Antes de recordarte

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Capítulo 4 4

Mía era como una niña a veces; le gustaba verme enojado y posesivo. Era su forma de decir "eres mío". Después de solo veinte minutos en el auto, se quedó dormida; es como si viajar fuera la forma más efectiva de curar su insomnio.

Su cara transmitía paz y ternura. Ella es lo único que necesito para poder respirar. La verdad es que me aterra que me deje, que se vaya como lo hizo en el pasado. En aquel entonces, la salvé de su familia: su padre la había vendido a un ratero de quinta, un tipo que había desviado fondos estatales y asignado contratos fraudulentos para la empresa de su padre. Por eso la había pedido a ella. Al final, ella terminó intentando suicidarse en un hostal de mala muerte.

Cuando la encontré llena de sangre, en una bañera que olía a óxido, mi mundo se vino abajo. Estuvo casi un mes en coma; la pérdida de sangre y la falta de oxígeno en su cerebro le provocaron una pérdida de memoria absoluta. No recordaba nada de su vida: ni a sus padres, ni a su hermano, el único ser decente en su círculo.

No supe qué hacer. Quería que viviera bien, pero su familia también la estaba buscando, así que cambié su nombre y reescribí su historia. La mandé a otro país y dejé que creyera que no tenía a nadie más. Intenté mantenerme alejado, pero cada vez que cerraba los ojos, la veía a ella, bañada en rojo en aquella tina.

Me obsesioné con recuperar cada una de sus fotos y le creé un altar; una habitación que permitía que mi ansiedad descendiera y me dejaba conciliar el sueño. Pero esto, al final, terminó agravando el problema: empecé a necesitarla más, a desearla, y mi vida se volvió un infierno.

Quería alejarme, pero su familia ya estaba cerca; cerca de encontrarla y arrastrarla de nuevo a su miseria. Fue ahí cuando supe que debía protegerla. Andrew, su hermano, llegó a mí primero; quería que lo ayudara a cuidar de ella. Por eso, cuando asistí a su exposición y vi a su "prometido" acechándola desde las sombras, no resistí y la reclamé frente a todos como mía. Andrew se unió a mi negocio con el único propósito de vigilarla, y yo... yo no pude hacer más que caer rendido a sus pies.

Ni la turbulencia más grande podía hacer que despertara; siempre que estuviera en movimiento dormía profundamente. Amo que venga conmigo, me gusta tenerla todo el tiempo posible a mi lado. Cuando no la veo, me siento perdido de alguna manera. Solo la llevo cuando sé que no hay peligro, cuando no me estoy jugando la vida; cuando presiento que puedo no volver vivo, me alejo.

Sus berrinches eran tiernos. Al inicio no hacía preguntas, luego comenzó a buscarme con todos mis empleados, más tarde llamaba a mis socios cuando las otras tácticas fallaban. Pero desde que vio su altar, sus berrinches alcanzaron otro nivel. No es que me gustara verla expuesta de esa manera; los celos mataban cada neurona cuerda de mi cerebro, pero estaba a miles de kilómetros y no podía volver. Después de eso, mostró una docilidad que muchas veces me aterraba.

No sabía bien si era amor lo que la ataba a mí o la triste realidad de que no tenía a nadie más en el mundo.

—¡Victor! —un dulce grito salió desde el interior de mi oficina. No me gusta llevar a Mía a hoteles y aún no podemos instalarnos en nuestra casa de verano, así que la traje directamente a la oficina de uno de mis casinos en Montecarlo.

Tengo un gran negocio que cerrar y eso me llevará al menos un mes. Era trabajo, sí, pero también la oportunidad de celebrar mi cumpleaños en un yate y pasar tiempo con Mía, lejos de todos. El plan original no era este, pero los negocios no esperan, y sabía que para ella sería mejor no tener que soportar a las "cacatúas" de paso de mis socios.

—¡Victor Voss! —Mía volvió a gritar. Me pareció gracioso haber escondido su ropa; de esa forma, no saldría a pasear por el casino y no tendría que cortarle la mano o sacarle los ojos a ningún bastardo que se atreviera a mirarla. Claro que no la dejé desnuda, le puse una de mis camisas, pero aun así, sus gritos —mitad berrinche, mitad ira— son lo mejor del mundo.

Claro que con ella nunca se sabe. Salió de la habitación privada, pero se detuvo en seco al ver a un grupo de hombres armados discutiendo cómo blanquear su dinero usando mi ruta de lavado.

—Lo siento... —su voz ya no destilaba furia; ahora sonaba como una gatita asustada. Se acercó a mí y susurró—: Dame mi ropa y sigue con tu trabajo.

—Ven aquí —contesté, dando una palmada en mi pierna para que se sentara.

—Solo dame mi ropa.

—Uno... dos...

—Está bien —llegó a regañadientes a mi lado. Nunca he tenido que llegar al tres, porque siempre me hace caso en el dos—. ¿Para qué quieres que esté aquí?

—Es tu castigo por salir así, gatita.

—No me digas así —se removió sobre mis piernas e intentó ocultar su cuerpo con el mío.

Se movió en mis piernas, haciendo que un bulto se creara; su cara hacía ver que esta vez no lo hacía a propósito, pero aun así está siendo traviesa. Su ropa interior quedó en algún lado y puedo sentir su sexo palpitante, el olor dulce que sale de su cuerpo, una esencia que me embriaga. Mi cerebro grita que no lo haga, que le dé mi abrigo y la mande de vuelta al cuarto de la oficina, lejos de tantos ojos.

No lo hice. Mi instinto fue más fuerte y no reaccioné hasta que sentí una mano acercarse; disparé de inmediato. Todo quedó en silencio. Todos sabían que hacer algo como esto, justo cuando estás intentando hacer un negocio multimillonario, es la mayor estupidez; pero al mismo tiempo ella no es una más, es la única, es Mía, su nombre escogido cuidadosamente para que nadie dudara que me pertenecía.

No suelo temerle a muchas cosas; en la mayoría de las ocasiones, mis temores son sobre ella. Su cara se puso pálida y su mirada se perdió en algún lugar; le grité, la moví, pero al final se desmayó. No solo la puse en peligro, no solo la vieron ojos impuros: ahora todos saben que es un blanco y ella misma no soportó el mundo que me rodea.

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