Amor bajo Fianza

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Capítulo 3 El contrato de la discordia

Raúl apretó la mandíbula al ver al recién llegado. En ese submundo, las jerarquías eran invisibles pero letales. Sin decir una palabra, los guardaespaldas de Raúl retrocedieron un paso, una señal de respeto que a Ariel no le pasó desapercibida. Carlos se sentó frente a ella elegantemente que contrastaba con la agresividad del ambiente.

—Ya sé quién eres —dijo Carlos, ignorando por completo la presencia de Raúl—. Eres la hija de Brenda. He estado esperando el momento en que la necesidad te trajera a este lugar.

Ariel sintió que el aire se volvía pesado. ¿Acaso su vida había sido un guion escrito por otros? —¿Qué es lo que todos saben de mi madre que yo ignoro? —preguntó ella, con la voz cargada de una mezcla de rabia y agotamiento—. Solo quiero trabajar para pagar lo que debemos. No quiero ser parte de sus juegos.

Carlos sonrió, pero sus ojos permanecieron fríos. Sacó un sobre y lo puso sobre la mesa, retirando con un gesto elegante el contrato que Raúl le había ofrecido. —Lo que Raúl te ofrece es basura. Él quiere comprar tu cuerpo; yo quiero algo mucho más difícil de conseguir. Mi contrato es simple, Ariel: quiero que me enseñes lo que es el amor real. A cambio, tendrás acceso a recursos ilimitados, lujos, protección y, lo más importante, la seguridad de tu madre.

Ariel leyó el documento con incredulidad. No había cláusulas de exclusividad física, ni servicios degradantes. El papel hablaba de "tiempo", de "compañía" y de un compromiso de honestidad emocional. Pero lo que más le llamó la atención fue el cheque en blanco adjunto. Era la llave para salir de la miseria con solo su firma.

—¿Por qué yo? —insistió ella—. Hay miles de mujeres en esta ciudad que aceptarían esto sin dudarlo. —Porque eres hija de Brenda —respondió Carlos con una sombra de melancolía—. Ella es la única persona que conocí capaz de amar sin condiciones, aunque el mundo se encargara de cobrárselo caro. Quiero ver si esa chispa sigue viva en ti.

Ariel pensó en la cocina vacía, en la mirada derrotada de Brenda y en la humillación ante el señor Alberto. La desesperación es una mala consejera, pero esa noche, era la única que Ariel escuchaba. Tomó la pluma y firmó rapidamente, sintiendo que acababa de vender una parte de sí misma que no sabía que tenía.

—Ya está hecho —sentenció Carlos—. Ahora, vuelve a tu casa. Escribe una carta para ella. Dile que has encontrado una oportunidad que no puedes rechazar. No te lleves nada; a partir de mañana, nada de lo que posees estará a la altura de tu nueva vida.

Ariel regresó al barrio como si de un zombi se tratara. Entró en la casa y vio a Brenda dormida en el sofá, con una manta vieja cubriéndole las piernas. Con manos temblorosas, escribió la nota, dejó un pequeño dije que siempre usaba sobre la mesa y le dio un último beso en la frente. Al salir, el Mercedes negro de Carlos ya la esperaba en la esquina.

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