Capítulo 5
Hay una cosa que María y mis padres no saben de mí. Peleo ilegalmente en un ring clandestino. Mamá y papá sufrirán un miniinfarto si se enteran de que su hija es algo así como una campeona de artes marciales clandestinas, gracias a Hayden. Y no hay manera de decírselo a María sin que se lance a una avalancha de preguntas, queriendo saber por qué no he golpeado a media escuela por meterse conmigo.
La canción —una original del álbum sin nombre de María— que suena desde la bocinita en la mesa se filtra por la habitación; la tensión en mis articulaciones se derrite y me arrastro hasta quedar frente al espejo para empezar a estirar. Escucho los vítores tenues del exterior y el corazón se me salta un latido. Diez minutos más hasta que me toque. Apartándome el cabello castaño de la cara mientras me inclino para tocarme los dedos de los pies, me concentro en mantener mi corazón desbocado bajo control y en regular mi respiración entrecortada. Adentro. Adentro. Adentro. Afuera. Exhalo y repito el proceso.
La pelea de hoy es súper importante, la más grande desde que empecé. Voy a enfrentarme a otro campeón. Se me humedecen las palmas al pensar en perder; he perdido unas cuantas peleas, pero puedo contar las derrotas con una sola mano.
—Tee.
Luego viene un golpe en la puerta; reconozco la voz, es la del entrenador Greyson.
—¿Puedo pasar?
Miro mi reflejo, a medio vestir, y niego con la cabeza.
—No.
Agarro el vendaje de la mesa donde tengo el resto de mis cosas y me acomodo el top tubular, pegado al pecho.
—Todavía no. Un segundo.
Me envuelvo el vendaje alrededor del pecho para aplanarlo más, me pongo una camiseta de tirantes negra que combina con el color del top tubular y me aseguro de evitar mirar la decoloración en el abdomen y la parte alta de los muslos. El médico lo llamó vitíligo segmentario: una pérdida irregular de pigmentación en la piel, y no hay una cura conocida.
Lo odio.
Odio el hecho de que podría extenderse a todas las partes de mi cuerpo; a la cara. Debería seguir el consejo de María —lucir tops cortos, vestidos ajustados y tirantes finos mientras todavía pueda—, pero odio ver la diferencia entre mi familia y yo. Odio mirar mi cuerpo, para que me recuerde que soy así. Hayden no lo tiene, mis padres tampoco. Un día soy una adolescente normal y al siguiente tengo manchas en el abdomen, en la espalda, en las piernas, como si ser flaca y nada a la moda no fuera ya una maldición suficiente con la que vivir. Mamá dice que no estoy tan flaca y que puedo trabajar mi sentido de la moda, pero yo prefiero no hacer nada y ponerme a rumiar. No tiene caso, si no puedo presumir mi cuerpo.
Otro golpe en la puerta me saca de esos recuerdos lastimeros. Me subo las mallas hasta la cintura y me limpio los ojos con el talón de la mano. No puedo cambiar mi cuerpo. Este no es el momento de sentirme mal por eso; es el momento de pelear como si hubiera nacido para esto. De derrotar a mi oponente en el ring como si él fuera la causa de mi vitíligo.
—Ya puedes pasar —le grito a la persona detrás de la puerta al mismo tiempo que mi teléfono emite un sonido con un mensaje. Solo una persona me escribe tanto; odia las llamadas tanto como yo. Me da una risita al ver la foto de María frente a un letrero luminoso parpadeante, con una diadema de orejas grandes y esponjosas. Está en el concierto.
Los fines de semana de María son conciertos, festivales de música, shows callejeros y lo que sea. Si implica música, puedes apostar la vida a que María estará ahí. La música lo es todo para ella; le encanta cantar. Es una luchadora, y la única forma en que sus padres estarán realmente de acuerdo con su decisión de no ir a la universidad es si encuentra una disquera que impulse su carrera. Ni me atrevo a pensar en saltarme la universidad; mis padres me mandarían con un orientador. Además, yo quiero ir a una escuela de actuación para pulir mis habilidades de aficionada. Le mando a María un mensaje corto con un montón de caritas lanzando besos y meto el teléfono en mi bolso. Frunzo el ceño mirando la puerta y cruzo los brazos sobre el pecho.
El entrenador debería estar aquí. No puedo salir ahí sin él. ¿Por qué no está?
Un tirón en la puerta, el sacudón violento de la perilla, y la respuesta me llega. Cerré con llave.
—Perdón —le digo en cuanto abro.
Él se sienta en el sofá frente al tocador. Yo saco una silla y me dejo caer en ella, entrelazando las manos bajo la barbilla, apoyada en el respaldo.
—¿Cómo está todo ahí afuera?
Él se encoge de hombros.
—¿Lista?
El entrenador Greyson fue el entrenador de Hayden antes de que se fuera a la universidad. Sabe mi edad real y no tiene problema con que venga aquí sola siempre y cuando mantenga mis calificaciones y le haga ganar unos cuantos miles de dólares al mes.
—No —digo, marcando la p. Él se ríe y da unas palmadas en el espacio a su lado. Estoy nerviosa, siempre estoy nerviosa antes de cada pelea, pero esta noche estoy inquieta. Me cubro la cara con las palmas y digo—: No puedo hacerlo, Coach.
—Sí puedes —dice el entrenador, echando un brazo fornido cubierto de tatuajes sobre mis hombros cuando me siento junto a él en el sofá. Que su apariencia de vikingo no te engañe. Debajo de toda esa barba espesa y tupida, ese cuerpo grande y esas mangas tatuadas, el tipo tiene un corazón de oro. Asiento y él me despeina—. Recuerda lanzar los golpes así, no así.
Cierra la mano en un puño y golpea el aire para demostrarlo. Perdí mi última pelea porque intenté hacer una maniobra rara que vi en YouTube, y no le hizo ninguna gracia.
—Y tu gancho de derecha, nunca olvides usarlo —se pone de pie, con un pie atrás—. Muéstrame tu gancho de derecha.
El gancho de derecha siempre ha sido mi golpe ganador; imito su postura y lanzo el golpe al aire desde abajo. El entrenador silba.
—Así se hace, chica.
Levanta las manos para chocar los cinco.
—Así es como dejas a un oponente fuera de combate.
Doy un trago de la botella de agua que me pasa el entrenador, me recojo el cabello en un moño apretado y reboto sobre las puntas de los pies, sacudiendo brazos y piernas para soltar la rigidez y los nervios. El reloj de pared sobre el espejo marca que me quedan dos horas para el toque de queda; me trueno los nudillos y giro el cuello. Necesito ganar los diez mil, aunque no los necesite. Cada ronda dura unos cuarenta minutos. Si me ciño a lo que sé y a lo que siempre he hecho, la pelea debería terminar en treinta. Un nocaut significa el final del combate y, si quiero llegar a casa lo suficientemente temprano, tengo que mandar a ese cabrón al suelo en menos de treinta minutos.
Sin presión.
Dejo la botella sobre la mesa, me seco el sudor que adorna mi frente con la toalla colgada de mi cuello y me dirijo a la puerta. Me detengo al oír la voz del entrenador; dudo un poco en mirarlo, no necesita saber que sigo nerviosa después de su charla motivacional. Es un buen entrenador. No puedo perder esta pelea.
—Tessa.
Cierro los ojos. Puedo hacerlo, ya lo he hecho antes, puedo hacerlo otra vez. Una sensación extraña se me cuela por dentro mientras repito las palabras y trago saliva.
—Tu máscara.
Ah. Bajo la mirada hacia la máscara negra que me tiende; la acepto agradecida, echando un último vistazo a mi habitación antes de ponérmela.
—Tranquila. Respira.
Sigo su patrón de respiración; lo hacemos dos veces más y me relajo. Me aprieta los hombros con su habitual gesto paternal, me atrae a un abrazo de costado y me quedo en su abrazo más de lo que debería. Beso mi colgante para atraer la buena suerte y entro al auditorio con mi canción de entrada, que casi se pierde entre los gritos y los alaridos de mi nombre del público, que agita banderas con mi caricatura.
Aquí afuera, soy Tee. El tipo detrás de la máscara. Nadie puede saber quién soy y me encanta; le añade un poco de misterio a todo este personaje. Mi oponente ya está rebotando en el ring y esa sensación extraña regresa con intensidad. Lo evalúo de reojo mientras camino despacio hacia el ring con una calma que no siento. El tipo es un bloque de músculos y yo soy un palo de flexibilidad, velocidad y habilidad. Espero que eso me salve, como siempre lo ha hecho antes. Con un rival más grande, tengo que moverme más rápido, trabajar el doble.
La música se desvanece en cuanto subo al ring. Saludo al público como se espera y estallan en otra ola de vítores. Sonrío detrás de la máscara; esta victoria también será para ellos. Me toco el pecho una última vez para confirmar que el collar sigue ahí; una calma familiar me rodea y asiento. Puedo hacerlo. Voy a ganar.
Por Hayden, por Coach. Ese tipo sin máscara detrás de mí va a caer.
La adrenalina me recorre las venas. Me giro, lista para pelear, y se me corta la respiración.
Mierda.
Joder.
Ben es mi oponente.
