Antes de recordarte

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Capítulo 2 2

Fue un día infernal, lleno de errores y de gente que piensa que llorando se arreglan sus malas decisiones. En el casino, muchos entran con la frente en alto, pero salen de rodillas. Yo solo esperaba el momento de volver para poder abrazarla. La vi en el balcón, vestida con un camisón casi traslúcido; su figura hacía que toda mi cordura se escapara.

—Me enteré de que echaste a las invitadas. Kassy se quejó con Dante —pasé mis brazos por su cintura e inhalé el dulce aroma de su piel.

—No es Kassy; ella era la mujer anterior. Esta se llama Lyra —dijo, soltando el humo del cigarrillo que seguramente robó de mi mesa de noche—. Como sea, no quiero que estén merodeando por la casa. Son molestas.

—Te dije que no fumaras —sentencié.

Desde que la vi, fue como observar una mariposa blanca y pura, sin las manchas del mundo; pero ahora hacía cosas solo para retarme.

—Es asqueroso —añadí.

—Tú lo haces. No sé por qué yo no puedo aliviar mi estrés de esta manera.

Le dio otra calada al cigarrillo y me besó, compartiendo el humo conmigo. El sabor era diferente viniendo de sus labios: dulce y caliente. Me abrazó y saltó sobre mí. El camisón se subió por sus muslos mientras sus piernas rodeaban mi cintura, recordándome que, aunque quisiera odiar su rebeldía, seguía siendo el único lugar al que quería pertenecer.

Al sostener su cuerpo noté que no traía nada bajo el camisón; su sexo estaba descubierto, listo para mí. Era una Mia diferente, sensual y ardiente, que me volvía loco. El beso y la presión de nuestros cuerpos hicieron que mi pene quisiera romper el pantalón y penetrarla con fuerza.

La cargué hasta la habitación del fondo. Cuando lo notó, se removió hasta que la bajé. Sola, tomó la venda de la mesa de la entrada y se la colocó, obediente, tanto que parecía un ser sin alma. Se acostó y abrió las piernas, como una invitación a hacer lo que quisiera.

Estaba claro que era una protesta silenciosa, pero al demonio, no tenía tiempo para los delirios de una niña mimada. Solo quería sacar todo, explotando en su interior.

Sería un idiota si no bebiera del oasis que estaba frente a mí. Metí la cabeza entre sus piernas y disfruté de los jugos gloriosos que me avisaban que ya estaba más que lista para mí. Chupé y mordí, haciendo que jalara mi cabello con fuerza mientras se retorcía en un placer infinito, casi rogando que la penetrara, por sentirse viva, como si la estuvieran violando en el fin del mundo. Era de esas mujeres a las que hay que tratar con violencia para que exploten en el orgasmo.

Lo había aprendido de mí. Yo la moldeé desde cero, como el cascarón vacío que era cuando llegó a mí. La programé a mis gustos; su vagina estaba hecha para mi pene, cada uno de sus músculos se unía a los míos. Era mía y de nadie más.

Sabía que rogaba por más, que las mordidas en sus muslos solo hacían que se excitara. Quería que me lo pidiera, que dejara la máscara de señora de la casa que usaba con los demás y se volviera una zorra necesitada para mí.

—Dilo, sabes que tienes que decirlo —me retiré de su sexo justo cuando el orgasmo se estaba formando—. Si no lo dices, lo haré.

—Mételo —conocía ese tono, estaba al borde de la locura.

—Las niñas malas no merecen premio —su desespero me excitaba, pero si no lo decía rápido, mi pene explotaría.

—Por favor, mételo —su voz suplicante fue todo lo que necesitaba.

La volteé y la puse en cuatro. Me gustaba enterrar su cabeza en la almohada y la penetré, rápido y de una sola estocada que la hizo curvar la espalda y llegar al orgasmo que mi lengua le había prometido. Era mágico verla alcanzar el clímax una y otra vez.

Era claramente lo que necesitaba, ir hasta el final hasta que su cuerpo perdiera la fuerza y yo mismo tuviera que llevarla a limpiar y dejarla en nuestra cama, era el paraíso para mí, ya no había gritos era como cuando nos conocimos y no se había quitado la venda y dañado todo.

Esa época era como si el campo de guerra fuera mi casa, había gritos y cosas rotas todos lo días, intento quitar las cosas del cuarto del fondo y tirarlas, pero después de que no volví por 2 semanas ese ímpetu de guerra se había ido, ahora todo era maravilloso.

La deje creer que me fui por su rabieta, pero algunos asuntos me mantuvieron fuera del radar, odié cada una de las cosas que hizo y la forma en la que se atrevió a exhibirse, pero era parte del juego, cada uno ocultaba cosas, aunque, a decir verdad, todos su secretos ya los sabia porque fui yo mismo quien los creo.

Al final la cargué de vuelta a nuestra cama, sintiendo su cuerpo dócil y exhausto contra mi pecho. Mientras limpiaba los rastros de nuestro amor con cuidado para no despertarla, la observé dormir bajo la tenue luz de la luna; su sumisión de esta noche era el trofeo de nuestra guerra silenciosa. Me acomodé a su lado, sintiendo su cuerpo junto al mío, disfrutando de la paz de ternera solo para mí.

Hoy fue un día de tregua, pero sabía que la tregua duraría poco. Mañana cuando despertara, recordaría su orgullo y volvería a buscar la manera de retarme, de estirar la cuerda para ver hasta dónde soy capaz de llegar. Al final del día, que juegue a la señora de la casa o a la niña rebelde no cambia nada; cada espacio que pisa, el aire que respira y la ropa que usa existen solo porque yo lo permito. Que siga creyendo que sus rabietas y su cuerpo son armas para manipularme, yo me encargaré de mantenerla encerrada en este paraíso el tiempo que sea necesario.

A veces pienso que el mismo satanás tiene que salir del infierno para quitármela, solo se que este ángel ya no pertenece al cielo.

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