Capítulo 11
Todo cambia después del puñetazo de Ben. No encuentro el collar y empiezan las bromas.
Empezó con el polvo para la comezón espolvoreado sobre mis libros. Se me eriza la piel con solo recordarlo. No quiero acordarme de ese episodio ni de la inflamación tan grave que me provocó. Mamá entró en pánico; papá me obligó a quedarme en casa un día. Luego vino la mermelada en mi casillero. Tuvo que ser María, metiendo un dedo en la mezcla espesa y roja, para convencerme de que no era sangre. Los tampones lo hacían parecer real, y conozco a cierta bruja que pudo haber tenido algo que ver con eso. Tal vez me lo estoy imaginando, pero que Ben me golpeara frente a todos animó esto, lo volvió como… aceptable para que soltaran el odio que tenían guardado.
Hay estudiantes por todas partes mientras bajo corriendo las escaleras, echando miradas hacia atrás de vez en cuando, como si esperara que alguien apareciera detrás de mí. Alguien llamada María. La estoy evitando a ella y a Daniel; se han tomado como tarea acompañarme a todas mis clases. No voy a dejar que sigan cuidándome como si fuera una niña a costa de llegar tarde. Llego a mi casillero sin que nadie lo note; su conversación ruidosa hace más fácil que me ignoren.
Suena la campana del sexto periodo; sigue la clase de literatura. Necesito sacar una de las dos novelas para la clase, pero me da miedo abrir mi casillero. ¿Qué habrá dentro esta vez? Respiro hondo y lo abro de un tirón.
No pasa nada.
Suelto un suspiro de alivio y estiro la mano para tomar la novela: El viejo y el mar. Entonces lo siento: la superficie áspera con la que mis dedos hacen contacto. Retiro la mano para mirar mis palmas cubiertas de brillantina; se me fruncen los labios y doy un paso tambaleante hacia atrás. Pero ya es tarde. Unos baldecitos de brillantina, sujetos con una cuerda, se vencen; me resbalo y caigo al piso en mi prisa por escapar.
Alguien grita mi nombre desde el final del pasillo. Giro la cabeza hacia allí y veo a María moviendo los labios y gesticulando hacia algo sobre mí. Mis ojos se disparan al balde colgando desde la parte superior de mi casillero; el shock me pega al suelo y aprieto los ojos con fuerza mientras la brillantina cae sobre mí por segunda vez. Me pongo de pie despacio y me quito el balde que me quedó atorado en la cabeza como si fuera un casco.
Me las va a pagar.
Unas risitas detrás de mí me hacen hervir de rabia. Camino directo hacia las tres chicas con uniformes a juego, amontonadas junto a un casillero con los teléfonos apretados en las manos, grabando mi humillación.
—¿Qué? —se burla la más bajita.
—¿Crees que es gracioso? —les ladro.
La de los hoyuelos se encoge visiblemente; se le cae el teléfono al piso y sus amigas bajan las manos con las que sostenían los celulares.
—Lárguense de aquí.
Un brazo se desliza alrededor de mi hombro. Mi ceño se suaviza cuando me doy cuenta de que es María, y me relajo un poco, tensándome casi de inmediato por los murmullos que flotan a nuestro alrededor. No veo la hora de terminar con esta escuela.
—Tranquila, tigresa. Sonríe —dice con una sonrisa enorme.
Pongo los ojos en blanco; más fácil decirlo que hacerlo. Como si ella se acordara de sonreír si le vacían baldes de brillantina encima.
—Pareces como si un unicornio hubiera vomitado sobre ti.
—Los unicornios no existen —respondo, frunciendo el ceño.
Me subo la mochila al hombro y reviso mi casillero buscando baldes escondidos, cualquier cosa brillante o reluciente, pero no encuentro nada. María me ayuda a sacarme algo del cabello, pero cuando miro el espejito compacto que me pasa, tengo que admitir que parezco un arcoíris. Aparto el balde de una patada y le devuelvo el espejo.
—¿Dónde está Daniel?
Se le sonrojan las mejillas; cambia la mochila a la otra mano.
—Está ausente.
Como siempre. Se le iluminan los ojos; se inclina tan cerca de mí que se le pega brillantina a su camiseta negra sin mangas.
—Tenemos una cita —dice.
Un grito agudo sigue a su anuncio. Le tapo la boca con la mano y ella me lame la palma hasta que la suelto.
Parte de su emoción termina contagiándome. Por un momento se me olvida que estoy cubierta de brillantina y le agarro los brazos. Saltamos, chillando, y hacemos un bailecito de felicidad de dos segundos que termina en carcajadas.
—¿Cuándo? —pregunto.
—El viernes en la noche.
Hoy es miércoles.
—María tiene una cita el viernes por la noche —digo con voz cantarina mientras me pongo de puntillas y ella se pone de un rojo todavía más intenso. Nunca hemos tenido novios. Para mí, no valen la pena, pero me alegro por ella.
Le disparo una ráfaga de preguntas; ella suelta las respuestas sin armar alboroto. La última vez que supe, estaba colada por él desde lejos, ¿y ahora hay una cita? Empezamos a encaminarnos a nuestras clases, disfrutando la quietud del pasillo mientras nos reímos y damos pequeños chillidos a ratos, sin miedo de que nos graben. Mientras yo estaba atrapada buscando mi collar, ellos se estaban conociendo. Mi miedo a quedarme como la tercera rueda se evapora con su sonrisa; ella está feliz y eso me hace lo suficientemente feliz como para olvidar que quizá pronto mis mejores amigas me dejen de lado.
Nos detenemos primero en mi salón. Ella me abraza fuerte y yo le doy palmaditas torpes en la espalda, despeinándole el cabello rubio en el proceso. Se aparta con una expresión de incertidumbre.
—Habla con Ben; tal vez pueda ponerle fin a esto.
Sí, claro. ¿El mismo Ben que es la causa de mi desgracia? Prefiero hablar con un árbol.
—Claro —le digo.
Ella me pasa los dedos por las mejillas; hago una mueca al ver la cantidad de brillantina que le cubre las palmas. Yo juraría que me la quité toda. Puedo aguantar que se me quede en la ropa, pero no en la cara.
—Las dos vamos a llegar tarde si sigues con esto.
Asiente y me jala para otro abrazo. Yo suelto una risita. Debe de ser su periodo.
Una ronda de carcajadas me recibe en cuanto abro la puerta. Varias cabezas se giran hacia mí; les enseño el dedo medio, pero la señorita Eva, la profesora de literatura, me llama la atención con un tono altivo. Una vieja amargada con siete gatos y sin marido. Su propósito en la vida es fastidiar a los estudiantes y ponerse de parte de los deportistas y los chicos más ricos.
—Se estaban riendo de mí —digo a modo de defensa, pero ella no quiere oír nada. Ni siquiera intentan disimular que se están riendo; dejo escapar un siseo bajo. Ella golpea su escritorio para imponer silencio ante la risa que aumenta; rezo para que los guiones salgan volando por la ventana. Cuando ya no me puede oír, susurro:
—Perra.
Ahora mismo estoy actuando como una mocosa consentida, pero se lo ganaron. Siento un par de ojos clavándose en mí; me giro y me encuentro con unos iris azules fijos en mí y le enseño el dedo medio. Idiota. Él es la razón por la que soy el hazmerreír de la escuela. Una comisura de los labios de Ben se le mueve; sostengo su mirada un segundo más antes de apartarla.
Idiota guapo. Sería más fácil odiarlo si fuera feo, tonto y gordo. El moretón que se le está desvaneciendo alrededor del ojo solo le suma atractivo; me doy un golpe mental por estar mirándolo. Este tipo es un imbécil de primera.
¿Por qué tenemos que compartir otra clase? Con una basta. Tal vez solo he asistido una vez a Literatura AP, pero sé quiénes deberían estar aquí y su nombre no está en esa lista. Mi mirada cae en su pupitre: es el único que tiene una copia fotocopiada de la novela. ¿De verdad forma parte de esta clase o vino a atormentarme?
—Busca un asiento, Brillantina —dice la bruja, provocando otra tanda de risas en el salón. Mujer estúpida.
Me quedo de pie en el pasillo central un momento, confundida mientras mis ojos captan la nueva distribución.
Todos están en parejas, todos menos Ben. Él nota que estoy mirando el asiento más cercano al suyo y apoya una pierna sobre él. Reprimo el impulso de ir hasta ahí y darle una bofetada en la nuca. ¿Quién dice que quiero sentarme con ese cretino engreído? Ocupo el asiento solitario junto a la pared cubierta de frases de grandes filósofos y escritores. Saco mi novela y empiezo a hojearla hasta llegar a la página escrita en el pizarrón.
—Encuentren un compañero.
Sin apartar la vista de mi novela, sé que la señorita Eva me está hablando a mí, y hago todo un espectáculo de arrastrar mi silla hacia mi nuevo compañero, disfrutando la expresión de irritación que cruza por la cara de la bruja y de sus seguidores por el chillido que hace mi silla, hasta que me detengo junto a Ben. Le jalo la silla donde tiene la pierna, haciendo que su pie caiga con un golpecito suave. Se queja, pero lo disimula con una mirada fulminante cuando nota que lo vi. Ocupo el asiento sin remordimiento, y una sonrisa orgullosa se me escapa cuando lo sorprendo mirándome con odio. Dos pueden jugar a ser el abusivo.
