Acosada Por El Chico Malo

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Capítulo 7

Me duele la cabeza; estoy segura de que veré estrellitas si fuerzo los ojos para abrirlos, así que entierro la cara en la almohada. Gracias a Dios hoy es domingo; no tengo que ver a nadie y María sigue demasiado ocupada recuperando su sueño de belleza del concierto de anoche como para notar que no estoy. La voz de mamá se cuela en la habitación desde afuera y mi cuerpo se pone rígido. Me relajo cuando me doy cuenta de que está en una llamada, y me giro hacia mi lado sano al oír que llaman a la puerta.

—¿Cariño?

—Mamá.

La puerta se abre sin alboroto; agradezco no haberla cerrado con llave anoche. Estaba demasiado cansada para pensar. Asoma la cabeza de mamá, con su melena llena de rizos; dudo que pueda ver algo en esta oscuridad a la que llamo mi cuarto.

—¿Cariño?

Enciendo la linterna del celular y la muevo hacia la puerta para que encuentre el camino.

—Aquí.

La cama cruje cuando se sienta en el borde. Entro en pánico al oírla tantear buscando el interruptor de la lámpara de la mesita.

—No, no prendas la luz.

Ella suelta una risita, pero no intenta tocarla otra vez. Uso el cabello para cubrirme un lado de la cara. Su mano encuentra la mía escondida bajo las sábanas; me la aprieta suavemente. Contengo una mueca, demasiado aliviada de que no notara la dureza en mis nudillos. Ayer me vendé para la pelea, pero maldito Ben y esa masa de músculos que llama cuerpo. Todavía me duele todo el puto cuerpo.

—Buenos días, mamá.

Sus risitas me hacen poner pucheros. Aparto el celular a un lado cuando se inclina para darme un beso en la frente.

—Son las cuatro de la tarde, cariño.

¿Qué? No puede ser. ¿Hace cuántos minutos me metí en la cama? Intento incorporarme, pero un dolor de cabeza que me parte en dos me obliga a volver bajo las sábanas. Me acomoda el cabello detrás de la oreja, me acaricia la mejilla y un dolor punzante se extiende por la cara. Me muerdo el labio inferior cuando las lágrimas se me suben a los ojos. También me lastimó la mejilla.

—Tessa, ¿estás bien?

Consigo asentir.

—¿Segura? Has estado durmiendo todo el día.

—Descansando. La primera semana de clases fue una puta...

Chillo cuando me da un golpecito con un dedo en la frente.

—Mamá.

—Lenguaje.

Le saco la lengua; me pellizca la nariz y suelto otro gritito hasta que me suelta riéndose. No puedo contar la cantidad de veces que la he escuchado decir groserías por teléfono. Pero bueno, lenguaje.

—La primera semana de clases fue difícil.

Es cierto. Toda la semana tuve “accidentes” intencionales gracias a la gente de BH, y el viernes Olivia casi me disloca los hombros.

—¿Ya es muy tarde para cambiarme de escuela?

La respuesta es no, pero no pasa nada por preguntar. Mamá niega con la cabeza, como esperaba, y yo hago puchero.

—¿Dónde está papá?

Como neurólogo, trabaja turnos infernales y no lo veo tanto como antes. Lo extraño. Nuestros picnics de los domingos, el tiempo de papá e hija. Extraño tener a todos en casa. Él nos quiere, lo sé; el sueldo es buenísimo, también lo sé, pero es horrible ser la hija de un médico tan solicitado.

La sonrisa de mamá se apaga; su cabello castaño le cae sobre el rostro y alcanzo a ver el brillo de sus ojos cuando juega con un mechón. Ella también lo extraña. A veces deseo que no lo hubieran ascendido. Siempre ha sido un hombre ocupado, pero con el ascenso, con suerte tendríamos cuarenta y ocho horas con él.

—Está en el trabajo. Y hablando de eso...

Se pone de pie para alisar su vestido negro.

—Tengo que irme. ¿Vas a estar bien sola?

Asiento, y ella me sonríe mostrando su dentadura perfecta.

—Tu comida está en el microondas. Llámame si necesitas algo, ¿sí? Lo que sea.

Se inclina para besarme en la sien. La rodeo por los hombros en un abrazo breve, inhalando su aroma a vainilla.

—Te quiero.

—Yo también te quiero, mamá.

La puerta se cierra suavemente tras ella y yo me las arreglo para salir de la cama tan rápido como puede alguien con el cuerpo amoratado. Cierro con llave y apoyo la frente en la madera; giro la llave dos veces en la cerradura. No voy a arriesgarme.

La luz inunda el cuarto en cuanto acciono el interruptor. Recorro mi habitación con la mirada y sonrío al ver a la mujer del póster pegado en mi puerta. Mi nuevo modelo a seguir. Michelle Waverly sosteniendo la bandera de Estados Unidos por encima de la cabeza. Una modelo convertida en campeona invicta de MMA. Mamá no entiende por qué tengo sus pósters, pero lo permite. No tengo intención de ir más lejos en esta línea. Igual que Hayden, dejaré las peleas clandestinas cuando termine la preparatoria y me quedaré con la razón inicial por la que me metí a las artes marciales: solo defensa personal.

Mamá toca el claxon dos veces. Me arrastro hasta la ventana y saludo con la mano hasta que su coche desaparece. Me acomodo en el alféizar y examino mis brazos: los diminutos cortes esparcidos por el dorso de mis palmas. Suelto un sonido contenido. Otro claxon me llama la atención hacia afuera; el auto de nuestro vecino de al lado se detiene. Él no puede verme desde donde estoy, pero yo sí. Esta posición me permite espiar el vecindario sin miedo a que me descubran, un buen lugar para fisgonear. Y algo más me llama la atención: una motocicleta y su conductor.

Su postura relajada y la botella de agua a medio vaciar me dicen que lleva allí un buen rato. Vestido con camuflaje que se confunde tan bien con la corteza del árbol junto al que está estacionado, entiendo por qué ninguno de nuestros vecinos se ha molestado con él. No pueden verlo; yo tampoco lo habría visto si no estuviera en mi lugar. No es de por aquí, eso puedo asegurarlo. Espero unos minutos más a que se vaya, pero no lo hace.

Entrecierro los ojos, intentando averiguar qué está mirando con tanta intensidad. ¿Nuestra casa?

No. Me está mirando a mí.

Un escalofrío me recorre; baja la visera del casco antes de que tenga oportunidad de observarlo mejor. El temor me quema la columna. Me bajo de un salto. Luchando contra el dolor, bajo corriendo y abro de golpe la puerta principal; se me escapa un suspiro decepcionado cuando lo veo alejarse en la moto. Me estaba observando, observaba nuestra casa.

¿Por qué?

Subo las escaleras de dos en dos con una bolsa de hielo en la mano, me planto frente al espejo y hago una mueca al ver los numerosos cortes en mi cara. Me veo fatal. Hay un corte entre las cejas, otro debajo de la nariz. Me levanto la camiseta y aspiro con fuerza. Ese tipo casi me destroza el cuerpo. En el segundo asalto, me apegué al plan, concentrada en su rodilla derecha. Para cuando se dio cuenta, yo ya iba muy por delante. Las pocas veces que logró alcanzarme, se aseguró de dejar sus marcas en mi cuerpo.

Me presiono la bolsa contra el costado y se me contrae la cara de dolor. Nunca más. Necesito un mes de descanso después de esto; me lo merezco. El entrenador puede sacar más dinero de sus otros pupilos. Anoche me fue bien. Me meto en la cama con la bolsa de hielo bien apretada contra el costado, saco mi teléfono del cajón de la mesita de noche y pongo los ojos en blanco al ver la notificación en la pantalla. María, siempre tan dramática; debería considerar entrar conmigo a una escuela de actuación si la música no funciona. Bajo la barra de notificaciones y el corazón se me frena en seco ante la frase que me mira de frente.

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