera, la ciudad seguía su ritmo habitual de un jueves cualquiera: bocinas lejanas, el murmullo constante del tráfico sobre la avenida, alguna risa que subía desde la calle y se perdía enseguida. Adentro, en cambio, el silencio de la habitación se sentía cada vez más denso, cada vez más parecido a una pregunta que todavía no me animaba a formular del todo.
Me levanté y caminé hasta la ventana, todavía con los zapatos en la mano, y me quedé mirando las luces de los edificios vecinos, preguntándome cuántas otras mujeres, en cuántas otras habitaciones de esa misma ciudad, estarían esperando en ese momento exacto a un hombre que llegaba tarde por razones que sonaban cada vez menos convincentes. Nunca me había considerado ese tipo de mujer. Siempre pensé que la desconfianza era para otras relaciones, más frágiles que la nuestra, construidas sobre bases menos sólidas que ocho años de historia compartida y un imperio entero levantado entre los dos.
Me calcé los zapatos finalmente, decidida a bajar y enfrentar lo que fuera que estuviera demorando a Damian, con esa mezcla de irritación y preocupación que ya me resultaba tan familiar como incómoda.
Conté las veces mentalmente, algo que había empezado a hacer sin darme cuenta, casi como un tic: la cena con los arquitectos del nuevo hotel, la que canceló para "resolver un tema urgente" y nunca terminó de explicar qué. El almuerzo con mi prima Valentina, al que llegó una hora tarde, disculpándose con un ramo de flores que compró de camino, como si eso alcanzara para borrar los sesenta minutos que ella había pasado sola frente a una mesa reservada para dos. La función de teatro que ni siquiera intentó reprogramar, limitándose a decir "ve tú, yo te alcanzo después", una frase que se convirtió, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, en la forma más educada que Damian tenía de decir que no iba a aparecer.
Cada una de esas veces, por separado, tenía una explicación razonable. El puerto, los abogados, la presión de cerrar el trimestre antes de la boda. Damian Valcázar dirigía una organización entera; era lógico que su tiempo no siempre le perteneciera del todo, ni siquiera a veintiocho días de casarnos. Me lo había repetido tantas veces en las últimas semanas que ya sonaba, incluso dentro de mi propia cabeza, a una frase aprendida de memoria más que a una convicción real.
Lo que más me inquietaba, si era honesta conmigo misma, no era ninguna de esas ausencias por separado. Era la forma en que se habían ido acumulando, una sobre otra, sin que yo hiciera nada al respecto más que archivarlas mentalmente bajo la misma etiqueta tranquilizadora: trabajo, presión, la última recta antes de la boda. Ocho años juntos me habían enseñado a confiar en Damian de una manera casi automática, y esa confianza, hasta esa noche, nunca me había pesado.
Volví a revisar el teléfono por costumbre más que por esperanza real de encontrar algo nuevo. Nada. Ni un mensaje, ni una llamada perdida, ni el más mínimo indicio de que en algún lugar de la ciudad Damian recordara que esa noche teníamos la cena de ensayo con mis padres, la última antes de que faltaran solo veintiocho días para la boda.
Bajé las escaleras despacio, calculando cuánto tiempo más podía darle antes de tener que llamar a mis padres para cambiar la reserva por segunda vez en un mes, y lo encontré en el living, todavía con el saco puesto, el teléfono pegado a la oreja y una expresión tensa que no reconocí del todo.
—Entiendo. No hace falta que te expliques —dijo, con una voz baja, casi íntima, que no era la que usaba habitualmente para hablar de negocios—. Yo también hubiera preferido que las cosas fueran distintas.
Me quedé parada en el último escalón, sin que él notara mi presencia todavía, con esa sensación fría y precisa de estar escuchando algo que no debía escuchar. El corazón me empezó a latir más rápido, no todavía por lo que estaba escuchando, sino por lo que ese tono de voz —bajo, cuidadoso, casi tierno— me estaba haciendo sentir sin que yo pudiera nombrarlo.
—No, quédate tranquila. Yo me encargo de todo, como siempre. —Una pausa, más larga que las anteriores—. Tú solo tienes que confiar en mí.
Bajé el último escalón, y el sonido de mi taco contra la madera lo hizo girar de golpe, con una rapidez que en cualquier otro contexto hubiera pasado desapercibida, pero que esa noche, con esa frase todavía flotando en el aire —tú solo tienes que confiar en mí—, se sintió como una confesión que él no llegó a terminar de hacer.
