Capítulo 7 7
—Perdóname por señalarlo —dice Aleks—. Pero sí da un poco la impresión de que te preocupa esta reunión familiar.
Vaya. “Perspicaz” quizá se queda corto.
—¿Cómo lo adivinaste?
Se encoge de hombros.
—Yo también observo a la gente.
—Bueno, no te equivocas. La Navidad ya de por sí es una época difícil. Era la festividad favorita de mi papá. Desde que murió, me cuesta más entrar en el ambiente —digo—. Y además, este año Isabella tampoco estará con nosotros. Era la prometida de Rob.
—¿Era? —pregunta Aleks, captando la palabra clave.
—Ella… desapareció —admito—. Hubo un pequeño segmento en las noticias cuando pasó. Pero la historia se desvaneció bastante rápido. Simplemente no había suficientes pruebas como para darnos alguna pista.
—Debió de haber sido muy duro para tu familia.
—Nunca había visto a Rob así —admito—. Fue la primera vez que de verdad me dio miedo estar cerca de él. Respiro hondo—. Ahora está obsesionado con encontrarla. Y a veces, de hecho, creo que lo hará. Cuando Rob se propone algo, no se detiene hasta conseguir lo que quiere.
—En eso nos parecemos —murmura Aleks.
Quiero que se acerque, pero se mantiene obstinadamente al otro lado del sofá. Bien podría estar al otro lado de la luna, si mi libido tuviera algo que opinar al respecto. Tiene los brazos extendidos sobre los cojines a ambos lados, y sus bíceps hacen cosas deliciosas con la tela delgada de su camisa.
Entonces, de pronto, suena un zumbido. No es hasta que Aleks habla que caigo en cuenta de que es el timbre de la sala en la que estamos.
—Adelante.
—Mil disculpas, señor —dice la anfitriona con una sonrisa empalagosa mientras asoma la cabeza—. Pero solo quería informarle que su vuelo está listo para abordar.
—¿Ya? —pregunto, buscando la hora con la mirada—. Pero todavía tenemos…
Me quedo en seco cuando alcanzo a ver el reloj colgado en la pared del fondo.
—Dios mío. Ni siquiera me di cuenta de que había pasado tanto tiempo.
La anfitriona ni siquiera me mira. Solo tiene ojos para Aleks. Probablemente pasa todo el tiempo. Mujeres coqueteando con él, insinuándose, ofreciéndole cosas que ni siquiera tengo la capacidad de imaginar.
No importa, dice una vocecita en mi cabeza. No es tuyo para quedártelo.
Pero en el momento en que escucho ese pensamiento, siento una punzada de decepción. Este es el final del camino para nuestro pequeño encuentro. Después de subir a ese avión, volveremos a ser desconocidos.
Debí poner mi maldito teléfono en silencio.
Recogemos nuestras cosas en silencio y nos dirigimos a la puerta de embarque. Aleks y yo somos los dos últimos en llegar. Nos apuran por la manga de abordaje y entramos al avión, y caigo en cuenta de que tengo que pasar más allá de primera clase y dejar a Aleks atrás.
Tanto literal como de cualquier otra forma.
—Gracias por hacerme compañía, Aleks.
Inclina la cabeza una sola vez… y ya está. Ese es el gran adiós.
Lo cual solo demuestra que nuestro encuentro significó mucho más para mí de lo que significó para él.
Me estoy acomodando en el asiento de en medio, del lado izquierdo del avión, cuando una joven azafata se me acerca.
—Buenas tardes, señora. ¿Es usted la señorita Olivia Lawrence?
—Eh… sí, soy yo. ¿Por qué? ¿Pasa algo? ¿Yo…?
Ella sonríe de oreja a oreja.
—Por favor, sígame, señora.
La miro, confundida.
—No entiendo. ¿A dónde vamos?
—A primera clase, señora.
—¿Primera clase? —digo, boquiabierta por la sorpresa—. No lo creo. Debe de haber algún error.
—No hay ningún error, señora —dice—. El señor Makarova ha solicitado su presencia.
4
ALEKS
—Aquí está su asiento.
La azafata señala el asiento junto al mío mientras Olivia se queda detrás de ella, mirando alrededor con nerviosismo.
—¿Puedo traerle algo? —pregunta la azafata—. ¿Una bebida, quizá? Tenemos una selección de vinos, cervezas, licores, champaña…
—Ah, eh… no, gracias.
Olivia se mueve de un lado a otro y se queda mirando sus propios pies.
Pero la azafata insiste.
—¿Algo de comer, entonces? ¿Nueces mixtas? ¿Fruta? ¿Quizá una tabla de quesos?
—Eh, tal vez después, creo.
—Por supuesto, señora —dice la azafata—. Si necesita algo, solo presione el botón de —Ayuda— junto a su asiento. Será un placer atenderla.
Olivia masculla algo ininteligible como respuesta. Cuando la azafata regresa al área de la tripulación, ella mira el asiento junto al mío como si fuera a tragársela en cuanto se siente.
—¿Hay alguna razón por la que solicitó mi presencia? —pregunta. No suena molesta. Más bien… impresionada. Me habla como si yo fuera de la realeza.
No está del todo equivocada.
—Siéntate —digo, señalando el asiento vacío a mi lado.
—Aleks, yo… no creo que pueda quedarme aquí arriba todo el vuelo —susurra, y mira por encima del hombro como si el equipo de asalto para expulsar plebeyos del que bromeó antes la viniera siguiendo, listo para abalanzarse sobre ella en cuanto saque un dedo del renglón.
—Siéntate —repito—. Estás bloqueando el pasillo.
Olivia murmura otra disculpa dirigida a nadie en particular y se aprieta contra mi descansabrazos, dejando que una anciana malhumorada pase renqueando rumbo al baño. Al otro lado del pasillo, otra pasajera de primera clase con un abrigo de visón y una expresión desagradable observa a Olivia con veneno por encima del borde de su copa de champaña, como una imitación barata de Cruella de Vil.
Si fuera a mí a quien me estuviera fulminando con la mirada, le diría que la desviara a otro lado o le arrancaría los ojos de sus órbitas.
Olivia, en cambio, es apenas un poquito menos confrontativa. En lugar de defenderse, se mete en el asiento junto al mío.
—No pertenezco aquí —dice, todavía en ese susurro acobardado.
