Al latido del pecado.

Download <Al latido del pecado.> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 5 Capítulo 5.

—Realmente hay pros en esta situación si lo analizamos— dijo Vito al llegar al lugar que había sido su hogar durante meses.

—No digas estu… ¿Qué clase de pros podría tener esto? —Salomé soltó el cinturón del abrigo con un suspiro, mientras se dejaba caer en el sofá que aún olía a desinfectante.

Vito se encogió de hombros, apoyándose contra el marco de la ventana mientras guardaba sus manos en las bolsas de su campera.

—Uno, ya tachaste eso de tu lista de cosas prohibidas antes del compromiso —levantó un dedo—. Dos, fue alguien que te gustaba hace años. Hubo vínculos, sin dejar rastro. Porque no lo sabe, ¿cierto?

—Claro, porque lo principal ahora es que no lo sepa él ¡Lo sé yo, Vito! Ahora deseo nunca haberme enterado —bufó ella—. ¿Tú sabes cuántos hombres importantes hay en este planeta? ¡Y yo tuve que caer en sus…! ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?

—No es tan malo— contrarrestó su amigo—, el tipo usa un reloj que vale lo mismo que el carro de tu papá. Y habla como si el mundo le obedeciera, ¿cuántas podrán decir que tuvieron…contacto con alguien así? Así que hay tres pros.

—Se supone que debes decirme algo para consolarme, no ver “las partes buenas” de haber co…copulado con ese imbécil— soltó enfadada—. ¿Qué clase de amigos eres?

—Uno que se alegra mucho de que el Rasputin de tu prometido tiene unos cachos de este tamaño en la cabeza— simuló con sus manos y Salomé lo vio con ganas de saltarle encima—. Tendrá que comprar otro auto.

—Vito, es su oponente en las urnas.

—Entonces… cuatro pros —añadió él con una sonrisa torcida—; si alguna vez te casas con Julian, al menos sabrás cómo se siente estar con alguien que sí sabe lo que hace.

Salomé se tapó el rostro con ambas manos, soltando una risa que fue más alivio que diversión.

—Estoy podrida —dijo contra sus palmas—. Me siento podrida por dentro.

—Pues tu pudrición huele a Coco Mademoiselle— murmuró el con olfateando.

—¡Carajo!— Salomé se le fue encima a su bolso, solo para descubrir que la botella de su perfume estaba roto. —Tengo mala suerte. Muy mala suerte.

—La mala suerte no existe, deja el drama— vio los trozos de cristal que enseguida le quitó su amiga—. Solo lanzaste el bolso con demasiada fuerza contra el piso y esa botella no es indestructible.

—Un día voy a comprarme un Imperial Majesty y le haré un altar cuando lo tenga— el aroma que desprendía su bolso era muy fuerte al ser desperdiciado otra botella de su perfume.

—Pues no sé con qué te puedo enojar cuando lo tengas, pero más días como estos— mencionó Vito al sentir el aroma impregnarse por todos lados—. Tu perfume disimula muy bien que no he sacado la ropa sucia.

—Jamás vuelvo a tomar un consejo tuyo para desestresarme— cerró su bolso para luego tocarle el hombro—. Y no vuelvas a congeniar con él.

—No congenié con nadie— se defendió su amigo al verla ir hacia la puerta. —Dile a tu novio que se compre un auto más alto.

—Cierra la boca, Vito— se giró—. Porque si me descubren, te echaré la culpa de todo.

—Acepto la culpa si con eso me puedo burlar de Julian— dijo como si eso fuera una invitación y no una amenaza.

—A veces me caes tan mal— cerró la puerta un poco más fuerte de lo necesario—. Es hora de tus vitaminas, tómalas.

Vito vio la hora en su reloj y se dio cuenta que era cierto. No sabía cómo hacía para siempre recordarlo, pero el recordatorio estaba ahí, como todos los días.

Salomé se convenció de que sólo debía fingir que no sabía nada. Era seguro que él no lo sabía y si estaba consciente, estaba convencida de que no le daría importancia. ¿Por qué ella debía estresarse por eso?

No era una solución, y no necesitaba buscar una, porque realmente no era un problema.

Él solo puso su lengua en su…no era nada del otro mundo. Sexo tenían hasta las ratas del alcantarillado bajo la autopista.

Solo debía actuar como la persona coherente y objetiva de siempre. Así se evitarían muchas cosas, como perder su imagen y esa debía estar siempre perfecta.

Ese era su propósito, realmente se preocupó por su imagen los siguientes días.

Eligió un vestido azul con detalles rojos en la cintura, unos zapatos que le combinaran y se dedicó a estudiar poses de las figuras más importantes de la política. No para ella, sino para Julian, el cuál tomó cada sugerencia y la dejó buscarle un traje que combinara con su vestido, tomando como referencia el que siempre los llamaran una pareja perfecta.

Ambos acordaron pasos, movimientos, sonrisas, poses en pareja y sobre todo, sus muestras de afecto.

Salomé estaba convencida de que ese día no haría un cambio en su rutina con él. Por ello cuando entraron al auditorio, su sonrisa estaba firmemente en su lugar. Cada paso que daba a la par de Julian era medido, ensayado, pero fluido. El vestido abrazaba sus curvas como una segunda piel, destacando su cintura y su presencia llena de sensualidad. En cuanto cruzaron el umbral, los flashes no se hicieron esperar, pues su padre se encargó de que siempre capturaran todo de ellos dos.

—Ahí vienen los favoritos —susurró alguien cerca del escenario, lo suficientemente fuerte para que otros lo oyeran también.

Julian le ofreció su brazo con naturalidad, y ella lo tomó sin vacilar. Los ensayos habían dado frutos. Parecían una pareja enamorada y en la política, la imagen era más que la mitad del trabajo. Aunque no era la única que cuidaba ese aspecto, Johan escuchó cómo se refirieron a ellos y al verlos entendió por qué todos lo creían.

Pero ella no lo vio de inmediato. No fue hasta que Julian hizo un leve gesto de cabeza hacia la izquierda, saludando a los otros candidatos, que Salomé lo sintió.

Ese cambio en el aire.

Esa alteración invisible en el ambiente, como si algo, o alguien, reclamara su atención sin permiso.

Johan estaba hablando con alguien de la cadena televisiva, mientras sus ojos se desviaban hacia ella, con ese gesto que siempre usaba para decir que sabía perfectamente lo que estaba mirando.

No la saludaba, sino que movía sus ojos a ella, mientras movía los labios para conversar con otros.

Pero era una mirada distinta. No como la de todos los hombres que la halagaban por cortesía o por obligación. Era una mirada pesada. Como si algo íntimo y crudo existiera entre ellos… y él lo supiera.

Salomé sintió que el corazón le dio un salto. No había forma de que Johan supiera que era ella. Llevaba máscara esa noche. Había luz tenue, otro nombre en la reserva, otro tono en su voz, un corsé que transformaba su cuerpo.

No era posible.

Y sin embargo, algo en su mirada le dijo que sí.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk