Acosada Por El Chico Malo

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Capítulo 10

Me salto la segunda y la tercera hora. Cuando suena el timbre para indicar el inicio de la cuarta, me siento mucho mejor. La clase de Cálculo AP está vacía; tomo mi lugar junto a la ventana y conecto mi auricular. La voz de María me flota en los oídos; muevo la cabeza al ritmo de su cover del solo de Beyoncé. Tiene todo un álbum dedicado a versiones. Suelto una risita al recordar el incidente de esta mañana: le dio una bofetada a Ben por mí. Ella no le ha dado una bofetada a nadie en su vida, ni a una mosca; es puro ladrido y nada de mordida, un amor de persona.

Por instinto, bajo la vista al asiento que ocupé el viernes. ¿Vendrá? Si viene, espero que se tropiece al entrar y se rompa el cuello. Presionando contra el estómago la lata de refresco de cola que metí a escondidas a clase, me bajo la camiseta cuando se abre la puerta. Entra Abigail, pelirroja y lista a rabiar, avanzando con paso firme. Sé su nombre porque responde casi todas las preguntas del señor Sam. No me dice ni una palabra; ninguna sorpresa, no somos amigas, pero su mirada furiosa me hace retorcerme. Vale, eso es nuevo. Guarda el teléfono; yo agarro el mío.

—¿Qué se sintió? —me señala el pecho con un dedo; ¿me está hablando a mí? ¿De qué habla?—. Sí, tú, Tessa.

¿Así de grosera? Subo el volumen de la canción, pero aun así la escucho por encima de la música.

—¿Qué se sintió tener las manos de Ben por todos lados? Te tocó.

Deja escapar un suspiro soñador y me trago la respuesta. Si quiere saber qué se sintió, puede seguir esa charla con su puño.

—Qué suerte la tuya, Tessa.

Qué tonta eres, Abigail.

Uno por uno, los estudiantes empiezan a entrar arrastrando los pies y nuestra conversación unilateral llega a su fin. Si cree que disfruté que me golpeara, está loca. El señor Sam entra al final, murmura disculpas por llegar tarde y presenta un tema nuevo. Intento concentrarme, pero mis ojos no dejan de irse al asiento junto al mío. María me manda un mensaje para ver cómo estoy; le prometo reunirme con ellas en el almuerzo, resistiendo la tentación de ver qué video hay en el sitio. Estoy segura de que clips míos van a estar por todo el blog; van a usar la mejor parte, cuando casi me deja inconsciente de un golpe. Pronto saldrán memes nuevos, si es que ya no pasó.

La puerta se abre diez minutos después de empezar la clase. Todo el mundo se detiene y nuestras cabezas se vuelven hacia la entrada, donde Ben está de pie con un ojo morado. ¿Se lo hizo Daniel? La idea me dibuja una sonrisa. Dejo la lata junto a mi pie y le lanzo una sonrisa engreída a ese imbécil. ¿Qué se siente que te golpeen un lunes por la mañana?

—Llegas tarde —dice el señor Sam.

—Ya lo sé.

Sus ojos encuentran los míos; aparto la mirada y finjo copiar los apuntes del pizarrón.

Ben le entrega al señor Sam una nota que le vale un asentimiento y que lo dejen pasar. Las chicas de la clase lo miran embobadas, todas menos yo. Abigail es más atrevida: le da unos golpecitos al asiento vacío a su derecha, y yo suelto una carcajada por lo bajo cuando él pasa de largo. Bien hecho. No veo la hora de que la golpee a ella; no volverá a mirarlo voluntariamente. La ansiedad se me dispara cuando se acerca a mi mesa. Abigail me dedica una sonrisa ladeada con un guiño, y por dentro me dan ganas de vomitar. Sigo evitando la mirada de Ben cuando se deja caer en el asiento a mi lado; el señor Sam retoma la explicación y yo pierdo el hilo.

¿Cómo no voy a perderlo si Ben no deja de mirarme como si me estuviera desnudando con los ojos? No lo miro; en su lugar, pongo mi mochila sobre la mesa para evitar esos ojos intensos y llenos de odio. Me golpeó en el pasillo y aun así actúa como si la culpable fuera yo.

—Benjamin, lee la pregunta de la página diez.

—No tengo el libro.

Y es cierto, no lo tiene. En su mesa solo hay un cuaderno en el que garabatea; su dibujo está brutal, pero jamás se lo voy a admitir. ¿Por qué tiene que estar en esta clase si no le importa? El señor Sam no se toma bien la respuesta de Ben; camina entre la fila del medio y se detiene a unos metros de él. Paso a la página diez, lista para leer la pregunta si me llama, mientras medio espero que mande a Ben a detención. No quiero volver a verlo. Cualquier enamoramiento que hubiera tenido por él murió hoy. Es un mal perdedor.

—Theresa tiene el libro, compártelo con ella.

El señor Sam no nota la incomodidad que me provocan sus palabras. Parpadeo y giro la cabeza, despacio, hacia Ben. Se fulminan con la mirada durante un minuto tenso. Espero que Ben se niegue para que se meta en problemas. Mi sueño de verlo en detención se desvanece cuando arrastra su silla más cerca de la mía; su brazo roza el mío y yo pego un brinco. Ben sisea; yo gruño.

—Ahora, lee la pregunta.

Y lo hace. Me odio por esto, pero me derrito con el sonido de su voz. El señor Sam regresa al pizarrón para escribir la ecuación. Con una mano en la cintura, me señala.

—Sí, ¿cuál es la respuesta?

¿La respuesta?

—Theresa.

Me limpio las palmas sudorosas en la camisa, mirando la pregunta en el libro de texto como si la respuesta fuera a aparecer.

—¿Sí, Theresa? —trago saliva—. No tendrás más remedio que salirte de mi clase si no lo entiendes.

—54 —dice Ben.

Mira fijo al frente, al señor Sam, explicando cómo llegó a su respuesta. Una sonrisa ilumina la cara del señor Sam; me lanza una mirada decepcionida y otra orgullosa a Ben. Me encojo. Normalmente estudio el fin de semana porque me cuesta concentrarme en clase, pero no he tenido oportunidad de hacerlo.

El resto de la lección transcurre sin contratiempos. No me hace ninguna pregunta y yo nunca me ofrezco para responder las que lanza al aire para la clase. Ben sigue garabateando en su cuaderno, pero nunca falla una pregunta dirigida a él; una vez, casi me estiro hacia su lado y le arranco la hoja. Contando los segundos hasta que suene el timbre, me tenso cuando Ben se inclina sobre su pupitre y su dije cuelga en mi campo de visión. Me toco el cuello donde debería estar mi collar y por dentro empiezo a hervir. ¿Quién se cree que es?

—Devuélvemelo —susurro.

Me ignora y saca el teléfono de su mochila, escondiéndolo bajo el pupitre para usarlo sin que lo atrapen. Suspirando, saco mi libro de texto de su vista, pero él no protesta. ¡Cómo quisiera abofetearlo!

—Devuélvemelo.

La cabeza de Abigail se gira bruscamente hacia mí y me lanza una mirada acusadora. No me importa haberla distraído; tal vez si de verdad estuviera concentrada no me habría oído, pero le respondo levantando el dedo medio. Que se vaya al diablo. Ben tiene mi collar y actúa como si no tuviera idea de qué estoy hablando. Saco mi teléfono sin encenderlo; él se acomoda en el asiento, cerrando los dedos alrededor del dije.

Lo odio.

—Theresa, nada de teléfono en clase.

Ben se ríe por lo bajo a mi lado. Murmuro una ristra de disculpas y devuelvo el teléfono a mi mochila.

—Ben, por favor, devuélvemelo —pido con amabilidad.

Él tira de él; el collar se suelta y sale volando justo por encima de mi cabeza. Por la ventana. Me cubro la boca para ahogar el jadeo. Se me quiebra la voz cuando digo:

—Ben.

No tenía por qué hacer eso. Una persona cuerda me habría ignorado.

Intentando localizar el collar con la mirada, no veo nada entre los arbustos tupidos y por dentro me tiembla la rabia. Lo mataré si pierdo ese collar. Pido permiso para ir al baño; el señor Sam me lo niega con la excusa de que su clase ya casi termina, y los ojos me arden de lágrimas. El collar es una de las formas más importantes de sentirme cerca de Hayden. Puede que nos llamemos con frecuencia, pero no es lo mismo que tener algo suyo cerca del corazón. Miro a Ben. Tiene las manos metidas en los bolsillos de la sudadera con capucha que se ha echado sobre la cabeza; contempla el pizarrón como si estuviera escuchando la clase más interesante del mundo.

—¿Por qué eres tan imbécil? —susurro lo bastante alto para que me oiga.

Este comportamiento no puede ser solo por lo del sábado en la noche. ¿Habría preferido a una contrincante que no se defendiera? No reacciona a mi pregunta. Suelto un aliento tembloroso, exhalando despacio hasta sentir que se me secan las lágrimas a punto de salir. No voy a dejar que me afecte. Yo gané; tendrá que lidiar con eso.

—¿Por qué eres una mentirosa? —dice al fin, y pongo los ojos en blanco. Qué maduro.

Por fin suena el timbre. Todos se van excepto Ben y yo. Lo ignoro mientras guardo mis cosas; mis movimientos van un poco lentos por el leve latido en el estómago. La mirada de Ben sigue cada uno de mis movimientos; podría haber visto remordimiento en sus ojos, pero desaparece antes de que pueda confirmarlo. Sale del salón en silencio, dejándome sola para arreglar el desastre que armó, y me dejo caer en la silla. No puedo seguir el resto del semestre —que apenas empieza— de esta manera. Merezco algo mejor; tenemos que hablarlo, pero primero necesito encontrar mi collar.

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