Capítulo 2 La puerta de vidrio
La noche cayó sobre Caracas con una pesadez nunca antes vista. Ariel se quedó sentada en el borde de su cama, escuchando los sollozos apagados de su madre en la habitación de al lado. Cada lágrima de Brenda se sentía como un clavo en la conciencia de Ariel, pero su decisión estaba tomada. Se puso el vestido más sobrio que tenía, un azul oscuro que resaltaba su piel clara, y se soltó el cabello negro, que caía en ondas perfectas sobre sus hombros. No buscaba verse provocativa, buscaba verse profesional, alguien que pudiera manejar la presión de un sitio de alto nivel.
Al salir al pasillo, vio a Brenda sentada en el sofá, con la mirada perdida en la televisión apagada. No dijo nada cuando vio a Ariel vestida para salir. Solo hubo un silencio, una despedida muda. Ariel cerró la puerta de la casa sintiendo que, de alguna manera, algo se había roto para siempre entre ellas.
Caminó por las calles del barrio, evitando las zonas oscuras, hasta que llegó a la esquina donde el restaurante brillaba, era extraño que hubiera un lugar así en un barrio. El contraste era ofensivo: afuera, el olor a basura y la inseguridad; adentro, luces cálidas, música suave y el aroma de la comida deliciosa.
Al cruzar la puerta de vidrio, sintió un escalofrio producto del aire acondicionado. El sitio era mucho más elegante de lo que imaginaba. Se acercó a la barra de madera, donde un joven de unos veintitantos años limpiaba copas con un trapo.
—Buenas noches. Vengo por el anuncio de trabajo —dijo Ariel, tratando de que su voz no sonara tan joven.
El joven, que llevaba un gafete con el nombre "Digory", dejó de limpiar la copa y la miró de arriba abajo. Su expresión pasó de la indiferencia a una sorpresa maliciosa.
—Vaya... finalmente aparece la joya de la corona. La hija de Brenda —soltó Digory, dejando la copa sobre la barra.
Ariel se tensó. El hecho de que un desconocido en un restaurante de lujo supiera quién era ella le dio el primer indicio de que su madre no estaba exagerando cuando hablaba de peligros.
—¿Cómo me conoces? ¿Qué tiene que ver mi madre con este lugar? —exigió Ariel, cruzándose de brazos.
—Digamos que tu mamá dejó una impresión duradera por aquí hace mucho tiempo —respondió Digory con una sonrisa—. Pero no te preocupes, el trabajo es tuyo si lo quieres. El dueño no se perdonaría dejar pasar a alguien con tu... potencial. Toma este delantal y empieza a atender la sección de la esquina.
Ariel tomó el delantal con desconfianza, pero se puso a trabajar. Durante las primeras horas, el trabajo fue agotador pero normal. Llevaba platos de mariscos, servía vinos caros y aguantaba los comentarios de hombres que la miraban con demasiado detenimiento. Pero a medida que se acercaba la medianoche, el ambiente cambió. Los clientes habituales empezaron a irse, y un grupo de hombres con trajes oscuros y caras de pocos amigos ocupó las mesas del fondo.
La tensión en el local se podía cortar con un cuchillo. Digory ya no sonreía; se limitaba a servir tragos cortos sin decir una palabra. De pronto, la puerta se abrió y entró un hombre cuya sola presencia hizo que los guardaespaldas de las otras mesas se pusieran de pie por instinto. Era un hombre imponente, con una cicatriz fina que le cruzaba la ceja y unos ojos pesados
—Ese es Raúl —le susurró Digory al oído mientras le entregaba una bandeja—. Quiere que tú lo atiendas en la mesa privada. No lo hagas esperar.
Ariel caminó hacia la mesa con las piernas temblando. Raúl no pidió la carta. Se limitó a mirarla mientras ella dejaba el vaso de agua sobre la mesa.
—Ariel... Eres igualita a ella, pero con más fuego en los ojos —dijo Raúl con una voz ronca que le hizo erizar la piel.
—No sé de qué habla. ¿Desea ordenar algo de cenar? —preguntó ella, tratando de mantener el tono profesional.
Raúl soltó una carcajada seca y sacó un sobre de su saco. Lo puso sobre la mesa y lo deslizó hacia ella. Ariel, por curiosidad, lo abrió. No era un menú, ni una cuenta. Era un documento legal, redactado con una precisión increible. El encabezado decía: "Contrato de acompañamiento y servicios privados sexuales". A medida que leía las cláusulas, Ariel sintió que el mundo se desvanecía. Le ofrecían una suma de dinero que cubriría la deuda de su madre mil veces, pero el precio era su libertad, su cuerpo y su vida privada.
—Firma, niña. Tu madre sabe que este es el único camino para gente como ustedes. Ella misma lo recorrió una vez —le presionó Raúl, extendiéndole una pluma de oro.
Ariel miró la pluma. Miró la cifra en el papel. Pensó en la nevera vacía, en la cara de decepción de Alberto y en la vida que se le escapaba entre los dedos. Estaba a punto de tocar el papel con la punta de la pluma, entregando su alma por un fajo de billetes, cuando una voz suave, pero cargada de una autoridad absoluta, la detuvo
—Suelta eso, Raúl. Ella no va a firmar nada contigo.
Un hombre de mirada tranquila y una elegancia que hacía que Raúl pareciera un principiante acababa de entrar solo al local. Se acercó a la mesa con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero que prometía algo mucho más complejo que la simple oferta de Raúl.
