Antes de recordarte

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Capítulo 6 6

Cuatro fueron los días en los que Mía estuvo dormida. Aunque solo fue el shock del disparo, aunque no había ninguna marca, no había sangre, alguna herida, nada, el hombre que vive solo para ella se derrumbó.

Fue como ver que la vida se drenaba de sus ojos de nuevo. Nunca me había paralizado un disparo, nunca había sentido miedo en una balacera, pero ahora, de no ser por Andrew, creo que los dos estaríamos muertos. Mi mundo se derrumbó en un solo segundo. Claramente, ahora que ella era un objetivo, debía protegerla. Tenía el nivel más alto de seguridad en el hospital; aparte de mí, el único en quien confío para que la cuide es Andrew, el único que la quiere tanto como para ofrecer su vida. Nunca he tenido hermanos; mi madre murió cuando yo tenía cinco años y mi padre se negó a tener hijos con otra. Las madrastras iban y venían todo el tiempo; algunas se creían intocables, otras simplemente omitían mi presencia, pero todas se iban tarde o temprano.

Los días que pasó en el hospital se sintieron igual que hace cuatro años. Después de tanto tiempo en coma, solo despertó después de que Andrew nos encontró; con el tiempo, le confié a él lo más importante. La llevé al mismo hospital que en aquel entonces; viajamos en avión con todos los cuidados. Su mente es frágil, al igual que su cuerpo. Los recursos son ilimitados cuando se trata de ella, pero la confianza es un bien escaso.

No me aparté de su lado, a pesar de la guerra que estaba por llegar. Las deudas de sangre siempre se pagan, y yo había adquirido una al dispararle a ese cerdo. Andrew estuvo conmigo todo el tiempo; la mejor decisión fue dejar que su hermano estuviera a su lado, así ella no lo sepa.

Cuando ella despertó, fui a buscar a Stev, su médico, pero al volver escuché algo que me dejó helado. Mía le decía a Andrew cosas sin sentido para los demás, pero yo sabía lo que pasaba.

La pérdida de memoria de Mía no fue natural; yo mismo hice que la perdiera. Junto con Stev, le dimos algunos medicamentos regulados para generar lagunas en su cerebro y que olvidara todo; era la única manera de que ella fuera libre. Claro que no era a prueba de errores; había un margen de error, uno que esperaba que no se hubiera activado con el shock.

—¿Con quién habla? —Stev me miró extrañado. Él sabía que ni a mi mano derecha la dejaría a solas con ella.

—Su hermano.

—¿Su hermano? ¿Cuál hermano?

—Su hermano biológico. La encontró hace un par de años y no tuve más remedio que dejarlo quedarse.

—Así que estás jugando a la casita con cuñado incluido. Esto es peligroso, Víctor, y lo sabes. Cualquier cosa puede detonarla en cualquier momento; no debería ver a personas de su pasado.

—No podía dejar que fuera a contarle a alguien más que ella estaba viva. Además, la quiere y la cuida, es el único al que puedo confiársela; me quedo sin aliados —me rasqué la cabeza. Stev vio mis ojos cansados y negó con la cabeza.

—La voy a revisar, pero si recuerda todo, estarás en problemas.

Entramos esperando interrumpir la conversación, pero ya había terminado. Andrew tenía una cara de preocupación y Mía estaba perdida en sus pensamientos, como si algo dentro de ella le gritara la verdad.

Stev se acercó a ella y empezó a revisarla con calma, miró fijamente sus pupilas por un par de segundos y luego tomó sus manos, detallando el color de sus uñas que tenían un tono extraño apenas perseptible. Me hizo una seña con la cabeza para salir al pasillo, dejando a Andrew adentro con ella; su cara me decía que las cosas se estaban complicando.

—Algo se rompió dentro de su cerebro con el shock del disparo, Víctor —dijo Stev en cuanto cerramos la puerta—, el color de sus ojos y la reacción en sus uñas me dicen que el medicamento está perdiendo el efecto. En cualquier momento va a comenzar a recordar.

Al escucharlo se me revolvió el estómago y la duda me golpeó con fuerza. Recordé perfectamente lo que fue hace tres años, verla sufrir con esos dolores de cabeza que la hacían llorar noches enteras, verla como un cascarón vacío que apenas reaccionaba al mundo mientras el medicamento hacía efecto. Me dolió tanto verla así en aquel entonces que la sola idea de volver a pasar por lo mismo me daba terror.

—Sabes que es peligroso, pero tenemos que volver a empezar, hay que repetir todo el tratamiento desde el principio antes de que las imágenes en su cabeza se vuelvan más claras. —añadió Stev al ver mi silencio—, su mente ya está muy frágil. Aunque si le metemos otra dosis, el riesgo es demasiado alto. Podríamos dañarla de por vida,

La vida se me pauso, sabia que era verdad que era inevitable, pero al mismo tiempo me negaba a repetirlo —No la voy a lastimar, ella es lo único que me importa y no pienso dañarla de esa manera —sentencié, sintiendo cómo la frustración me carcomía.

— Víctor. Esta vez no sé si su cerebro lo resista.

—¿Qué se supone que debo hacer? —El aire se volvió pesado y difícil de procesar

—Entonces la única opción que nos queda es que la aísles por completo —sugirió Stev mirándome serio—, tienes que llevarla a un lugar donde no tenga ningún estímulo, lejos de cualquier cosa o persona que actúe como un detonante para sus recuerdos. Si se queda aquí y sigue viendo a Andrew, su mente va a terminar de despertar.

Sus palabras me dieron la respuesta que necesitaba. Tenía que sacarla de ese hospital lo antes posible.

—Dale de alta, me la llevo ya mismo —le ordené a Stev sin dejarle espacio para replicar—. La llevaré a la casa de las montañas. Necesito revisar con calma qué está pasando en su cabeza y estar solos, completamente aislados, solo los dos.

Entré de golpe a la habitación. Mía me miró desde la camilla, todavía con la mirada un poco perdida, intentando asimilar lo que fuera que estaba pasando por su mente.

—Nos vamos —le dije con firmeza, caminando directo hacia ella para ayudarla a levantarse.

Andrew reaccionó de inmediato y dio un paso al frente, intentando seguir mis movimientos y acercarse a ella con esa maldita cara de preocupación que ya me estaba

cansando. Le puse una mano firme en el pecho, frenándolo en seco antes de que pudiera dar un paso más hacia la salida.

—¿A dónde te la llevas? —Mia note que su tono no era el de un subordinado a su jefe —No puede hacer esto ahora señor, estamos en guerra—reclamó él en voz baja, intentando quitar mi mano.

—Exacto, ahora estamos en guerra —le solté, sosteniéndole la mirada con una frialdad que lo hizo detenerse—, y soy yo quien la va a proteger. Tú te quedas aquí.

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