Capítulo 3 3
El cuerpo me dolía, como cada mañana después del sexo. Por esa razón, cosas como el gimnasio eran algo en lo que ni pensaba; mi cuerpo ya era torturado en la mejor sesión de cardio del mundo. Aunque lo odiara, me había vuelto adicta a las sensaciones que Victor me regalaba en la cama.
Todo fue subiendo de nivel, de besos castos y caricias tiernas a un remolino de emociones que ninguno de los dos era capaz de procesar lo suficientemente rápido. El sexo era una de las razones por las que seguía con él; la otra, por supuesto, era que aún no tenía el dinero suficiente para huir.
Después de que se fue por dos semanas, lo extrañé como una adicta a la que le quitan su dosis. Recuerdo ver cómo instalaban la cámara en el cuarto la mañana después de que amenacé con saltar del balcón si no se deshacía de todo lo que hubiera en esa habitación.
Lo tenté. Me toqué frente al lente sabiendo que él miraba. Tenté a los guardias bajando a desayunar en lencería; nadé desnuda en la piscina y me masturbé a mitad del jardín, pero nada lo hizo volver.
Podía ser todo lo caprichosa que quisiera antes, pero desde que me metí con ella —con su recuerdo—, no hubo nada que lo trajera de regreso a mi lado. Por eso cedí. Dejé de hablar del tema y le pedí a Andrew que le dijera que me rendía; que aceptaba ser la sustituta de una muerta. Solo así volvió. Después de todo, yo no era Maya: yo no tenía carta blanca para ser caprichosa e insufrible. Debía ganarme lo que me daba.
A él no parece importarle que otros me vean; después de aquello me volví más atrevida, dejando que el sexo sin control liderara mi vida mientras recuperaba la confianza para salir de nuevo. Quería gastar todo lo que quisiera y, una vez tuviera una buena base, huir. Al final, yo no era Maya. Él no me perseguiría por todo el país; no quemaría el mundo por mí.
El desayuno fue un nuevo round de nuestro juego. Al final, los dos jugábamos a ver quién se rompía primero, quién cedía antes.
—Quiero remodelar la casa —solté de pronto.
Victor bebía un café dulce. Por más líder de la mafia que fuera, se comportaba como un niño cuando de algo dulce se trataba; un detalle que solo yo conocía, porque no permitía que nadie más tocara su taza.
—No vas a tocar la habitación —sentenció. Ni siquiera alzó la mirada; lo dijo con una firmeza absoluta—. No quiero tener esta discusión de nuevo.
—No tocaré tus amados recuerdos. Me refiero a mi habitación; quiero cambiar algunas cosas.
—¿Desde cuándo nuestra habitación es tuya? —Se levantó de golpe para tomarme de la cara y besarme hasta dejarme sin aliento, dejando la marca de sus dedos en mis mejillas.
—Tú tienes tu altar de recuerdos; eso quiere decir que la habitación principal es mía —sonreí de forma coqueta, apoyando los codos en la mesa para que el escote de mi camisón de seda revelara las marcas de la noche anterior y una buena parte de mis senos.
Victor tosió, provocando que sus guardias desviaran la mirada de inmediato. Una cosa era que me dejara hacer lo que quisiera fuera de su vista, pero cuando él estaba presente, se convertía en mi dueño; nadie podía mirar lo que le pertenecía. Esa posesión que a los demás les infundía miedo, a mí me excitaba.
—Haz lo que quieras.
Lo vi en sus ojos: él también estaba excitado. Mi rebeldía lo hacía volar, pero debía irse.
—En mi cumpleaños iremos a Rusia para una reunión. Ponte linda.
Volvió a besarme, pero esta vez fue solo un roce, un toque sutil de labios antes de marcharse.
Típico de Victor, avisarme por la mañana dónde dormiría esa misma noche. Eso solo significaba que viajaríamos por la tarde, así que debía estar lista, tener su maleta y la mía hechas, y esperar a que Andrew me llevara al aeropuerto.
Había estado aburrida durante días, no solo por soportar a las odiosas zorras de turno, sino porque desde mi último berrinche no había salido. Si me llevaba a Rusia, quería decir que ya me había perdonado. Honestamente, es aburrido estar en paz con él; el caos es mucho mejor.
Por eso, saqué del armario los vestidos que solo podía usar cuando estaba con él. Era evidente que desnudarme en el jardín o dejar que me vieran tocándome era inútil; ninguno de sus guardias se propasaría conmigo, y ninguno de sus amigos se atrevería. Sabían perfectamente quién era él, pero eso no impedía que los demás me desearan. Bajé con un vestido amarillo muy corto; se notaba que no llevaba sujetador y mis piernas se veían apetitosas. Tapé, lo mejor que pude, sus marcas en mi piel.
—Ah, no. Claro que no —Andrew me miró y me frenó el paso—. Ve a ponerte algo decente.
—Esto es decente y cómodo —puse mi mejor cara de niña inocente.
—No lo es —Andrew era el único que se comportaba de forma casual conmigo; se había convertido, de cierta manera, en una suerte de amigo—. No voy a ser castigado por tu culpa. Ve y ponte ropa de verdad.
—Le quitas lo divertido a la vida —suspiré. La verdad era que Victor había castigado a Andrew por cada una de mis travesuras. A veces eran regaños o multas, pero otras eran castigos físicos. Volví al cuarto para ponerme un traje de dos piezas mucho más recatado, aunque igual delineaba mi figura. Ya habría tiempo para divertirme en el viaje.
Cuando bajé de nuevo, Victor ya estaba esperando. Tenía dos maletas que no eran las que yo había empacado. Sin "eso", ¿qué tipo de diversión iba a tener?
—Te estás portando mal de nuevo —Victor me miró con una chispa de gracia en los ojos—. Sabes bien que debes ser una niña buena —sentenció, jalándome de la cintura hacia él.
—¿Desde cuándo te gustan las niñas buenas? —Me subí sobre él y enredé mis piernas en su cintura—. Pensé que te gustaban las malas.
—Me gusta castigar a las niñas malas.
Era una de esas raras ocasiones en las que se relajaba y tonteaba conmigo. Casi nunca pasaba, y en esos momentos, mi vida se sentía un poco más normal.Olvidaba todo lo exterior, aunque nunca hubo normalidad en mi vida, al menos en la parte que yo recordaba.
