Acosada Por El Chico Malo

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Capítulo 8

Para el lunes por la mañana, sigo siendo tendencia. Resulta que un video de mí siendo bañada con Coca-Cola con hielo por la mismísima Reina B es mucho más interesante que un video de Ben dándole un piquito a Olivia en medio de la cafetería. De cualquier manera, toda la escuela se está riendo a mi costa y mi fama no parece que vaya a expirar pronto. No necesito el reflector; deberían estar volviéndose locos por la voz de María de fondo en el video original. Sonaba como un ángel, pero no: esos demonios adolescentes prefieren ir tras la inocente de mí.

—Cariño, vas a llegar tarde —llama mamá desde algún lugar abajo.

—Ya casi termino —respondo. Oigo movimiento y sus pasos se alejan.

Suena otra notificación en mi teléfono. Aprieto la mano libre en un puño, fulmino con la mirada mi reflejo en el espejo antes de mirar quién lo manda. Esta vez es Daniel; quiere saber si estoy bien. ¿Bien? Me burlo. Si se están turnando para mandarme mensajes, entonces deben estar súper preocupados por mi silencio en el chat grupal. No he tenido tiempo de contestar porque cada vez que agarro el maldito teléfono para hacerlo, salta un mensaje del chat del grupo de la clase y, ¿adivinen qué es? Otro meme estúpido.

Dejo el rímel a un lado y junto los labios para resaltar el labial rojo. ¿Cómo voy a estar bien con un sticker de mi cabeza pegado a una botella de Coca-Cola o con las caricaturas que han salido del maldito video?

No estoy bien, pero voy a sobrevivir. La preparatoria es divertida.

El acoso en BH es normal; va y viene y, con seguridad, le llegará el turno a quien haya subido ese video. El tono del nuevo mensaje me avisa que es María; debe estar afuera. Hoy no voy a manejar, quizá mañana y el resto de esta semana. Me aplico una capa extra de base para cubrir los moretones que se están desvaneciendo; después viene el corrector y me marco más las cejas para ocultar los cortecitos. Cuando termino, no hay ni rastro de que hace unos minutos yo era un moretón con patas, y me hago un gesto de pulgar arriba por el buen trabajo.

María vuelve a tocar el claxon como loca, rascándome los oídos con ese sonido irritante. Asomo la cabeza por la ventana, le grito que se calle a la mierda y ella toca el claxon una vez más. Me acomodo las mangas de la sudadera y me las jalo sobre los nudillos para esconder los moretones. Lo siguiente que reviso es mi collar: está intacto. Una última mirada al espejo; me suelto el cabello del chongo despeinado y me cae sobre el pecho. Voy vestida igual, una blusa con jeans entallados, pero me atrevo a decir que hoy me veo bonita.

Camino hacia la salida, agarro una manzana del frutero sobre la mesa del comedor y salgo casi corriendo, apenas dándole a mamá oportunidad de emocionarse con mi maquillaje. Debe estar tan orgullosa. Es raro verme maquillada; heredé su piel perfecta, así que lo único que siempre he necesitado es brillo labial y listo. Excepto hoy.

Me deslizo al coche de María y cierro la puerta con cuidado. Con los ojos cerrados y la cabeza moviéndose al ritmo del pop que suena en la radio, mi mejor amiga no se da cuenta de que ya estoy aquí. Cuento hasta cinco antes de arruinarle la fiesta.

—¡Hey! —grita cuando le bajo el volumen. Se gira hacia mí de golpe; sus ojos me disparan rayos, pero me da igual. Tenemos que llegar a la escuela o vamos a llegar tarde. Odio llegar tarde—. ¿Por qué paraste la música?

Saco una mano por la ventana y le doy un golpe al coche mientras ella chilla como una banshee.

—Solo maneja.

—¿Quién te metió un palo por el culo? —pregunta, pero da reversa para salir de la entrada y pronto vamos rumbo a la escuela. La canción vuelve, pero a bajo volumen; ella toca el claxon cuando estamos en un semáforo como si estuviera obsesionada. El conductor de enfrente nos hace la seña y ella grita:

—¡Que te jodan tú también!

Sacudo la cabeza; se supone que la que trae el palo metido soy yo. La luz se pone verde, María arranca a toda velocidad, me abrocho el cinturón e intento tocar el techo, olvidando que es un convertible. Ella canta a todo pulmón la letra de Love Yourself y yo suelto una risita. A veces me recuerda a Sofía Vergara: su actitud, su acento y, maldita sea, también es dramática. Cuando ya no aguanto su canto, apago la música. Algunos amamos el silencio.

—¿Por qué eres tan aguafiestas?

—¿Y tú por qué eres tan feliz? —replico.

Ella se echa el cabello hacia atrás con una mano y, con la otra, gira el volante sin esfuerzo mientras nos deslizamos hacia el estacionamiento de la escuela. Un escalofrío me recorre los brazos cuando miro el enorme edificio con el nombre de mi escuela en letras azul y doradas. No me gusta este lugar y estoy segura de que hoy no me va a gustar más.

—Daniel viene hoy —susurra María.

Entonces todo encaja. Entiendo por qué trae el vestido más ajustado y el maquillaje más cargado. La observo mientras se retoca los ojos en el retrovisor; mi mirada baja a su pecho y me da la risa: también está enseñando escote. Se levanta el busto y yo suelto una risita. Más le vale a Daniel captar las señales; nuestra mejor amiga no puede seguir así.

—Siempre puedes decirle que te gusta —ofrezco.

—No. —Abrimos las puertas al mismo tiempo sin bajarnos—. Ese es el trabajo del chico.

Se me aprietan los labios y asiento; guardaré esa frase para una discusión futura. Ella saca su bolsa del asiento trasero y yo espero con paciencia mientras se da los últimos retoques en la cara. Ya tiene un pie fuera del coche cuando dice:

—¿Traes maquillaje?

Frunzo los labios, mirando a todas partes menos a ella.

—Sí traes maquillaje. Tessa se está poniendo maquillaje.

Se le agudiza la voz un octavo; me tapo los oídos con los dedos y azoto la puerta.

Sin esperarla, troto hacia la entrada. Ella me alcanza en un instante, imperturbable pese a sus tacones de punta. Me engancha del brazo por la muñeca y me frena en seco.

—Tessa, ¿y esta ocasión?

—Ninguna.

Me lanza una mirada cautelosa, pero no dice nada mientras subimos las escaleras. Sus tacones chillan; empujo la puerta, sosteniéndola con el cuerpo, y ella entra.

—¿Ya está aquí?

Mira el celular y hace un puchero.

—No.

Puede que Daniel no aparezca y no sería una sorpresa, pero no quiero arruinarle el lunes por la mañana. Debió leerme la mente porque dice:

—Más le vale no cambiar de opinión.

Pasa una mano por su outfit y frunce el ceño.

—Este vestido no puede desperdiciarse.

Seguimos hasta nuestros casilleros; se siente como el primer día de regreso, otra vez. Vaya déjà vu; no me gusta esto. Recorro el pasillo con la mirada: algunos estudiantes están en sus casilleros, pero nadie nos está mirando descaradamente… a mí. Bien. No sé qué esperaba, pero todo está demasiado tranquilo; por lo menos esperaba las risitas. Llegamos al casillero y María está diciendo algo sobre su video, el que logré grabar después de que Olivia me “bautizó” con la coca. La dejo de escuchar y saco todos los libros que necesito para las próximas cuatro clases.

Un golpe de un casillero dos filas más allá hace que levante la cabeza, y la dueña me lanza una mirada tímida que finjo no notar. Yo tengo Español en la primera clase; María tiene Griego. Una persona normal se emocionaría con la idea de aprender su idioma natal con su mejor amiga, pero no María. ¿La gente todavía habla griego?

La chica ratonil, con sus lentes de armazón grande, mira con recelo algo detrás de ella y luego a mí. Me enderezo, apretando mis libros contra el pecho. Ella repite el gesto dos veces; su mirada salta entre mí y el objeto de interés a su espalda. ¿Qué carajos? Pongo los ojos en blanco y, al final, cedo a la curiosidad.

No debí hacerlo. No debí girarme tan rápido. Parpadeo para quitarme el mareo y no veo a Ben hasta que ya lo tengo justo enfrente. El Ben juguetón con el que compartía clase ha desaparecido, reemplazado por la versión que conocí en el ring. Doy un paso atrás; él lo iguala con uno suyo y mi espalda choca contra mi casillero. Me clava una mirada que me deja helada; su aliento caliente me abanica la cara y lo miro con los ojos muy abiertos, como un venado atrapado por las luces de un coche.

¿Qué demonios está haciendo? Sus ojos bajan a mi pecho; sigo su mirada hasta mi collar, asomándose por el cuello de mi sudadera. Nuestras miradas se encuentran; un brillo de complicidad aparece en sus ojos y niego con la cabeza. No puede ser. Lo sabe.

Ben sabe que estuve en el ring la noche del sábado.

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